Críticas: Amor en su punto

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Amor en su punto

¿Nouvelle cuisine?

Érase una vez un muchachito irlandés despreciado por la niña más guapa del colegio y sometido a las crueles obligaciones que le impone su padre consistentes en comer sin rechistar el guiso de salchichas y patatas que prepara (a diario suponemos porque no les vemos comer otra cosa), y por supuesto en convertirle en un hincha futbolero como él.

Acompañando a su padre a un partido en Sevilla, Oliver descubre las maravillas del tapeo español con música flamenca de fondo. Jamón, chorizo, tortilla y sobre todo los caracoles desatan en él una pasión irrefrenable por la cocina aun a riesgo de tener que esconder de su padre las revistas culinarias que lee, en lugar de tener revistas porno o de fútbol como cualquier adolescente de bien. El frágil Oliver crece y se convierte en crítico gastronómico, pero no uno de esos críticos sombríos e implacables a lo Anton Ego, no. Oliver escribe libros hablando de comida, amor y sexo, que evidentemente es mucho más sexy y pone a sus pies a cualquier mujer que se le ponga por delante. Pero ay, Oliver tiene miedo al compromiso, es un egoísta que no quiere compartir yogures con sus novias y claro, éstas le dejan a los 6 meses con un bofetón que es como hay que dejar a los novios en las películas. Después de una de sus rupturas, en la que la ex novia de turno le ha dejado en la calle completamente desnudo, conoce por casualidad a Bibiana, una delegada cultural española que no sabe elegir a los hombres, por lo que obviamente acaba eligiéndole a él.

Amor en su punto 2

Chico conoce chica, se enamoran, conviven y surgen los problemas, es decir, nada que no hayamos visto infinidad de veces en el cine contado de mil maneras. La cuestión es si la enésima vez que se nos cuenta lo hace sin volver a los clichés y los lugares comunes de siempre, y en este caso no sólo se recurre a ellos sino que se amplía el abanico de tópicos al estar ante una coproducción hispano irlandesa. No faltan por supuesto las referencias al fútbol en Irlanda, pero sobre todo hay un tufillo a “españolidad” rancia con la que además cuesta mucho identificar a Leonor Watling, que en este caso es el elemento exótico español. Hay un momento en la película en el que Oliver, interpretado por Richard Coyle, critica este tipo de situaciones en las películas románticas, lo que nos lleva a preguntarnos si la cinta no será precisamente una burla en sí misma de ellas. Pero no, el camino por el que se desarrolla Amor en su punto dista de igual manera de ser una comedia romántica diferente como de utilizarse como sátira.

Los responsables de Seres queridos, otra coproducción española en este caso con Gran Bretaña, Portugal y Argentina, Teresa de Pelegrí y Dominic Harari, vuelven a elegir para Amor en su punto una historia de amor intercultural aquí con la temática culinaria de fondo, con la que de entrada es inevitable recordar la ópera prima de David Pinillos Bon Appétit. Pero si aquella, a pesar de no representar una completa madurez a la hora de enfrentarse a una historia de amor, sí mostraba unas cartas distintas de las que habitualmente se enseñan en las comedias románticas al uso, la de Pelegrí y Harari es una mezcla imposible entre los mismos recursos cursis de siempre y un intento de búsqueda de originalidad en las vidas y personalidades de la pareja, que más que original acaba resultando grotesco y sobre todo inverosímil. Resulta incluso más coherente el guión cuando estamos ante las escenas puramente románticas del enamoramiento entre Coyle y Watling que cuando quiere ponerse serio y girar hacia el drama traumático, con el añadido además de querer llevarnos en todo momento al rechazo del personaje de Coyle presentándole como el egoísta, el traidor, el malo en la relación, cuando las acciones de los dos protagonistas indican claramente lo contrario.

Amor en su punto 3

Ni siquiera la presencia de Watling remonta una película que no llega a ser una comedia alocada pero tampoco logra conseguir un humor inteligente e interesante que la haga diferente. Amor en su punto se queda en esa tierra de nadie que es la mediocridad, haciendo de ella una película totalmente olvidable.

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