Críticas: Tren de noche a Lisboa

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Tren de noche a Lisboa

Un aire viejuno.

Dice Gonzalo Suárez en su artículo El guionista descalzo para la Asociación de Guionistas de Cataluña, que “para bien o para mal, todas las películas tienen el sentido que el guión les da”, y aunque esta sentencia pueda no ser compartida del todo cuando estamos ante películas que anteponen la forma al fondo, como hemos visto no hace mucho en el Festival Atlántida con The Secret Society of Fine Arts, lo cierto es que sin un guión sólido que la sustente es muy difícil poder sacar adelante una buena película. Si además se encarga de ello un director como Bille August, que no es precisamente un innovador, el resultado es una película que ya se ve añeja desde los primeros minutos. Al igual que sucedía en las grandes superproducciones americanas rodadas en España en los años 50, parece que en su nueva película ha destinado todos sus recursos en un grandísimo reparto internacional y en mostrar una ciudad como Lisboa de la manera más típicamente turística posible más que en dar algo de coherencia a lo que está contando.

Tren de noche a Lisboa comienza presentándonos a un profesor bernés solitario con la apariencia de Jeremy Irons, que pasa las noches jugando al ajedrez consigo mismo y que no tiene ningún problema en reciclar las bolsitas de té de la basura. Un día especialmente lluvioso de camino al instituto donde da clases de lenguas clásicas encuentra a una chica a punto de tirarse desde un puente y acude a salvarla, llevándosela a su trabajo, quizá para vigilar que no vuelva a intentarlo, pero ella escapa de allí dejándose en su huida su impermeable. Estos son los primeros cinco minutos de la película y a partir de aquí el guión concebido para dar sentido a la película deja totalmente de existir.

Tren de noche a Lisboa 2

La historia basada en la novela homónima de Pascal Mercier narra la fascinación de este profesor por las palabras escritas en un libro que llega a sus manos por casualidad, de un escritor portugués de quien nunca ha oído hablar pero que crea en él una necesidad de saber más sobre ese ser melancólico que escribe sobre su lucha contra la dictadura de Salazar en los años 70. La cuestión es que la película empieza por no explicar cómo este personaje llega a sentir esa fascinación, y en consecuencia tampoco se entiende por qué decide dejar toda su vida para subirse a un tren hacia Lisboa para conocer a ese escritor. Como además, en cuanto pisa la capital lusa, da la casualidad de que con todo aquel que se cruza conocía al susodicho Amadeu de Almeida Prado, que es como se llama el escritor, o conoce a alguien que le conocía íntimamente, enseguida comienza una investigación sobre su vida a través de los testimonios de estas personas, testimonios que le van llevando hacia otros implicados en no se sabe muy bien qué; testimonios que le dejan a medias con secretos que nadie está preparado para contar y que acaban siendo secretos de alcoba más que de vida o muerte; testimonios en definitiva que parecen llevarnos hacia una interesante trama de lucha contra la dictadura portuguesa pero que acaban por descubrirnos simplemente un triángulo amoroso carente de atractivo.

Bille August transita en Tren de noche a Lisboa por una sucesión de géneros que van desde el romance, el thriller político o el drama social, hasta el más puro manual de autoayuda con moraleja aleccionadora incluida. Pero la cuestión es que ninguno de ellos se desarrolla ni se explica de una manera concluyente, pasa de uno a otro sin dar tiempo a pensar si lo que estamos viendo va en una dirección u otra y acaba por ser un amasijo de tramas y subtramas ante las que sólo nos queda preguntarnos, ¿qué sentido tiene todo esto?

Tren de noche a Lisboa 3

Como ya pasara hace unos meses con El médico de Philipp Stölz, se vuelve a obviar lo absurdo que resulta hoy en día seguir haciendo coproducciones europeas en las que incluir actores y localizaciones de los países que las componen, sin ningún rigor cultural, histórico o idiomático. Vuelve August a hacer hablar a sus personajes en inglés con acentos suizos, portugueses o españoles, provocando momentos tan grotescos como el reproche que el padre de uno de los protagonistas le hace a éste por no haber leído un discurso en latín en una iglesia portuguesa cuando ni siquiera lo hace en portugués. Consigue así que intérpretes de la talla de Charlotte Rampling o Christopher Lee parezcan caricaturas de sí mismos, por no hablar del rizo de todos los rizos que supone ver a Bruno Ganz haciendo de portugués y hablando en inglés con acento alemán.

Tren de noche a Lisboa podría haber supuesto un acercamiento a la memoria de una parte de la historia portuguesa a la que pocas veces se ha atrevido el cine, pero en lugar de ello la pretenciosidad estética y argumental de la que en varias ocasiones ya ha hecho gala la filmografía de Bille August, la convierten en una postal grandilocuente de Lisboa que enmarca dos tramas folletinescas separadas 40 años en el tiempo.

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