Críticas: Crónicas diplomáticas

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Crónicas diplomáticas

“Ante un discurso, el estúpido se queda pasmado”. (Heráclito)

Una sugerencia para los consejeros de ministros de exteriores: Si dicen ‘OTAN’ responded “no será para tanto…”. No lo olvidéis, especialmente cuando la comunidad internacional prepare una guerra en la que vuestro país se niega a participar. Sucedió en 2003, cuando Dominique de Villepin se opuso en el consejo de la ONU a la invasión Iraq. Su discurso sólo duró diez minutos, pero se escribió con la paciencia de un joven que introdujo citas de Heráclito para contentar al ministro de exteriores francés. Al menos, esa es la versión que da Bertrand Tavernier en Crónicas diplomáticas, una caricatura sana de la política entre bambalinas.

Inspirada en el cómic Quai d’Orsay, de Christophe Blain y Abel Lanzac -este último exconsejero de Villepin-, Crónicas diplomáticas se centra en el trabajo, protagonista de la filmografía de Tavernier. La diferencia con otras obras como Hoy empieza todo es que, por primera vez a sus 72 años, el cineasta de Lyon se decide por la comedia. Para ello sustituye a Villepin por Alexander (Thierry Lhermitte), un político absorto en los conflictos de Lusmistán (versión ficticia de Iraq), Ubanga y hasta España, con la que Francia litiga por la anchoa.

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Alexander es una fábrica de ocurrencias que desata vendavales con sus portazos. Un poeta frustrado que tortura a su joven escriba Arthur (Raphaël Personnaz) retocando hasta la saciedad el discurso que pronunciará en la sede de la ONU. A pesar de no encajar en el gabinete ni por edad, ni por ideología ni por elegancia, el chico se ocupa de lo más importante: el lenguaje. Una tarea ardua que si algo le enseñará es que, como decía Heráclito, “la fatiga es cansarse por el trabajo que empezó otro”.

Ministro y asesor son la cara y la cruz del oficio. La hipocresía de quien departe con los americanos en Nueva York y los ridiculiza en su despacho frente al sacrificio de quien pasa más tiempo en el ministerio que en su casa. A media distancia entre ambos está Claude (Niels Arestrup), el discreto jefe de gabinete que tercia entre los consejeros y salva los muebles de la burocracia sin excentricidades. Pero, como todos, él también tiene su lado cómico. Se duerme en las reuniones y guarda las zapatillas viejas de deporte en la caja fuerte…

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El ritmo endiablado que Tavernier traslada del cómic al film tampoco da tregua al espectador, que siente que está viendo una buena película de animación con actores de carne y hueso. Este efecto se logra con un personaje como Alexander, un correcaminos con corbata que tan pronto se reúne con el ministro de exteriores danés como agota a Arthur corriendo junto al Sena. También ayudan los detalles técnicos para ambientar el cómic, como excesiva gestualidad del protagonista, onomatopeyas, zooms exagerados…

Crónicas diplomáticas obtuvo el premio al mejor guión en el pasado Festival de San Sebastián. Pero su gran éxito fue demostrar que la comedia crítica no está reñida con el respeto. La prueba está en la reacción de Dominique de Villepin al estreno: “Soy mucho mas loco que en el cómic”, dijo el exprimer ministro francés. ¿Reaccionarían igual nuestros políticos?

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