Críticas: Aprendiz de gigoló

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FADING GIGOLO

El Allen del chino.

Cambiando Manhattan por Brooklyn, desde el comienzo de Aprendiz de gigoló se percibe una clarísima influencia del cine de Woody Allen por la que, arropada por una cálida melodía de jazz, nos va mostrando un Nueva York nostálgico hasta llegar a una vieja librería que cierra sus puertas para siempre. Dentro de ella se sucede una primera escena que podría haber escrito el propio Allen y en la que su personaje, Murray, le cuenta a su amigo Fioravante, trabajador en una floristería cercana, que su dermatóloga le ha dicho que está buscando a alguien para hacer un trío con ella y una amiga a cambio de dinero. Con una facilidad sorprendente, consigue convencer a su amigo para que no sólo haga ese “trabajo” sino para dedicarse de lleno al noble arte de la seducción lucrativa bajo su representación, hasta que los rabinos de la comunidad judía a la que pertenece una joven viuda que recurre a los masajes del florista dan cuenta de ello con el consiguiente enredo.

Nueva York, judíos y sexo, tres temas recurrentes en la cinematografía de Allen que John Turturro recupera para su nueva película como director, pero en la que no termina de decidir qué tipo de historia es la que nos quiere contar. Por una parte trata sin éxito de emular el estilo de Allen para la comedia inteligente, plagada de referentes judíos con los que bromear, pero cuyo único acercamiento a ella es la presencia del propio Allen en un papel igual de verborreico aunque menos neurótico que los personajes que se reserva en sus películas. Y por otro lado, la película se mueve entre el humor más zafio y carente de sutilidad en las escenas que Turturro comparte con Sharon Stone o con Sofía Vergara, más chabacana que nunca, y entre el melodrama de cuento de hadas que vive con una irritante Vanessa Paradis. Como fondo además, se adentra en las costumbres de la comunidad judía de Brooklyn, no se sabe muy bien si a modo de crítica de las tradiciones más arcaicas que se siguen manteniendo, o simplemente como una forma de mostrar la vida en ese reducto semita del barrio neoyorquino.

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Es evidente que no es preciso reflejar una realidad palpable para que una película sea creíble, pero es que nada lo es en Aprendiz de gigoló, donde todas las situaciones, tanto si pueden resultar comunes como si son extremadamente absurdas, están tan mal desarrolladas que es imposible dejarse llevar por la película en un sentido u otro. John Turturro ha pecado de arrogancia al escribir para sí un papel protagonista que, a pesar de no ser excesivamente complejo, interpreta de una manera totalmente plana sin apenas un atisbo de expresividad en su rostro. No logramos ver en Fioravante a ese amante experimentado por el que todas las mujeres de Nueva York están dispuestas a pagar para llevárselo a la cama, tampoco al ser sensible que provoca que esas mismas mujeres no quieran compartirlo o que se enamoren de él a riesgo de ser castigadas por la ortodoxia más radical de su comunidad. Pero sobre todo, en ningún momento aparenta ni una sola de las dudas o de los remordimientos que se supone que experimenta, ni tan siquiera cuando se enamora, quizá de ahí la necesidad de que el espectador se entere de esta cuestión por boca de Sofía Vergara en una de las escenas más bochornosas de toda la película.

Se podrían enumerar bastantes momentos vergonzosos que se esperarían en una de las películas sobre la misma temática protagonizadas por Rob Schneider, pero que Turturro los utiliza de manera seria, lo cual aumenta aun más la vergüenza ajena. Oírle decir frases “profundas” en español o en italiano para seducir, mientras no dejan de sonar canciones tan recurrentes como La violetera o Sway de Dean Martin, y por supuesto algún que otro tema latino cada vez que aparece en escena la Vergara, es de lo más incalificable que hemos visto este año. Aprendiz de gigoló se queda en un intento de recuperar las comedias neoyorquinas de Allen demasiado fallido para poder considerarla heredera directa de su filmografía, desaprovechando una idea y un reparto con los que podía haber creado una hilarante joyita a la altura de aquéllas.

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