Atlántida Film Fest: Ilo Ilo

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Ilo Ilo

De Cannes al Atlántida, Singapur también tiene cine.

Singapur, 1997. La crisis financiera amenaza la integridad familiar, pero se camufla con anuncios fluorescentes. Jiale aprende inglés en el colegio mientras sus padres trabajan, y alimenta a su tamagochi mientras no regresan a casa. Tiene ocho años y se rebela con insolencia contra la soledad. Hasta que llega Teresa. Acostumbrado a los caprichos del hijo único, Jiale margina a la niñera filipina que poco a poco le enseña a sobrevivir. Ambos protagonizan Ilo Ilo, la ópera prima de Anthony Chen que se alzó con la Cámara de Oro en el pasado Festival de Cannes.

Hwee Leng tiene un hijo, Jiale (Ko Jia Ler), y otro en camino, pero no parece una madre. Apenas ve al niño, y cuando lo hace es para castigarlo por sus gamberradas. Joven, tímida e ingenua, Teresa (Angeli Bayani) no parece una madre, y sin embargo lo es. Dejó a su bebé en Filipinas para sobrevivir cuidando al de unos padres que, a su manera, también resisten. Pero los parecidos terminan en la maternidad. Para Hwee Leng (YannYannYeo), Teresa es una sirvienta, y como tal debe guardar la casa, el niño y los secretos familiares. A nadie le importan sus problemas.

Contaminado por el racismo de sus padres -que no sienten sus pies hundirse en el fango del proletariado-, Jiale trata a la niñera como una apestada. Pero a medida que se disparan los ERE empresariales y las deudas asfixian a sus padres, el niño cede a la complicidad de Teresa. El tiempo y la atención que ella le dedica acaba logrando lo increíble: disculpas sinceras por sus ofensas.

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Con el padre de Jiale en la calle y arruinado, la esperanza de la familia por conservar sus bienes se va a pique, por mucho que Hwee Leng rece o se encomiende a un gurú de los negocios… Teresa no sólo asiste atónita a la pérdida de lo que ella nunca tendrá, sino que sufre en silencio el odio de una madre resentida porque siente que le han robado a su hijo.

A modo de paradoja, Chen nos muestra en esta historia autobiográfica que la felicidad va y viene, pero pocas veces se queda. El Singapur gris que retrata está lejos de convertirse en la sociedad tolerante que pregonan en el colegio de Jiale, mientras las sirvientas filipinas se deslomen por unas cuantas monedas. Y, sin embargo, queda lugar para la esperanza.

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