London Calling: BFI Flare (y II)

Escrito por

Twitter icon

BFI Southbank

BFI Flare: The Last Day.

Hoy se echan las tres cortinas de las salas que han albergado el BFI Flare, el festival que ha copado el cine oficial de Londres, con sus vistas al Támesis y su aroma del mercado de Southbank. Diez días de películas han sido años del trabajo de cineastas, actores y todos esos créditos interminables que nos mantienen en la sala cuando una película nos hace pensar. Una de las primeras en hacerlo fue la eslovena Dual, un curioso título que en breve engrosará las eternas listas del llamado cine lésbico, como también lo hará Tru Love.

Ésta última era una de las enésimas propuestas llegadas de la fría Canadá. Gerontophilia (Bruce La Bruce) no sólo comparte este hecho con Tru Love, sino también el de hablar de amor maduro e incluso anciano. “Sólo alguien con la experiencia de la vida puede decir: ‘Espero que encuentres a alguien a quien amar con todas tus fuerzas, y espero que cuando te rompan el corazón, se encuentre abierto’, esa es la esencia de nuestra película, permitirse amar aunque estemos asustados, porque la vida pasa en un abrir y cerrar de ojos. Y muchos estamos demasiado dormidos para darnos cuenta”,  nos contaban Kate Johnston y Shauna Macdonald sobre su cinta. Si en ella Tru se enamora de la fascinante Alice, sexagenaria fuente de vida dispuesta a aprovechar cada minuto, Gerontophilia muestra el curioso fetiche de Lake, un joven que se excita con los cuerpos ancianos. Sin pudor ni complejos, la cinta tiene algunas poderosas imágenes que no dejan indiferente, aunque este sorprendente punto de partida se come un guion desequilibrado y lleno de situaciones y personajes impostados.

Gerontophilia

Gerontophilia

La edad como sabiduría, como vida vivida, es el mensaje que lanza Kate Bornstein is a queer and pleasant danger (Sam Feder), si es que un sólo mensaje puede extraerse del retrato de esta criatura que es todo y nada: activista transexual, propiedad pública, escritora, dramaturga y cuentacuentos, una faceta con la que se ha convertido en la abuela queer que cuida las calles neoyorquinas. A su juventud le dice: “Me muero de ganas de renacer en el mundo que construyáis, estáis viviendo el sueño de mi vida. Haced lo que os venga en gana, pero no seáis malas personas”. Este ente libre y feliz se refiere con este mundo a uno donde la tolerancia se entienda como queer, donde el género conviva con su fósil. “El género no es el problema, es el campo de batalla, el terreno de juego”, espeta esta desertora del binarismo, que en otra vida asegura que quiere ser el golden retriever de una butch, y lo dice con una sonrisa en los labios que no puede ser más tierna. Loco e hilarante, así es este precioso documental y así es ella, a quien vemos en un particular viaje visitando sus lugares y sus amigos con la presencia invisible de una enfermedad no invitada a la fiesta.

Identidad y una pasión más reservada es la línea argumental de My Prairie Home, probablemente el título más interesante del festival en lo que a documental se refiere. La carrera musical y el propio personaje que es Rae Spoon hilan esta creativa película que firma Chelsea McMullan. A través de unos relatos que le escribió Rae –y que ahora se recogen en el libro Gender Failure–, la cineasta recorre de manera brillante la juventud de estx apátridx del género y de cualquier orientación sexual, después de 33 años de biomujer, hombre y transexual. Su vida en Alberta (Canadá), su primer amor o la tensa relación con su familia se mezclan con su itinerante carrera musical, que se ha movido del country al pop electrónico. Con este estilo ha adquirido bastante notoriedad en Alemania o Austria, donde se estrenará el estilizado documental. En él, Rae es una marioneta de la directora, una artesana conceptual de la alegoría. Aunque el montaje puede ahogar algunos planos, la fotografía y la sucesión de metáforas conseguidas es sencillamente fascinante.

My prairie home

My prairie home

Si documentales como estos son la razón de ser del BFI Flare, no lo es menos una ficción como Test. Junto a dos jóvenes atléticos, en su póster leemos “San Francisco, 1985”. Si unimos cabos, no es difícil sentarse frente a la pantalla esperando una nueva película sobre los estragos provocados por el SIDA, lo que tiene algo de nuevo. Tras unas décadas en las que proliferaron las visiones sobre este duro problema social, en la última década son pocas las que vienen a la mente (We Were Here o el fantástico documental Deepsouth). Por lo tanto, ¿por qué ahora? “Todas las películas sobre SIDA que se han hecho hasta ahora siempre son tragedias, lo que es comprensible cuando hablas de una enfermedad de la que mucha gente muere. Esas historias debían ser contadas porque eran políticamente y emocionalmente urgentes, pero pasado el tiempo yo quería contar una historia sobre gente que en ese periodo no padeció la enfermedad, quería hablar de esperanza. Otra cosa que quería hacer era una película con erotismo, con sexo pero que a la vez tratara este tema. Cuando ves las típicas philadelphias, nunca ves escenas eróticas. Son grandes películas que admiro, y entiendo que es difícil mezclar sexo y enfermedad a la vez, no es sencillo”, nos explica el director, Chris Mason Johnson. Él mismo era un jovencísimo bailarín en esa época, motivo por el que no le ha costado nada meterse en la piel de un insolente coreógrafo que martiriza a estos jóvenes. Entre baile y baile –en unas hermosas composiciones visuales–, la película muestra una porción de la generación más joven que a mediados de los 80 recibió la noticia de que había aparecido un test con el que comprobar si uno era portador del virus. Sin verbalizar el problema o los primeros pasos hacia su tratamiento, Frankie vive su sexualidad debatiéndose entre el placer y el miedo. El tono ochentero e indie de la película conecta a la perfección con estos mudos de profesión, que juntos y solos a la vez se enfrentan a la misma crisis, otro test más.

Igual de necesaria pero imitando una forma mucho más vista es G.B.F., absoluta sorpresa del festival. Imaginemos Chicas Malas y cambiemos a Lindsay Lohan por un chico que quiere salir del armario. Es su último año de instituto y alguien ya ha decidido por él que es hora de que la institución tenga un gay oficial, a cuya caza se lanzarán como locas las tres chicas más populares para que se convierta en su Gay Best Friend (mejor amigo gay), la última moda entre las celebrities. Con la base de una típica comedia americana de adolescentes, con su bailes, su rugby y todos los estereotipos yankis, la película es desternillante. Con Natasha Lyone como mentora, protagonista de la mítica But I’m a Cheerleader, el brillante guion de G.B.F. se debate entre la parodia y el respeto a sus modelos, con un ritmo equilibrado y dinámico plagado de matices, como queda patente con la diversidad de personajes tan bien diseñados. La idea es genial, el desarrollo es interesante y hay lugar para todo: relaciones entre padres e hijos, la igualdad de derechos, la absurda vida en el armario o la brecha entre la amistad y el amor romántico, todo aderezado con purpurina, cambios de ropa y hasta un póster de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón.

G.B.F.

G.B.F.

Una locura más desordenada fue la que inspiró Who’s afraid of Vagina Wolf? Contar con buenas amistades es la gran baza de esta película original sobre una cineasta cuarentañera que se gana la vida gracias a un disfraz de una enorme vagina con el que baila en calles y escenarios, que vive en garajes de amigos y que tiene tres propósitos tras celebrar su cumpleaños: perder peso, conseguir una novia y rodar una película. Con un confuso guion lleno de metacine, la excéntrica historia tiene en realidad mucho que ver con la vida de la propia Anna Margarita Albelo, directora que tras dos décadas dedicada al cine y a dar voz a la cultura lesbiana ha conseguido presentar su primer largometraje. Si mencionábamos las buenas amistades es porque este título sería de más difícil proyección sin dos actrices que formaron el equipo de The L Word: Janina Gavankar y Guinevere Turner, esta última guionista y actriz en la emblemática Go Fish, que justo este año celebra sus veinte años en el mundo. Gracias a ellas, la película resulta más digerible, pese a las vueltas y vueltas que da sobre sí misma en un dulce egorrelato con el que muchos podrán verse identificados en los universales de buscar la felicidad, amar y dejarse amar y ser fiel a uno mismo.

Dudamos de a qué quería ser fiel Todo el mundo tiene a alguien menos yo, primer largometraje de Raúl Fuentes. Soporífera e impostada, en la cinta mexicana se adivina la revisión de Lolita con la relación entre Alejandra y la adolescente María, cuyo único nexo es su naturaleza de niñas ricas y su (supuesta) atracción. La falta de frescura y de conexión entre ambas, las repentinas apariciones de reflexiones absurdamente profundas y carteles de películas silentes, la artificiosidad, la pretensión… Todo es molesto desde los primeros cinco minutos. Tras un notable recorrido por festivales de todo el mundo, no nos queda otra que reconocerle a la bella fotografía en blanco y negro el último (y único) refugio de la cinta. No es baladí, las composiciones y la luz son arrogantemente bonitas, aunque llega a incomodar cuando se adivinan unas posturas a lo Persona y a Resnais totalmente fuera de lugar.

Todo el mundo tiene a alguien menos yo

Todo el mundo tiene a alguien menos yo

Si ésta era una de las pocas opciones en castellano, Flores raras (Bruno Barreto) hacía lo propio con el portugués, debido a estar rodada en Brasil. De ahí procedía la arquitecta Lota de Macedo Soares, con quien la poetisa Elizabeth Bishop vivió un amor hecho a imagen y semejanza de una película de cine. Partiendo de una forma demasiado telefilmesca –con sus cronologías, redundancias y sus lluvias repentinas– la película evoluciona sorprendentemente bien dentro de su estilo. Pese a beber del drama romanticote, en varios momentos consigue quitarse las costras del telefilme y convertirse en una radiografía de una apasionada relación, además, con el interés añadido que supone la biografía de la escritora y premio Pulitzer.

Lo interesante de un festival queer es que esta historia de amor tenga tanta cabida como Age of Consent, un explícito documental sobre fetichismo en Reino Unido o con el drama familiar 52 Tuesdays, la cinta que ha cerrado el festival con lleno absoluto y que narra la relación entre una hija y su madre, que ha decidido someterse a un cambio de sexo. Incluso ante las incongruencias que puedan surgir de la suma de sus títulos, la clave está en no llegar a un límite, y a salirse constantemente del cuadro. Estas películas no se muerden la cola ni tampoco la lengua, no redundan y su necesidad es urgente, tan urgente como es ser siempre más libre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *