En otro país: Tom à la ferme

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Tom à la ferme

El talentoso Xavier Dolan llega a En otro país.

Xavier Dolan se cree sus historias, las vive y las muestra con una pasión desbordante, envidiable. Su género es el de no dejar indiferente, su estilema es la provocación. En su último trabajo, Tom à la ferme, no hay ralentís ni mariposas que salen de la boca ni cartas que al ser leídas consiguen una tormenta en un salón. Olvidémonos de ello. Si en Laurence Anyways Dolan conseguía aplicar su paleta de matices estéticos a una historia ya no deudora de sus diarios de adolescencia –base de Yo maté a mi madre y probable inspiración de Los amores imaginarios–, aquí el cineasta intenta de nuevo crear un drama intenso, universal y personal a la vez pero con matices de thriller y de noir.

Así, el quebequés pretende lanzar su primera película de género, por mucho que el género siempre sea él. Pero está bien, démosle la etiqueta de “thriller psicológico” que quiere colocarle. Bien, se la damos. Así nos lo indica al lanzarnos al relato con Tom (el propio Dolan), que tiene Montreal en su cogote empujándolo hacia la granja, ese lugar donde vive el lobo, aislado, al que tememos porque es el otro. Pero Tom, este moderno sin miedo, se va a ser el otro. Lo será en la casa de su difunto novio, cuya madre (Lise Roy) no sabe de la homosexualidad de su difunto hijo, y su hermano (Pierre-Yves Cardinal) lidia con el luto con una violencia homofóbica muy kitsch y muy sexual.

Tom à la ferme 2

En esta ocasión, Dolan se enfrenta a varios pesos pesados de la naturaleza humana: la pérdida del ser amado, el síndrome de Estocolmo y la discriminación abusiva. El cóctel no parece de entrada de fácil digestión, pero entrar en el universo del canadiense es siempre una aventura insondable, donde la forma siempre será un paisaje de matices inacabable. Destaca además en este título el impecable trabajo de fotografía a cargo de André Turpin, que ya hizo lo propio en Incendies o Maelström. La puesta en escena y el vestuario se crean ya como piezas de culto, al igual que una banda sonora mimada y aquí contribuyente a una atmósfera nebulosa.

Es inevitable entonces que tanto su fondo como su forma tengan algo de interesante, que pese a gustar más o menos, tienen la habilidad de fascinar, sorprender o, en su defecto, de apuntar maneras. Tom à la ferme no es una excepción, aunque sí tiene un elemento que, al menos para quien escribe, es nuevo en su cine: el tedio. Este relato aburre, su falta de emoción impera por los cuatro costados y las expectativas que la propia cinta construye se las llevan los créditos, momento en el que la reflexión que busca Dolan podría ser una o justamente la contraria.

La película se queda plana aún cuando Dolan quiere inyectarle esa pasión que hierve en sus venas. Así lo demuestra precisamente esa música delicada y llena de matices que, desafortunadamente, tiene un resultado poco efectivo. En muchas ocasiones, se escucha antes de oírse. Dolan no la deja entrar, sino que la obliga a entrar, la introduce con una violencia poco sutil que no surte efecto. Y así sucede con algunos de sus grandes logros como autor: el simbolismo en la cinta es tan consciente que ni siquiera tiene la arrogancia de sus otras películas. Toscos quedan el anillo de compromiso que Tom no se quita, esas notas discordantes en los diálogos, el nombre ‘Les vrais affaires’ del bar donde Tom entiende de qué va esta película, o lugares mil veces visitados como los olores de unos olidos en otros. Todos los detalles son extrañamente colocados en una película que da todas las pistas o ninguna, que genera una evolución de situaciones y personajes forzada y artificiosa que antes que enfado provoca decepción, frustración y quizá también cierta compasión.

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Porque aunque dicho hasta la saciedad, este director valiente es un joven veinteañero que ha dedicado toda su corta vida al cine. Con Laurence Anyways conseguía premio en Cannes hace apenas dos años, quizá una vorágine con la que cerró un ciclo y tras el que se apresuró a arrancar otro. Si ésta fuera una opera prima, se destacaría el talento y el futuro prometedor de este cineasta. Pero huelga repetir la carta de presentación de Dolan: hay talento y hay futuro. Sin embargo, el salto cualitativo conseguido con su intenso relato anterior en cuanto a la creación de personajes, más que a la escritura de historias, se ha reencontrado ahora con el Dolan más superficial intentando encarar sin armas una historia compleja, quizá incluso con más matices que en Laurence Anyways. Por lo tanto, existe una sensación de falta de reflexión y de incompleción que pasa factura a una película que no cala y que no permite que uno pueda explicarse y entender esta historia, que mezcla drama y thriller antes con elementos formales que de base.

One Response to En otro país: Tom à la ferme

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