En otro país: Journey to the West

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Tsai Ming-liang nos habla sobre los ritmos de occidente.

En el pasado festival de Venecia, el taiwanés Tsai Ming-liang anunció su retirada del mundo del celuloide mientras presentaba Stray Dogs. Ahora bien, desconozco si se refería a cualquier actividad cinematográfica o al largometraje, aunque me gustaría pensar que fue un calentón momentáneo con el estatus del cine actual, del que se ha arrepentido. Rodada en Francia, como ya hiciese con Visage y ¿Qué hora es?, la cinta que nos ocupa está inspirada (imagino que muy libremente) en un clásico de la literatura china del siglo XVI. Presente en la reciente edición de la Berlinale, la última obra de este gran admirador de Truffaut, Antonioni y Bresson, está protagonizada por Lee Kang-sheng, su  habitual alter ego en pantalla, y el francés Denis Lavant, el actor fetiche de Leos Carax.  La elección de éste se antoja perfecta, ya que si hay un intérprete occidental que encaja con las propuestas marcianas de Tsai Ming-liang, ése es, sin duda, el protagonista de Los amantes del Pont-Neuf y Holy Motors.

Journey to the West arranca con el personaje de Denis Lavant, quien aparece en un muy cercano primer plano de más de seis minutos, que enfatiza sus deterioradas facciones. Parece ser un individuo en un evidente estado de alienación, con la mirada pérdida (prácticamente sin pestañear), con la respiración alterada mientras traga saliva con frecuencia. A continuación aparece en otro espacio cerrado la resplandeciente figura de un monje budista, ataviado con una túnica de color rojo y caminando a una velocidad incomprensiblemente lenta para mover su cuerpo extrañamente encorvado, con la cabeza agachada y descalzo. La siguiente secuencia muestra de nuevo en primer plano el perfil del marcado rostro de Lavant, que aparece compacto junto al paisaje dominado por unos acantilados de color ocre gracias al reflejo del sol, que finaliza con una lágrima muy sentida de éste. A partir de este momento, el relato (si se le puede llamar así) se centra en el trayecto ralentizado del budista por las pobladas calles de Marsella. El personaje de Lavant vuelve a aparecer más adelante, pero en esta ocasión lo hace siguiendo al monje, cambiando ligeramente el rictus provocado por su deprimida existencia cuando es consciente de que ha encontrado un propósito en ella, imitando sus movimientos en una calle abarrotada de gente, con una perfecta sincronización que genera estupefacción.

Ming-liang explota conceptos ya tratados en Walker, un cortometraje de poco más de veinticinco minutos también de corte experimental, que estaba incluido en la película episódica Beautiful, cambiando las bulliciosas calles de Hong Kong por las de Marsella, y despojando al monje del transporte de la bolsa de plástico y el trozo de pan que paseaba con tanto orgullo. Para la ocasión, se hace valer de una cantidad similar de planos (no superan los 14) que en su corto anterior, pero radicaliza la experiencia al incluirlos con más del doble de metraje; distanciándose aún más del cine de corte narrativo al que nunca ha pertenecido plenamente. Tal y como hizo en la citada Walker, el director taiwanés nos introduce en una inclasificable e hipnótica reflexión sobre la velocidad a la que se mueve la vida contemporánea,  y la del propio cine (ese público que tímidamente trata de comprender al monje, pero acaba obviándolo, podría ser una alegoría de los espectadores poco dados a la introspección contemplativa que abandonan masivamente sus proyecciones en los festivales). En Journey to the West vuelve a enfrentar la urbanidad con la espiritualidad para recalcar el contraste entre la agitación, la contaminación acústica, y la desazón habitual de los seres que pueblan las grandes urbes, con el ralentizado y meditativo caminar de tan variopinto personaje. También nos recuerda lo alienante que puede llegar a ser la velocidad a la que se mueven las grandes ciudades, y nos habla de la lucha de la individualidad frente al colectivo; e incluso, hilando muy fino, sobre  la necesidad que tienen algunas personas de ser guiados para encontrar su camino en la vida. Respecto a sus obras más narrativas y menos experimentales (si se pueden usar esos términos con un tipo tan personal) prescinde de uno de sus temas centrales, el de las maltrechas relaciones entre los seres humanos, pero coincide en mostrar una nueva visión sobre el retrato del vacío existencial, tan común en toda su filmografía, aquí representado claramente por el personaje de Lavant hasta que no encuentra su oasis.

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El clímax (por llamarlo de algún modo), además de la citada compenetración entre los dos parsimoniosos caminantes, llega con una secuencia de cerca de veinte minutos en la cual se observa la silueta del monje a través  de la luz del sol que irradia desde el exterior y exagera la presencia de las partículas de polvo, mientras éste encara uno de sus mayores logros: descender una escalera cubierta, atorada de peatones, con su velocidad de tortuga. La presencia del astro rey influye en las tonalidades del perfil del personaje de Kang-sheng, que va mutando del blanco, al amarillo resplandeciente, para finalmente aparecer con un tono más anaranjado. La multitud tiene una reacción muy diferente a la de la sección de Hong Kong de su anterior cortometraje, que se reunía expectante en torno al solitario monje para intentar comprender su desconcertante actitud. Aquí, los marselleses parecen ignorarlo, salvo alguna mirada disimulada de reojo tras un breve parón que interrumpen abruptamente para mirar a otro lado (un aspecto que podría expresar la diferencia de carácter entre la cultura asiática y la europea). Tampoco tiene desperdicio la escena final tomada al revés por una gran superficie reflectante que provoca cierta distorsión en los colores de las imágenes para introducirnos en un final juguetón que remite al ¿Dónde está Wally? colocando a varios personajes ataviados de rojo que desconcentran hasta que aparece el monje caminante.

El director de El sabor de la sandía proporciona un sentido y arriesgado homenaje a la ciudad de Marsella, atorado de imágenes con una inusitada belleza plástica, mediante una incendiaria (por el ritmo y la particularidad de sus dos protagonistas) road movie iniciática a pie, dominada por la abstracción, en la que el trayecto cobra más importancia que las motivaciones y el desconocido destino de sus personajes. A pesar de su alto contenido artístico y conceptual, Ming-liang tiene la virtud de captar emociones y provocar una leve sonrisa constante sin el uso de diálogos (sólo aparece brevemente una mujer que habla sola mientras camina, y algún murmullo de los transeúntes, prácticamente inaudible). Formalmente, se trata de una de sus incursiones cinematográficas más detallistas, gracias al magnífico tratamiento de la luz, los colores, las sombras, el sonido y el tiempo (que en esta ocasión parece esculpido), unido a su habitual y geométrico sentido del espacio, del encuadre y las perspectivas. El autor de origen malayo no es proclive al uso de la música en sus proyectos (salvo en su debut) si ésta no forma parte de algún número musical que señale los anhelos de sus personajes, pero en esta ocasión utiliza un piano suave que hace dos breves apariciones y no desentona en absoluto.

Los espectadores más pacientes con las propuestas contemplativas y los incondicionales del peculiar universo amparado en la sosegada cadencia del director taiwanés (entre los que me incluyo con devoción), la verán con los ojos como platos, pero imagino que para el resto de los mortales debe suponer un auténtico desafío enfrentarse a una obra más próxima a una performance audiovisual que a una película al uso; de un autor tan especial, a quien se le agradece que tras más de veinte años en el medio mantenga el tesón por desarrollar nuevas formas de expresión artística que se apartan de los cánones.

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