Críticas: Una vida en tres días

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Una vida en tres días (1) - Cinema ad hoc

Kate Winslet y Josh Brolin viven un amor imposible en la última de Jason Reitman.

Jason Reitman pasó a ser para muchos más que el hijo de Ivan tras encadenar su estimable debut con Gracias por fumar con los éxitos inapelables de Juno y Up in the Air, cuya tremenda aceptación todavía se me escapa a día de hoy. Sin embargo, en el ácido retrato de la eterna inmadura que escuchaba obsesivamente a Teenage Fanclub de Young Adult, que volvía sobre un guión de Diablo Cody y no alcanzó la misma repercusión, encontré cierto inesperado poso de cineasta maduro que me descolocó bastante. No podía evitar la curiosidad por saber qué había detrás de Una vida en tres días, en la que vuelve a ser guionista adaptando la novela de Joyce Maynard. Para empezar, llama la atención que una película con este dúo protagonista y un director que suele encandilar al público se presente aquí casi como un desecho de temporada, plato a destiempo de un periodo de premios del que apenas faltan títulos por llegar.

Con una dirección exageradamente detallista a la hora de recrear el verano de 1987, Reitman nos sumerge en la relación entre Henry, un chico de 13 años, y su madre Adele (Kate Winslet), una mujer cuya fragilidad llega a un extremo que le hace vivir casi recluida en su hogar tras el abandono de su marido. Nadie se interpone entre ellos, hasta que en una de sus escasas excursiones al supermercado aparece Frank (Josh Brolin), un fugitivo que les fuerza a un alojamiento en el improvisado refugio de su casa que cambiará indefectiblemente la relación maternofilial. El consabido síndrome de Estocolmo no tarda en aparecer.

Una vida en tres días (2) - Cinema ad hoc

Lo más interesante de esta presentación es la irrupción del extraño, que a los ojos del niño posee un aura de bandido mitológico de cuya fuga dan testigo informativos y periódicos, en la relación casi edípica que mantiene con su madre. Se apuesta por mantener la intriga sobre el pasado y la verdadera naturaleza de Frank, aunque a través de unos flash-backs totalmente forzados que no ayudan a mantener el ritmo, acerca de una turbia juventud en la que se parecía sospechosamente a Mario Casas. Sin embargo, esta línea comienza volando muy por encima del drama romántico, cuya asimilada inverosimilitud no molesta demasiado si se compara con lo insípida que resulta la relación entre dos personajes a priori interesantes y cuyas historias podrían estar cargadas de matices.

La mayoría de secundarios se encuentran encajados con calzador, cuando no son meras excusas que la hacen patinar sobre la línea del melodrama más sensiblero, como la secuencia en la que el niño vecino minusválido tiene que pasar unas horas con la peculiar familia; o directamente incapaces, caso de la iniciación sentimental que vive Henry en medio del caos. Todos revelan una torpeza alarmante a la hora de hacer despegar el conflicto, estancado irremisiblemente en una incómoda tierra de nadie, que no llega a molestar pero tampoco funciona con la debida fluidez. Los sucesos se presentan cada vez más atropellados y deslavazados: la vida en tres días del título podría perfectamente tener lugar en tres meses o tres años si no lo indicaran los rótulos en pantalla.

Una vida en tres días (3) - Cinema ad hoc

Se llega así a un tramo final, con las clásicas confesiones y cartas reveladoras, en el que el drama se desboca y queda a un palmo de la vergüenza ajena, pero no llega a caer en ella gracias al buen hacer de unos actores entregados. Kate Winslet tiende a ser lo mejor de las películas en las que participa, y aquí no es la excepción: la temblorosa belleza de la maternal Adele, personaje plano pero de sugerente presencia, parece hecha a su medida. Josh Brolin le da la réplica sin vacilaciones, y el niño Gattlin Griffith sobrevive a la carga de un Henry con cierto componente ridículo que no llega a explotar.

Una vida en tres días es un bombón que no llega a empalagar, pero tampoco consigue dejar un regusto aceptable. Lo más positivo que puede decirse de ella supone también su principal defecto: su visionado es tan inocuo que no resulta molesto, por mucho que Reitman no consiga encontrar en su plano clasicismo ninguna arista a la que agarrarse para extraer el jugo que poseía la historia. Quizá satisfaga a los incondicionales del melodrama romántico, pero se revela como una obra fallida en su pretensión de ofrecer algo más que dos horas de distracción.

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