Críticas: Pelo malo

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Pelo malo

La búsqueda de una identidad propia en la Venezuela de hoy.

Caracas, una de las ciudades más violentas del continente americano donde conviven rascacielos en los que la vida financiera fluye muy cerca de la marginalidad que habita en edificios convertidos en cárceles con diminutas celdas enrejadas que hacen las veces de apartamentos donde viven familias encerradas en su propia prisión. Familias como la de Junior, un niño de 9 años prisionero de la insatisfacción que le produce la falta de cariño de su madre y que extiende hacia su propio aspecto físico. Junior se obsesiona con el pelo que ha heredado de su padre, quiere tenerlo liso para poder disfrazarse de lo que él considera que debe ser un cantante de éxito para la fotografía del colegio, hecho que provoca en su madre aún más rechazo hacia él. Una madre, Marta, cuya cárcel personal es el miedo a que su hijo no sea lo que ella espera de él y al que repudia cada vez con mayor desdén, movida por la impotencia de no poder salir de la vida miserable que lleva mientras su hijo afronta esa misma vida con ilusión.

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Pelo Malo dibuja una Venezuela que reza y se rapa la cabeza en solidaridad con la enfermedad de Hugo Chávez, que sobresale por el culto al cuerpo hasta el extremo de que el mayor objetivo de las niñas es ser Miss, o al menos fotografiarse como tal. Una Venezuela machista y agresiva que se conforma como lo hace Marta al ofrecer su cuerpo sin ningún tipo de remordimiento a cambio de un trabajo o al afrontar como una rutina el tener que tirarse al suelo para no ser pasto de las balas cruzadas frente a su casa, pero que en el fondo va acumulando frustración tras frustración que acaba saliendo en forma de desprecio hacia quienes verdaderamente necesitan el amparo de sus opresores.

Resulta curioso que las dos películas venezolanas que últimamente acaparan todas las miradas, Pelo Malo y Azul y no tan rosa, hablen de cierta manera sobre la identidad sexual y sobre la discriminación homófoba como excusa para tocar con más sutileza los dramas cotidianos, a menudo fruto de la situación del país. Y es que quizá el que el motivo por el que Marta rechace a su hijo sea la sospecha de la homosexualidad de éste, es la excusa que ella misma se autoimpone para buscar una explicación a ese instinto maternal inexistente hacia Junior que sin embargo si tiene hacia su hija pequeña. De otra manera se presume un recurso demasiado fácil que aparece de una manera un tanto brusca, para llevar la película hacia una dirección que innecesariamente se vuelve explicativa dejando poco lugar para la reflexión del espectador ante la extraña relación madre-hijo del film.

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Con un tono realista en el que por momentos parece acercarse al documental ficcionado, la directora Mariana Rondón vuelve a jugar con los disfraces infantiles como ya hiciera en su anterior largometraje Postales de Leningrado, para tapar miedos y esconderse de la (triste) realidad que rodea a los personajes, una realidad en la que la luz que irradia el niño Samuel Lange Zambrano contrasta con el gris de la colmena en la que vive. Porque si hay algo que destaca por encima de ese retrato malsano de Caracas, es la presencia de sus dos protagonistas. La calidez con la que Samuel da vida a Junior, deseoso de cumplir sus sueños infantiles, frente a la irracionalidad de los sentimientos de su madre que sólo con la mirada es capaz de expresar Samantha Castillo, son las mejores bazas de una película íntima y sin estridencias que logró alzarse con la Concha de Oro en el pasado Festival de San Sebastián.

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