Críticas: Oh Boy

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Oh boy

“¿Sabes lo que se siente cuando todos los que te rodean te parecen extraños? Luego lo piensas y te das cuenta de que el problema eres tú” (Niko)

Un vagabundo con tarjeta de crédito. Ése es Niko, el chico en blanco y negro que deambula por las calles de Berlín en su propia busca. Lejos del futuro que su padre trató de imponerle como abogado y él abandonó sin avisar, el joven veinteañero se refugia solo en un apartamento desangelado. Pero los recuerdos que guardan sus cajas de mudanza pronto le echan a la calle, a caminar en busca de su verdadera identidad.

El periplo por la capital alemana comienza con aroma a café y a ritmo de un clarinete que bien podría tocar Woody Allen. Pero según avanza bajo una atmósfera gris que recuerda a El cielo sobre Berlín de Wim Wenders, la mala suerte va ahogando con alcohol el ánimo del protagonista. Con las balas de humor negro que sólo dispara la desgracia, las máquinas de café se alían para boicotear la sed de cordura de Niko, que no duda en sustituirlas por vodka. Otra máquina, la del cajero automático, decide saciar su hambre con la tarjeta del chaval, que ve cómo su padre le cierra la cuenta por haber abandonado los estudios.

Oh boy 2

Por desgracia, las máquinas no son las únicas que no le comprenden. Tampoco las personas, empezando por su padre, y siguiendo con su novia -que lo abandona harta de su indolencia- y hasta un extraño vecino que juega solo al futbolín. Niko, que tampoco comprende a nadie, los escucha con cara de necesitar subtítulos. ¿Pero cómo va a entenderlos si ni siquiera se entiende a sí mismo? Por eso huye, andando, mintiendo, bebiendo… Pero no avanza. Como su amigo Matze (Marc Hosemann), Niko es un actor a la espera del papel perfecto, víctima de la fiebre de las expectativas. Una crisis que evidencia Julika (Friederike Kempter), la niña de la que él se burlaba de pequeño y que ahora es una actriz de éxito.

El clímax de la tragedia llega cuando, desesperado por su aislamiento, Niko recala en un bar donde un anciano borracho le cuenta su historia. Él sólo quiere beber para olvidar sus desgracias, pero el hombre insiste en hablarle de su infancia durante el nazismo. El anciano tampoco entiende a nadie. Se siente fuera de lugar porque acaba de regresar a Berlín tras 60 años en el exilio. Y, como Niko, tampoco conserva nada del niño que fue. Pero la suerte no da tregua, y el joven también perderá a su primer confidente…

Oh boy 3

Interpretada por un fotogénico y atrayente Tom Schilling -cuyo único amago de sonrisa llega cuando su personaje se cepilla los dientes-, Oh boy retrata con éxito la crisis existencial, la búsqueda de uno mismo y los obstáculos que encuentra a su paso en la sociedad del bienestar. El film también nos deleita con el talento de Jan Ole Gerster, un cineasta novel volcado con la realidad de su país que hizo sus pinitos como asistente de postproducción de Wolfgang Becker en Good bye, Lenin! y es autor de un corto y un documental. Por lo pronto, su ópera prima ha arrasado en Alemania y es el último premio revelación del cine europeo.

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