Críticas: La bella y la bestia

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La bella y la bestia

Léa se pone rococó.

Un póster promocional que rezuma horterismo por los cuatro costados, en el que la bella del cuento posa para la cámara cual quinceañera vestida de princesa para su puesta de largo, rodeada de flores y con unos animalitos sospechosamente parecidos al conejo que canta “Eres tu mi peluchito”, no hacían presagiar nada bueno sobre La bella y la bestia, por aquello de que la mayoría de las veces se cumple el dicho de que las apariencias engañan. Hemos de dar las gracias pues en esta ocasión a Christophe Gans por no haber querido engañarnos y haber sido honesto y fiel al cartel de presentación de la película.

Y es que, si por algo se caracteriza esta nueva versión de La bella y la bestia es precisamente por ese alto grado de preciosismo estético con el que envuelve la historia, creando un escenario adecuado para contar un cuento tan oscuro como es el de la muchacha humilde que acaba enamorándose de una bestia que la tiene retenida en su suntuoso castillo. Gans toma prestado el punto de partida del cuento de Leprince de Beaumont como hiciera Jean Cocteau, y al igual que hiciera este, se recrea en los efectos visuales del mundo de fantasía que habita en el castillo y en crear una ornamentación extremadamente artificiosa que oculte la teatralidad de su puesta en escena. La cuestión es que, tanto una como la otra dejan a un lado en pro de ese efectismo la historia en sí, pero mientras la película de 1947 suplía la profundidad de los sentimientos que se desarrollan en el cuento con una poesía visual de gran belleza, Gans no sólo la abandona por completo sino que no hay poética y ni siquiera una estilización gótica y oscura en su visión. Es un intento de llevar más allá el engalanamiento de su propuesta y que, si bien es cierto en la primera mitad de la película logra captar la atención de quienes disfrutan de un estilo visual tan espectacular como el que tiene, a partir de la llegada de Bella al castillo acaba cayendo en una estridencia estética que por momentos roza el ridículo.

La bella y la bestia 2

Pero todo esto no tendría mayor relevancia si se nos contara el cuento no ya de una manera fiel al original o incluso en una versión libre pero bien contada, sino de una forma mínimamente coherente. Como decía anteriormente, la historia, el desarrollo de los acontecimientos y sobre todo los sentimientos y la moraleja que se extrae del cuento de Beaumont brillan por su ausencia en esta versión, empezando por una presentación demasiado plana de todos y cada uno de los personajes sin que en ningún momento se pueda llegar a empatizar con ellos, hasta la total falta de desarrollo de la historia de amor. Cualquier defecto de guión es perdonable excepto que en una adaptación de La bella y la bestia no aparezca en ningún momento el progreso de enamoramiento de Bella hacia la bestia, siendo del todo incomprensible el cambio radical de aquella que, horas después de despreciarle y sin haber pasado por un acercamiento paulatino hacia él, logre revivirle con su ¿amor? Ese amor que poco a poco se iba haciendo patente en la versión que en 1991 dirigieron Gary Trousdale y Kirk Wise para Disney, de la cual por cierto Gans toma planos totalmente prestados, aquí se obvia por completo dejando la película totalmente carente de sentido.

La bella y la bestia 3

Podríamos hablar mucho de los vestidos imposibles que la bestia regala a Bella, a los que evidentemente esta no hace ningún desprecio a pesar de estar retenida contra su voluntad, o de las poses de niña mimada de Léa Seydoux, o de hadas del bosque cuyo rol en la película es incluso más importante que el del resto de personajes juntos, o de esa camada de peluchitos (discúlpenme la licencia) a quienes Bella considera sus mejores amigos sin ni siquiera haber cruzado con ellos una palabra y que provocan más grima que ternura. Pero para no espantar demasiado de antemano, y salvo la canción de los créditos a los que probablemente poca gente querrá quedarse, es de recibo destacar una maravillosa banda sonora compuesta por Pierre Adenot que acompaña a las imágenes sin la megalomanía de la que hacen gala las mismas, y que es de lo poco verdaderamente recomendable de la cinta.

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