Críticas: Jimmy P.

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Jimmy P

Arnaud Desplechin, psiquiatría y Benicio del Toro.

A Jimmy le arde la cabeza. Se la rompió en Francia, combatiendo en la II Guerra Mundial, y desde entonces no le da tregua. Pero esta vez el dolor le ha dejado ciego durante dos días. Las pruebas médicas, sin embargo, dicen que está perfectamente, y el neurólogo no se complica con cábalas: “o sólo es un indio o es un psicótico”.

La primera tesis no necesita confirmación. Jimmy Picard es un Pies Negros de la Planicie americana. La segunda no está tan clara y, dada la ignorancia de los doctores del Winter Hospital de Topeka (Kansas) sobre la cultura indígena, recurren a la ayuda de un etnólogo. El excéntrico Georges Devereux acepta la invitación de Karl Menninger, el afamado director del centro psiquiátrico militar, y abandona París rumbo al lejano oeste.

Devereux no sólo trabajó con Jimmy a finales de los años cuarenta, sino que su libro Psycothérapie d’un Indien des Plaines ha inspirado la última película de Arnaud Desplechin, Jimmy P. La historia de los primeros médicos americanos especializados en traumas de guerra, secuelas en las que nadie había reparado antes.

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Interpretado por un fantástico Mathieu Amalric, el psicoanalista y etnólogo de origen húngaro parece un personaje sacado de Midnight in Paris. Pero su romanticismo no empaña un ápice su profesionalidad. Discípulo de la escuela de Freud, se enfrasca en los sueños del indio hasta aparecer en ellos y, como el padre del psicoanálisis, enfoca sus interpretaciones en el sexo. Sólo así, tras muchas confesiones inconscientes que se solapan con secuencias del pasado, el psiquiatra localiza los traumas que horadan el subconsciente del paciente. Y, al contrario de lo que sugiere su pasado como soldado, éstos no tienen nada que ver con la guerra.

A pesar de la aparente alegría histriónica del etnólogo -que vive con su amante frente al hospital-, su vida no dista mucho de la de Jimmy, cuyo aislamiento del mundo gana profundidad con la mirada de Benicio del Toro. Devereux sonríe, pero sufre. Su infancia asediada por los nazis en Rumanía y su inestabilidad sentimental -el psiquiatra original estuvo casado siete veces- explican la empatía que siente por Jimmy.

Los caminos paralelos de ambos protagonistas terminan de juntarse cuando Jimmy recibe el alta y Devereux se tumba en el diván de Menninger para psicoanalizarse. Entonces, cuando el director le pregunta por qué quiso tratar a Jimmy, Desplechin desliza un potente alegato final. No lo atendió por compasión, dice Devereux, sino por bondad; y no tiene por qué sentirse culpable del exterminio al que los americanos sometieron a los indios. Es una pena que esta despedida dure apenas dos minutos y no llegue antes, lo que permitiría conocer mejor la interesante figura de todo un pionero como Devereux.

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