Críticas: Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!

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Guillaume y los chicos ¡a la mesa! - Cinema ad hoc

La gran triunfadora de los César llega a Cinema ad hoc.

La 39ª edición de los Premios César coronó a un nombre que sonará poco o nada a la mayoría de españoles, pero que en el país vecino es toda una personalidad. Aquí chocó demasiado que una comedia, siendo como suelen ser las grandes olvidadas a la hora de otorgar premios, arrebatase hasta cinco galardones a títulos del prestigio de La vida de Adèle o La Venus de las pieles. La realidad es que la primera película de Guillaume Gallienne, nombre que conviene recordar a partir de ahora, inició su exitoso recorrido hacia los premios varios meses atrás, y que el resultado no tiene tanto de sorprendente como puede parecer a primera vista.

¿Y qué hay detrás del título de Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!? En primer lugar, el salto al cine de su director después de una trayectoria inclasificable en la que ha actuado, cantado, escrito y hasta dirigido ballet. Llegados a este punto, lo sorprendente sería que no se tratase de la adaptación de una obra propia; en este caso, un monólogo teatral que Gallienne traslada al cine demostrando una inteligencia estructural impropia de un debutante en el largometraje. El texto, una historia de aceptación personal y sexual revestida de trauma materno, toma además como base la vida del propio autor, que lo recita ante la cámara. Estamos ante una película que quiere aunar lo personalísimo y una indudable vocación comercial, una pretensión de la que Gallienne ha salido victorioso con creces: su ópera prima cinematográfica es ya un fenómeno de masas en Francia, donde ha vendido más de un millón de entradas.

Guillaume y los chicos ¡a la mesa! (2) - Cinema ad hoc

Después de contemplar al cómico francés adueñándose de la función, uno lo entiende todo. Su radical protagonismo llega hasta el punto de que no únicamente se interpreta a sí mismo, sino también a su madre –la mímesis es sorprendente: reconozco que me quedé bastante loco al darme cuenta en los créditos–. Pero su novedad está en el mérito de tomar un punto de partida aparentemente trillado para subvertir sus claves, consiguiendo transmitir su discurso sobre la aceptación y el crecimiento personal con una pericia y honestidad totalmente inusuales. El humor autorreferencial resulta afortunado, los inevitables golpes emocionales están muy comedidos y el excesivo histrionismo de quien se coloca como casi único protagonista y responsable de lo que aparece en pantalla no molesta prácticamente en ningún momento, salvedad hecha de algunas episódicas interacciones con personajes secundarios.

A caballo entre la tradición de la comedia gala reciente más popular y el costumbrismo –entrañable y nostálgico, pero de fondo gris y a todas luces descarnado– de películas como C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005), Guillaume logra una instantánea complicidad que se traduce en una obra inspirada, encantadora, de ésas que tienden a conseguir que el espectador abandone la sala con una sonrisa obviando sus defectos. Porque también cuenta con algunos: la resolución, que revela las principales claves de la relación materna y la visión que tiene el protagonista de su identidad sexual, se presenta demasiado atropellada y quizá breve.

Guillaume y los chicos ¡a la mesa! (3) - Cinema ad hoc

Por lo demás, creo que lo más recomendable es conocer la menor información posible sobre el conflicto de Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! antes de disponerse a verla y dejarse sorprender. Funciona como un reloj en lo cómico, pero en ningún momento obvia su doloroso trasfondo de drama personal y revelador. Cuenta con todos los números para cautivar también al público español en su estreno… aunque si eres de La Línea de la Concepción y te indignas con facilidad quizá debas acercarte con algunos reparos, totalmente justificados. Mejor no desvelaré aquí el motivo.

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