Críticas: Enemy

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Enemy

El hombre duplicado.

Existe la teoría popular de que todos los seres humanos tienen un doble físico en algún lugar, normalmente remoto, del planeta. Adam ha encontrado el suyo en su misma ciudad, Anthony, un actor sorprendentemente similar a él no sólo en el rostro sino también en el cuerpo, la voz y hasta en las cicatrices. El estupor seguido del desasosiego, en una búsqueda constante de la propia identidad, se apoderan de una persona insegura de su propio yo. Ya no es único, ya no es reconocible y lo que es peor aún, posiblemente ese “otro yo” sea una versión mejorada de sí mismo ante la que se sienta intimidado hasta el punto de claudicar a sus deseos irracionales, sabedor del poder que ejerce sobre su doble inferior.

Trasladando esta premisa desde la fantasía o la ciencia ficción al thriller psicológico más convencional, se plantea la cuestión del desdoblamiento de personalidad, de la doble vida en la que las dos mismas caras de una misma persona no tienen conocimiento de la otra. Una, apocada, insegura y apática creando un alter ego con todas las facetas del carácter que le faltan a la primera, un ser totalmente seguro de sí mismo, sin miedo al riesgo y a las consecuencias de sus actos. ¿Dos personalidades antagónicas que luchan por la exclusividad de un mismo cuerpo o dos cuerpos iguales peleando por conservar su sitio intransferible en el mundo?

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La historia se repite

Decía Hegel que la historia se repite, y le corregía Marx añadiendo que “la primera vez es tragedia y la segunda farsa”. Adam Bell enseña a sus alumnos de historia que esta se compone de hechos, circunstancias o de los personajes que escriben la historia con sus acciones, que vuelven a tener en épocas posteriores réplicas cual terremotos que devastan los restos ya masacrados por el primer temblor.

Adam se repite a sí mismo, repite sus acciones día tras día. Adam es un hombre gris en una ciudad, de tan gris, casi opaca que se cierne sobre él y su monótona vida consistente en sus clases, el trayecto que cubre con su viejo coche entre la universidad y su minúsculo y oscuro apartamento, y su sexo diario y también rutinario con una novia más entregada que él a esa relación.

Anthony sin embargo atraviesa esa sombría capa cenicienta que cubre la misma ciudad subido en su moto de gran cilindrada y oculto tras un casco que no deja ver sus retorcidos pensamientos. A Anthony se le queda pequeña la ciudad, su enorme piso y su idílico matrimonio, e incluso el interpretar las vidas de otros en producciones cinematográficas de escaso valor artístico. Busca emociones más fuertes que la propia vida y encuentra en Adam el reto con el que dar rienda suelta a sus ansias de experimentar nuevas sensaciones.

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Adam y Anthony / Anthony y Adam. Idénticos físicamente, son la réplica que destroza mutuamente sus vidas insatisfechas, la tragedia y la farsa de la que hablaba Marx, pero la pregunta es ¿quién es la tragedia y quién la farsa de quien?

La tela de araña

Entretejiendo su tela, la araña juega con sus presas a las que da caza, trofeos de su misma especie con los que aparearse y utilizar a su antojo para después alimentarse de ellos. Adam y Anthony son víctimas de la misma Theraphosa Blondi, una ha caído antes en sus garras y la otra aparece para sustituirla cuando ya ha sido devorada por ella. Puede ser un homenaje al universo kafkiano de La metamorfosis, o una metáfora con la que el guión de Javier Gullón juega de la misma manera que juega la araña, a representar la guerra de sexos en la que el género femenino aparece desde el principio como aquel que aparenta estar al servicio del masculino, pero que en realidad lleva las riendas de un macabro pasatiempo en el que los muñecos son los hombres. Cobardes o egoístas, conformistas o mentirosos, bailan al son que propone sin revelar expresamente sus intenciones esa tarántula poderosa con formas femeninas.

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No, Enemy no son tres películas distintas, ni siquiera tres historias distintas en una misma película, pero sí es de esas cintas que dan lugar no a tres interpretaciones sino a infinidad de ellas. La adaptación que realiza Denis Villeneuve de la novela de José Saramago no es tan profunda en su superficie como aquélla, más centrada en plasmar los sentimientos del personaje de Adam (Tertuliano en la versión literaria). Pasa muy sutilmente por los miedos y las reflexiones interiores de los protagonistas, para dar prioridad a la atmósfera claustrofóbica y perturbadora que, a través de la maravillosa fotografía de Nicolas Bolduc, crea un Toronto asfixiante con el que el espectador puede sentir la angustia que padece cada uno de ellos.

Vuelve a contar además Villeneuve con Jake Gyllenhaal con quien rodara también el año pasado Prisioners, y quien en Enemy se desdobla magistralmente en el melancólico y apagado Adam y el enigmático Anthony, y a quien no le hace falta un maquillaje distinto para convencer y fascinar por partida doble.

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Personalidades opuestas en dos personas iguales físicamente es la base en la que Enemy sustenta una historia así de simple a primera vista, pero con un desarrollo que puede presumir de ser cualquier cosa menos de sencillo, con un desenlace que resulta tan rebuscado como perturbador, y que quizá sea menos entendible (o más bien aceptable) que el final de la novela. Aun siendo este el caso, el enigma que plantea Enemy y la ejecución que del mismo realiza Villeneuve, hacen de ella una película inquietante pero no por ello menos portentosa, que tiene su culminación en unos soberbios créditos finales en los que, con una estética y un tema de fondo de estilo años 70/80, la cámara hace un barrido por esa Toronto ya despojada de su telaraña gris.

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