Críticas: Dallas Buyers Club

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El nuevo trabajo de Jean-Marc Vallée intenta trazar un recorrido por los primeros y devastadores años del SIDA de la mano de un formidable Matthew McConaughey, el actor de moda.

De Dallas Buyers Club, la nueva película de Jean-Marc Vallée, podemos extraer de entrada dos cuestiones. Por una parte, la reflexión suscitada a raíz de los premios otorgados a las interpretaciones masculinas de la película que nos ocupa: la de aquellos films en los que el trabajo interpretativo acaba eclipsando el supuesto discurso para, finalmente, canibalizarlo. Y por otra parte, el interesante acercamiento con el que Vallée afronta una película cuya narración se instala en los pantanosos terrenos del “basado en una historia real”. Dos cuestiones que se contraponen y se contradicen, porque si la primera nace de las debilidades de la película, de aquello no premeditado, de lo que desea ser ocultado; la segunda parece resurgir de ese mismo reverso para reivindicarla. ¿Esquizofrénico? Desde luego. Casi tanto como la propia película.

La propuesta de Jean-Marc Vallée, comienza con un plano subjetivo. El de alguien mirando a través de la barrera del backstage de un espectáculo de rodeo tejano mientras folla furtivamente con dos mujeres. El que mira (y folla) es Ron Woodroof (Matthew McConaughey), un cadavérico redneck, auténtico hijo de puta y  antiguo profesional del rodeo, consumido por una existencia nihilista a base de droga dura, alcohol y los estragos del SIDA. Del Ron Woodroof real, del que se nutre Jean-Marc Vallée, queda quizás el afán de supervivencia que comparte con su reflejo en la ficción. La deformación y moldeamiento en la película del personaje real mediante la homofobia, la ausencia de su familia y la interactuación con roles construidos dentro de la ficción, que permiten contraponer y hacer evolucionar al personaje, no hacen sino revelar el carácter demiúrgico del relato.

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Desde sus mismos títulos de crédito, el rechazo de Vallée por advertir al espectador sobre el carácter supuestamente verídico de lo narrado, mediante rótulos, incide en la idea de liberarse de las ataduras de una realidad coartadora. Con ello puede permitirse la libertad de construir un personaje de calculado arco dramático, solidificado por la presencia de figuras secundarias contrapuestas, como la encarnada por un camaleónico Jared Leto. Incluso resulta dificultoso situarnos en un contexto temporal concreto. Solo un periódico y los comentarios sobre la muerte de Rock Hudson marcan la referencia temporal.

Como si el vengativo fantasma de Hudson regresara para castigar los insultos homofóbicos propinados por un personaje tan inicialmente antipático, el Woodroof interpretado por McConaughey se ve condenado al ostracismo cuando se revela su enfermedad. Pero como el real, su instinto es aferrarse a la vida de un modo casi suicida. Como si se tratase de un jinete de rodeo postergando el tiempo que le queda antes de caer desplomado al suelo. Una metáfora, la del rodeo como exaltación hortera de la Norteamérica Profunda, que el film traza de una manera descaradamente poco dada a la sutilidad.

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De hecho, Dallas Buyers Club no es una película especialmente sutil, en parte porque sus personajes tampoco lo son. Quieren sobrevivir, pero tampoco quieren renunciar al exceso. Es, de nuevo, la idea de la contradicción. La misma que se puede desprender de empezar un relato en primera persona, llevado al extremo, para, 20 minutos más tarde, destrozar el punto de vista. La misma contradicción que se extrae de alguien capaz de combinar soluciones de puesta en escena tan elegantes (y narrativas) como el reflejo deformado de un edificio burocrático en los cristales de un taxi, con otras tan burdas con el flashback por bandera. O la misma contradicción de alguien que se debate ante el tremendismo en mostrar los momentos más bajos de sus personajes y, en otras ocasiones, privar de presenciarlos mediante la elipsis.

Al final, la denuncia social, el discurso existencialista o la lucha del individuo contra el sistema acaba diluyéndose fruto de ese mismo tono esquizoide, a veces tan sórdido como conservador. Y ahí llegamos. Ante ese mar de indefinición, una tabla de salvación: el de un trabajo interpretativo, físico y magnético, de dos actores en estado de gracia, embutidos en la piel de dos auténticos borderlines a los que el abismo les ha devuelto la mirada.

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