London Calling: Only Lovers Left Alive

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Only lovers left alive

Jim Jarmusch viaja de Tánger a Detroit para hablar de amor y de vampiros.

Vampiros, humor, arty rock, Jim Jarmusch y Tilda Swinton. La mezcla parece tan inabarcable que en pleno centro de Londres se mantuvo el lleno absoluto donde se presentaba el cóctel pese a la lluvia, viento y huelga de transporte. Era el preludio del estreno oficial el Día de San Valentín de Only Lovers Left Alive, la última del director estadounidense. Tras una muy buena acogida a su paso por festivales, tiene elementos de sobra para convertirse en película de culto en breve.

Sus protagonistas parecen dos viejas leyendas de rock, pero en realidad son dos vampiros que llevan vivos varios siglos, nutriéndose de su amor recíproco y de la sangre que consiguen como adictos en busca de las peores drogas. Ésta es la fórmula del amor para un Jarmusch, de hecho, mucho más romántico en el sentido actual del término, pero también en el original. Con un escenario sólo nocturno, lo gótico invade la cinta, que sucede a caballo entre Tánger y Detroit, desde donde se echan de menos Adam (Tom Hiddleston) y Eve (Tilda Swinton).

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El encuentro entre ambos dará cuenta de una película que, pese a sus rarezas invasoras y extrañas criaturas, tiene un guion estructurado, aunque lo que suceda sea lo de menos. Lo que cuenta son las gafas de sol que se ponen a todas horas, los escenarios llenos de referencias culturales y culturetas, los instrumentos que Adam venera como si fueran oro o los momentos musicales, verdadero personaje. Pero si un elemento tiene más voz y voto que el propio guion, ése es el humor con el que Jarmusch ha buscado la complicidad de una audiencia que, al menos la que ya tiene ganada, parece corresponderle.

Sin embargo, analizando la película por partes, existe un problema de base que afecta a uno de los objetivos fundamentales, y ése es la empatía. Si el humor está bien conseguido en unas atmósferas espléndidas de personajes girando cual vinilos, conectar con la veracidad del relato es prácticamente imposible. Y aunque lo cierto es que ese guion era un poco lo de menos, al querer erguirse como importante en algún pasaje, se topa con cierto fracaso agridulce. Pese a las brillantes apariciones de John Hurt o a las espontáneas idas y venidas de Mia Wasikowska, éstas sólo subrayan las carencias de un guion-excusa que hace lo que puede.

La riqueza y el esplendor de esta película se encuentra en un contexto fascinante sobre vidas invisibles, la eternidad y su miedo a la muerte o la pluralidad de un mundo cada vez más cercano, que puede unir Marruecos y Estados Unidos en un abrir y cerrar de ojos. Aunque el amor como tema universal haya estado presente en la filmografía de Jarmusch, es interesante y encantador que todos estos elementos estén al servicio de su relato de amor, uno pleno y duradero, que soporta tiempos y espacios, del que mata pero no muere. La extraña pareja entre Swinton y Hiddleston se adapta a la perfección en un escenario que respira Jarmusch por los cuatro costados. Los dos actores afrontan con pasión sus personajes, infantiles y enamorados, cómodos con sendas diferencias mientras comparten helados de sangre.

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Igual o quizá aún más Jarmusch es la fantástica banda sonora que habita el paraíso moderno de Adam y Eve. Con la excepción de la voz de Yasmine Hamdan, el rock alternativo que empasta planos y secuencias corre a cargo de Sqürl, el grupo del director. Con él cerró en Londres la presentación de su doceava película, un concierto con el que pudo explicar matices sin tener que analizar la cinta ni dar las explicaciones de las que tan poco gusta. Y es que al cerrar los ojos y dejarse invadir por la suave percusión, por las cuerdas magnéticas, uno fácilmente se transporta a este mundo onírico, a este trago de sangre, a una magnífica composición escénica y a un humor elegante en el que Tilda Swinton fascina una vez más.

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