En otro país: La reconstrucción

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La reconstrucción

En otro país viaja hasta Argentina de la mano de Juan Taratuto.

El director de películas como No sos vos, soy yo y ¿Quién dice que es fácil?, Juan Taratuto, vuelve a contar en La reconstrucción con quien ya fuera protagonista en sus dos primeras películas, el actor Diego Peretti que cambia su registro habitual en el que se interpreta prácticamente a sí mismo en su faceta real de psicólogo, para interpretar a un personaje hermético e incapaz de mostrar emoción y empatía alguna por sus semejantes. Peretti es Eduardo, un trabajador de una petrolera solitario y antisocial que acude a la llamada de un antiguo amigo que vive con su familia en Ushuaia, y que necesita de su ayuda en el negocio familiar durante el tiempo que va a permanecer ingresado en el hospital para una intervención. El devenir del estado de salud de su amigo provoca que Eduardo decida quedarse un tiempo más junto a su familia como una forma de reconstruir el dolor que lleva dentro a través del propio dolor de esas personas hasta entonces completamente ajenas a él.

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Como una extensión del carácter hierático de Eduardo, los paisajes áridos de la Patagonia y el silencio forman un todo en la narración que Taratuto hace de su propio guión, escrito a cuatro manos con Peretti, en una primera parte de la película que, ya desde su escena inicial con Eduardo pasando impasible ante una petición de socorro de una automovilista, recrea ese mundo introvertido e impenetrable del protagonista sin necesidad de explicaciones o diálogos grandilocuentes que nos indiquen las razones que le han llevado a ser como es. Taratuto rueda el viaje y los primeros días de Eduardo en compañía de su amigo totalmente de manera contemplativa, desde una perspectiva ajena como ajena es la actitud de Eduardo hacia lo que le rodea, pero es a partir del giro emocional trágico que acontece a la mitad de la película, que ésta comienza a cambiar el tono a medida que la reconstrucción emocional a la que hace mención el título de la misma va tomando forma dentro de él.

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Es en esta segunda parte cuando el guión se va alejando poco a poco del silencio que rodea a Eduardo y la cámara ya no es indiferente a su personaje, sino que comienza a mostrarnos desde su prisma el mundo y a las personas que tiene alrededor como una forma de vivir con él las mismas emociones y cambios que experimenta. Sin embargo, y a pesar de no hacer ninguna concesión a la emotividad durante la mayor parte de la película, es en su tramo final cuando Taratuto se deja llevar por ella e introduce escenas claramente fuera de lugar en la intencionalidad del conjunto del film, y convierte todo ese minimalismo en una explosión emocional final que busca descaradamente agradar al espectador con ansias de final feliz y redentor.

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Es cierto que La reconstrucción no es una película fácil de digerir, es un drama silente, oscuro y contenido que poco tiene que ver con los anteriores trabajos del director e incluso con el cine que desde Argentina estamos acostumbrados a ver, tan excesivamente a veces verborreico y lleno de emoción. Pero la admirable osadía de Taratuto al crear una historia de estas características que se acerca al ritmo del cine centroeuropeo, cae por su propio peso cuando resuelve la película con un final que cae tanto en la previsibilidad como en la lágrima y hasta incluso en la moraleja sobre superación personal y autoayuda. Falta pues en La reconstrucción algo más de parquedad a la hora de su conclusión para poder hablar de una película más redonda, a pesar de la prodigiosa interpretación de Diego Peretti, quien es capaz de llegar a atrapar al espectador con un personaje desdeñable y antipático donde los haya y que le llevó a ganar el premio a mejor actor por esta película en los festivales de Valladolid y de La Habana en 2013.

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