Críticas: ¿Qué nos queda?

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Dramas familiares en Berlín.

Si el mes pasado teníamos en las pantallas a Meryl Streep tirándose de los pelos con toda su familia en Agosto, dos años después de que se presentara en el Festival de Berlín nos llega ahora una historia, si bien no tan intensa como aquélla, con una premisa argumental muy parecida. ¿Qué nos queda? tiene lugar también en un breve espacio de tiempo, concretamente un fin de semana, en el que la matriarca de una familia alemana convoca a sus dos hijos para informarles de que ha decidido dejar de tomar una medicación con la cual controla desde hace años sus tendencias depresivas, justo en el mismo momento en el que el padre decide abandonar la editorial en la que lleva trabajando toda la vida. Es el punto de partida para que durante esos dos días vayan saliendo a la luz rencores, miserias y secretos que cada uno de los miembros de la familia ha ido ocultando precisamente para no agravar la situación de la madre.

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Mientras el menor de los hijos vive y trabaja a pocas casas de distancia de sus padres, su hermano Marko es quien vuelve al hogar familiar de visita desde Berlín donde reside, y es a él a quien la película concede el protagonismo como una forma de enseñarnos desde una posición más alejada lo que ocurre en esta familia. Sin embargo cuesta entrar en ¿Qué nos queda? al principio. No consigue una definición clara de los personajes hasta bien entrada la película y durante el primer tercio vamos asistiendo a diálogos que no entendemos muy bien de qué nos están hablando o cuál es la historia que realmente nos quieren contar. Es evidente que el ritmo que el alemán Hans-Christian Schmid imprime a la película no es ni de lejos tan desquiciado como el que la obra de Tracy Letts demandaba en Agosto, y quizá es este el mayor defecto de ¿Qué nos queda? para que pueda dejar un poso como el que dejaba aquélla. A la falta de profundidad de los problemas que cada miembro de la familia pone sobre la mesa se le une esa superficialidad a la hora de definir las relaciones entre ellos dentro de un marco narrativo tan pausado, aspecto que podría perfectamente causar una pérdida de interés por lo que estamos viendo de no ser por el giro que hacia la mitad de la película da el guión y que el director utiliza para cambiar también la cadencia del mismo.

Es a partir de este punto cuando la película remonta en cuanto al atractivo que para el espectador supone seguir la historia pues no sólo existe un conflicto mayor que cualquiera de los que se nos han ido presentando hasta ese momento, sino que provoca que el resto por fin se desarrollen para que podamos entender el grado de deterioro que existe dentro de esa familia. Si bien la premisa del reencuentro familiar en el que poco a poco van surgiendo cosas que en todas las familias suponen un enfrentamiento puede ser un tema ampliamente revisitado por el cine, ¿Qué nos queda? no nos cuenta nada nuevo que no hayamos visto ya, pero si aporta una visión más sosegada, diríamos incluso que más civilizada, de lo que estamos acostumbrados a ver, y lo hace además por medio de una combinación de una elegante puesta en escena al servicio de un notable trabajo actoral en el que sin duda destacan muy por encima del resto Lars Eidinger y Corinna Harfouch, a quien vimos dar vida a la esposa de Goebbels en El hundimiento, y que interpretan respectivamente a Marko y a su madre.

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¿Qué nos queda? es una película que no busca llamar la atención. Es pausada, le cuesta arrancar y deja una sensación de tristeza agridulce al acabar que puede jugar en su contra, pero no se le pueden negar las virtudes de tratar algo tan difícil de plasmar como son las relaciones familiares de una manera sobria y estilizada para evitar caer en cualquier tipo de chabacanería o incluso de querer sensibilizar hasta el extremo al espectador. Otra de esas películas pequeñitas que, desgraciadamente, nos tememos que pasará en un suspiro por las carteleras españolas.

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