Críticas: Philomena

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Dos visiones a propósito de la última película de Stephen Frears, nominada al Oscar.

Por Elena Jorreto:

Martin Sixsmith quería escribir la historia rusa y se encontró la revolución en casa. Inspirado por una mujer valiente, el excorresponsal de la BBC abandonó sus recuerdos de Moscú por lo que ella le confesó de Irlanda. Aquel país que en los 50 vivía subyugado por la moral católica y, como España, daba en adopción bebés con nombres y apellidos. La de Philomena, aquella mujer, es lo que en el argot se conoce como una historia humana, de esas que espantan a los periodistas por su baja dosis de cinismo. Pero Martin sí publicó el relato de una mujer ensordecida por sus gritos mientras veía cómo su hijo se alejaba en el coche de sus nuevos padres. Ahora, el director de La reina Stephen Frears inmortaliza en el cine la vida de Philomena, la mujer que rezaba a Dios todos los días para que le devolviera a su hijo. Como en la historia real, su único compañero es un periodista que sólo se confiesa con su editora. Él rastrea la pista del desaparecido, que finalmente los lleva a EE.UU. A pesar del interesante tira y afloja que provoca entre ambos la publicación de la historia, Frears rebaja el dramatismo a base de sarcasmo irreverente. El de Philomena, horrorizada ante la posibilidad de encontrar a un hijo obeso… y el de Sixsmith, que ríe sus ocurrencias. Pero el verdadero dramatismo llega cuando la irlandesa descubre el pasado de su hijo y se da cuenta de que ella no habría podido proporcionarle semejante tren de vida. Un dilema que obliga a reflexionar sobre el verdadero papel de los padres. La responsable de este personaje atormentado y entero es Judi Dench, la dama inglesa que sintoniza a la perfección con un cínico pero bienintencionado Steve Coogan. Philomena es, en definitiva, una versión suavizada del drama que todavía sufren miles de mujeres.

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Por Sergio de Benito:

Cada vez más activo y ecléctico, Stephen Frears es uno de esos directores cuya irregularidad quizá haya restado brillo, de cara al gran público, a una categoría como cineasta fuera de toda duda desde su irrupción y confirmación en los lejanos 80. En los últimos años ha alternado pequeñas joyas, caso de Mrs. Henderson presenta, con otros títulos en los que únicamente los créditos servían para certificar su presencia tras la cámara. El material del que parte en Philomena cuenta con tantas opciones como riesgos: el devenir de la historia de dos personajes opuestos que se encuentran en un viaje en busca del hijo vendido en un convento durante los años 50 de la anciana interpretada por una espléndida Judi Dench no es precisamente el colmo de la sutileza, como tampoco lo es un tratamiento plagado de flashbacks aclaratorios e instantes potencialmente lacrimógenos subrayados por otra exquisita partitura de Alexandre Desplat.

Pero Frears logra aferrarse a tan solemne material para hacerlo suyo y construir una obra plenamente disfrutable, que versa sobre la necesidad de transmitir las raíces y también sobre las dobles morales y colisiones emocionales que se interponen en el camino de su búsqueda. Dos décadas después de su celebrada trilogía irlandesa de Barrytown, el director británico vuelve a retratar con soltura y precisión a todo un pueblo a través de la historia de un viaje en el que a través del desengaño se persigue una suerte de reafirmación moral, personal ante todo pero también colectiva. La adaptación del libro de Martin Sixsmith, el periodista interpretado por Steve Coogan, corre a cargo del propio actor británico; que además brinda una de las mejores composiciones de una carrera con no demasiados títulos acordes a su talento. Cuando la entrañable aunque punzante Philomena se topa con la fina ironía que reviste al personaje de Coogan, la fe en el hallazgo de la verdad se contrapone al escepticismo de quien debe aportar la luz necesaria. La receta del conflicto aparenta ser sencillísima y, sin embargo, termina desplegando una riqueza de matices que la hace parecer incluso novedosa. Sus evidentes defectos quedan así sepultados por sus numerosas virtudes, en una película que posee, convenientemente mezclados, todos los ingredientes para no defraudar a ninguna madre del planeta. Pueden detener aquí la abundante producción mundial de cine-fórmula-para-señoras: Stephen Frears se lo ha pasado.

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