Berlinale 2014: Día 7. Atavismos

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Sistemas perversos de dominación en Berlín.

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Parecía que la Sección Oficial transitaba perezosa entre producciones alemanas elegidas para cubrir la cuota y la inevitable muestra de cine heleno, velada por su incapaz montaje henchido de fundidos a negro e innecesarias repeticiones, cuando apareció la argentina La tercera orilla y todo se hizo luz… o quizás oscuridad porque oscuro es su retrato de la sociedad patriarcal argentina (y por extensión universal, no seamos fariseos) donde el hombre (en la acepción sexual del término) sufre la condena paleolítica de la perpetuación del estomagante rol de cazador/recolector y sí, puede que los símbolos hayan cambiado, que la lanza haya sido sustituida por la escopeta y el caballo por la furgoneta pero ambos siguen siendo en el fondo elementos de una virilidad opresora que condena cualquier rasgo de sentimientos como una muestra de debilidad imperdonable. En este maelstrom de lo rancio se ve atrapado el debutante (magnífico) Alain Devetac, prisionero de fuerzas opuestas: la presión social que le incita a mantener el modelo dominante y su propia rebeldía ante lo establecido. No sabemos si La tercera orilla conseguirá repetir el éxito de otras producciones sudamericanas en la Berlinale, véase Gloria por no mirar muy lejos, pero nos parecería cojonudo que lo hiciera, que quede claro.

No llores, vuela

Es extraño lo de Claudia Llosa, y es que Madeinusa o La teta asustada parecían películas estrechamente vinculadas a su identidad nacional, desbrozando una vía que conectaba el Perú tradicional con el moderno a través del arte, cine con raíces, en definitiva, por tirar del tópico. Así las cosas, la directora limeña decide cambiar los Andes por los helados páramos de Canadá en su nueva película, dejando atrás ese cine comprometido con la realidad peruana y sumando al proyecto nombres tan llamativos internacionalmente como Jennifer Connelly, Cillian Murphy o Melanie Laurent y el resultado es sorprendente, lo cual no es necesariamente bueno ni intrínsecamente malo. El caso es que No llores, vuela parece empeñada en sacar al espectador de la historia que cuenta, en contradecir su presumible riqueza fotográfica por una sucesión continua de primeros planos cerrados y claustrofóbicos, en despistar si su relato sobre curaciones y secretos familiares resulta una condena o una llamada a la esperanza. Aún así se combinan tramos de embelasamiento con otros absurdamente repetitivos e autoindulgentes, destellos de conexión con segundos en blanco donde nos parece claro que la sobrina del Premio Nobel no nos ha sabido vender a sus personajes. En el fondo seguramente es una película fallida aunque la historia del cine, cuidado, está llena de grandes películas fallidas. Pues eso, que vayan a verla y opinen.

We come as friends

Hubert Sauper construye un avión ultraligero para volar en él los 12.000 kilómetros que separan Francia de Sudán del sur y entrar en África como un explorador, como un Livingstone o un Cecil Rhodes de nuestros días y así poder decir como dijeron aquéllos: “Venimos como amigos”. No se trata de querer eludir el sistema de explotación colonialista que ha esquilmado al continente durante siglos sino admitir que todos formamos parte de dicho sistema de opresión, que todos somos sus beneficiarios. En este contexto la emancipación sudanesa se ve como el último jalón de un plan programado y el documental del autor de La pesadilla de Darwin no sólo resulta una mirada sobre la historia de la rapiña africana, sino la admisión cruda pero verídica que no existe un futuro viable, que la desgracia es sólo un eco que se retroalimenta, una vía de una sola dirección, el mañana es que no hay mañana. El pase termina y sólo hay silencio en la sala, me pregunto si todos piensan como yo en liberadores machetes brillando en la noche y en estacas coronadas de cabezas blancas, “Como amigos os recibimos” diría el cartel a sus pies.

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