Berlinale 2014: Día 4. Por un puñado de planos (fijos)

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Kreuzweg

Algunos planos buenos.

No parece necesario que sean demasiados y hoy en Berlín lo hemos vuelto a comprobar, basta con un puñado de planos, con unos pocos buenos planos para conformar una historia y es que hemos tenido una mañana de minimalismo visual, una mañana sin apenas travellings, paneos o nada que se le asemeje y el resultado no ha sido tan malo como algunos de ustedes pudiera pensar, ahora mismo se lo contamos.

Catorce pasos, catorce planos fijos, catorce estaciones paganas, algo así como el reverso oscuro del Via crucis cristiano. Kreuzweg parece haber nacido con afán de escarbar en la controversia de la persistencia del catolicismo ultramontano en nuestra sociedad, ése que considera el Concilio Vaticano II como una rendición indefendible ante las hordas del laicismo agresor (?). No se nombra en la película al Opus Dei o a los Legionarios de Cristo pero su presencia resulta tan evidente como el estatismo que su director, Dietrich Brüggemann, ha elegido como opción narrativa… y muy acertada por cierto ¿qué mejor que el inmovilismo de su cámara (sólo hay dos travellings en la película, ambos por exigencias narrativas) simbolizando y plasmando en imágenes la incapacidad de ese catolicismo para adaptarse al cambio de los tiempos?. Lamentablemente en otros aspectos no nos parece que el film sea tan acertado o, mejor dicho, aunque no existan fallos evidentes sí que carece de profundidad y originalidad en su discurso, demasiado superficial y sujeto a los tópicos que todos ustedes pueden imaginar en los temas más llamativos: desde el tratamiento (?) de la sexualidad hasta el sacrificio como meta a alcanzar. Nada que no puedan leer en el ABC cada semana sin necesidad de pasar por el grueso y evidente filtro de la ironía. Ahí está realmente la realidad en vena… la suya, claro, no la nuestra.

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No son muchos más de esos catorce los planos los que utiliza el cineasta malayo-taiwanés Tsai Ming Liang en su mediometraje Journey to the west que presentaba dentro del siempre variado ámbito de la Sección Panorama. Denis Lavant y un monje budista en un movimiento continuo, en un caminar sobre planos fijos (o casi), con un ritmo que alguien podría definir como inexistente. Y de eso trata la cosa, de comparar ritmos, de la creencia occidental (de ahí ese viaje al oeste de su título) de que el único mundo que merece ser tenido en cuenta es el que le (nos) caracteriza. Para alguien que pase sin detenerse no existe movimiento sólo una pausa eterna, algo así como un gesto congelado en el tiempo y es que todo es cuestión de perspectiva. Tsai Ming Liang habla sin necesidad de hacerlo de forma explícita sobre cómo miramos las cosas, de nuestra intolerante visión del mundo. Se podría pensar que esta obsesión por la rapidez es una cuestión ajena al mundo de la cultura, algo propio de yuppies y diletantes, pero revisen cuantas veces se utiliza lo de “carece de ritmo” para definir una película. Seguro que con Journey to the west también lo harían y, por supuesto, no se darían cuenta que al hacerlo se convierten en sus protagonistas, en observadores observados, en inquilinos de ese occidente apresurado y altanero.

Historia del miedo

Podríamos aventurar varias causas sobre los motivos por los que la película argentina Historia del miedo ha tenido el privilegio (no dudoso en esta ocasión) de ser el film de la Sección Oficial que más abandonos ha provocado desde el comienzo de ésta. Podemos, de hecho, echarle la culpa a esa estructura que asemeja a los diversos afluentes de un único río que hasta que no se integran en éste no apreciamos en su totalidad, o quizás a ese recurrente problema de las expectativas, es decir, que al escuchar la palabra miedo se tuviera la impresión de que se iba a asistir a una película de género y no a una anatomía de dicho sentimiento, y es que más que una recreación histórica sobre la transición temporal del terror, lo que propone el director argentino Benjamin Naishtat es una reflexión sobre las causas que lo forman y sobre las diferentes maneras en las que lo expresamos. De fondo Buñuel y Lanthimos, el trasfondo social como elemento diferenciador del pánico y una tensión que por su negativa a aflorar nos acompaña durante todo el metraje. Las deserciones, en este caso, son siempre bienvenidas.

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