Berlinale 2014: Día 1. Muchas vidas por vivir

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The grand Budapest hotel

Berlín, primeras impresiones.

No es la capital alemana ciudad que se pueda beber de un solo trago, amplia, moderna y amable en cierto sentido, tanto que casi hace fácil que uno pueda sentirse cerca de casa al pasear por sus calles, hurgar con la mirada en sus garitos o, mucho mejor, decidirse a cruzar el pórtico de cualquiera de ellos y mezclarse con la gente, definitivamente Berlín está llena de vida y sobre esto, sobre la vida y las muchas formas de entenderla o acercarse a ella ha girado esta primera jornada de Berlinale.

Vale, decimos que vamos a hablar de la vida y el primer contraste nada más empezar y es que la película que abría la jornada va sobre un museo y claro, podría pensarse que la vida allí no es más que un eco revenido de rostros, gestos y sentimientos de otra época, un arca del tiempo donde no existe la vida propiamente dicha sino un mero reflejo de ésta. Pues bien, nada más lejos de la realidad, Das große Museum, documental del director austriaco Johannes Holzhausen, busca algo más que el recreo visual que puede suponer contemplar los objetos atesorados en el Kunsthistorisches Museum de Viena, lo que intenta (y consigue) es incidir sobre los vínculos que se crean entre las reliquias y las personas encargadas de su cuidado. Con la excusa de las labores de mantenimiento del museo, repasamos a todo el equipo que participa en ellas y el acercamiento es humano, irónico y vibrante, lleno de humor en muchas ocasiones, cercano a aquél que proponía José Luis Guerín en En construcción. Al final los objetos inanimados cobran nuevos hálitos vitales que residen únicamente en el poder de nuestra forma de observarlos, el que mira vive y la vida así permanece mientras haya quien siga mirando.

Der Grosse Museum

Llegados a este punto toca hablar de Wes Anderson lo que siempre es un problema si seguimos con el leit motiv vital: ¿existen sentimientos reales tras el autoconsciente artificio que muestra en sus films o esta estilización extrema lo aleja de una reflexión sincera sobre las cuitas propiamente humanas?. Bueno, la respuesta no me parece sencilla, es un sí y no… o un no y un sí, mejor. Me explico, no necesariamente, pero sí en algunas ocasiones y éste es el caso de The grand Budapest hotel, al menos para este cronista: uno no puede dejar de disfrutar con el refinamiento de su trama autoreferencial, con la solemne elegancia de sus travellings o con sus planos frontales que retrotraen a esta subrayada idea de la teatralidad inherente a su cine. Y créanme que todo es divertido y definitivamente encantador, pero personalmente no encuentro la magia que surge cuando el sentimiento interviene en la ecuación, aquella nostalgia tan ajena y tan propia que calaba al escuchar Le temps de l’amour en Moonrise kingdom y que aquí, siendo éste un objeto notable y Anderson un fenomenal narrador, echamos a faltar

Los Ángeles

Y si pensáramos en las antípodas de la forma de concebir el cine por parte de Wes Anderson y le diéramos forma fílmica seguramente el resultado sería algo parecido a Los ÁngelesFrente a la recreación autoconsciente, el peso de la realidad cotidiana, contra los travellings bellos y armoniosos la ruptura y la brusquedad de la cámara en mano, una cámara casi cosida a los personajes que retrata, sudando y siendo golpeada al igual que lo son ellos y, en definitiva, la oposición del vodevil folletinesco perfumado con l’air de panache y del drama diario de la emigración. Este drama no se presenta sólo desde unos fundamentos propiamente económicos, sino que resalta el uso de Estados Unidos en general y de Los Ángeles en particular como tapiz de imágenes y sueños no correlativos con una realidad palpable físicamente, así la ciudad del cine por antonomasia no es sólo emisora sino también receptora de imágenes, vampira y otorgadora de vida a un tiempo Al final sólo depende de que lado de la pantalla se encuentre uno, qué vida (o muerte) le haya tocado en este injusto reparto de cartas.

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