Críticas: La Venus de las pieles

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Venus de las pieles

“Y Dios lo castigó poniéndolo en manos de una mujer…” (Libro de Judit, 16, Cap. VII)

Roman Polanski, el hombre que un día conmovió al mundo con su recreación del gueto de Varsovia, lleva años encerrado. Su primera celda cinematográfica fue el salón de un apartamento, testigo de una batalla infantil entre dos matrimonios con hijos. Tres años después de aquel Carnage -adaptado de la obra de Yasmina Reza-, el cineasta franco-polaco se enclaustra en un desvencijado teatro para meditar de nuevo sobre las relaciones afectivas. El aliciente esta vez es La Venus de las pieles, una diosa que pisa con tacones el fango del masoquismo.

Inspirado en el quinto tomo de El legado de Caín -obra del austriaco Leopold von Sacher-Masoch publicada en 1890- y basado en la adaptación teatral de David Ives, el film de Polanski habla del amor obsesivo. Ese amor que anhela Severin von Kusiemski, protagonista autobiográfico de Sacher-Masoch, que desea ser esclavo de su sirvienta Wanda, con la que sueña desnuda y envuelta en pieles.

La Venus de las pieles 2

La Wanda de Polanski se llama Emmanuelle Seigner y es su esposa fuera de la pantalla. Dentro es mucho más: La chica que llega tarde a la audición teatral para interpretar a la protagonista de La Venus de las pieles y piensa que el título de la obra viene de una canción de Lou Reed. Y también la que apenas ha ojeado el guión en el tren pero lo recuerda mejor que Thomas… Representado por Mathieu Amalric, el adaptador de la obra evoluciona de la indignación a la mansedumbre según ella le va dominando: “Si no puedo ser tu marido quiero ser tu esclavo”, le dice desesperado.

La única barrera que se interpone entre realidad y ficción es el grado de explicitud. Mientras la novela sugiere un masoquismo explícito, la actriz somete a Thomas con dialéctica e insinuación. Le ordena dónde colocarse, cómo entonar su texto… e incluso le reprocha el machismo oculto en el texto tras la autoridad de Wanda.

La intensidad de la audición (ya convertida en auténtica premiere), crece al ritmo de las ambigüedades que surgen entre los protagonistas del film y los personajes que interpretan. Sin ir más lejos, Thomas es tan sumiso a las llamadas de su novia como Severin a las órdenes de Wanda, y viceversa.

La Venus de las pieles 3

El magnífico trabajo de Seigner y Amalric saca un jugo delicioso de estos malentendidos, haciéndonos olvidar que no se han movido del escenario en 96 minutos. Ella, voluptuosa, le domina tan bien como a su propio cuerpo, que se desliza sobre dos botas de cuero. Él, estupefacto ante el baile de su Venus, está condenado a ser el dócil gatito del libro. El resultado de semejante despliegue de talento en tan poco espacio nos regala esta excelente comedia negra.

La lectura machista que Wanda hace de la obra la lleva a preguntarle a Thomas si su texto se inspira en su propia vida. Él responde con un rotundo “no”. Exactamente la misma respuesta de Polanski en el festival de Cannes. Por otra parte, el sospechoso parecido de Amalric con el director (que éste utiliza para coquetear), da pie a la imaginación. En aquella ocasión el cineasta también declaró que “intentar equiparar ambos géneros es una clara idiotez”. En efecto, son tan distintos como las moralejas que proponen sus personajes: Para Severin está clara: “El amor es sufrir”. La de Wanda es más prosaica: “No te fíes de una diosa…”.

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