Críticas: La ladrona de libros

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_MG_6660April 03, 2013.cr2

La novela de Markus Zusak llega a la gran pantalla.

Siempre hay que juzgar una obra de cualquiera de las artes como una entidad en sí misma, al margen de si es una actualización o una nueva versión de otra obra anterior. A veces es difícil cuando la referencia de la que se parte es de por sí una obra maestra o simplemente cuando se trata de una creación que por un motivo u otro deja un poso considerable en quien la disfruta, y este es el caso de la novela en la que está basada la película que nos ocupa, La ladrona de libros. Sin pararnos a analizar la novela o a contrastar las (grandes) diferencias que hay entre una y otra, no sólo porque en casos como este las comparaciones son extremadamente odiosas sino por el hecho anteriormente expresado de concebir la película como una obra independiente, en muchas ocasiones, más de las deseadas, se hace necesario puntualizar esto último para no llevarnos a engaños o decepciones al no ver reflejadas en la pantalla las emociones que una novela nos ha podido provocar al leerla.

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Michael Petroni, responsable de adaptaciones literarias al cine tan cuestionables como las de La reina de los condenados o Las crónicas de Narnia: la travesía del viajero del alba, toma la novela homónima de Markus Zusak y la transforma en un guión cinematográfico con el mismo punto de partida y el mismo desarrollo narrativo pero desechando toda la ironía, la oscuridad y la poesía encerrada en el libro a favor de un sentimentalismo simple y tosco que se va acrecentando a medida que se sucede el metraje. La ladrona de libros está narrada en primera persona por un ente que enseguida revela su esencia, indicándonos directamente que se trata de la muerte. Ésta se fija en una niña que viaja con su madre y su hermano para ser acogida por una familia alemana junto a él. Durante el trayecto, el alma de su hermano es llevada por la muerte delante de sus ojos y la niña, Leisel, tiene que ser acogida en solitario por una pareja mayor de un pueblecito de Baviera. Su vida a partir de entonces discurrirá entre unos padres adoptivos que le demuestran su amor de manera opuesta, un niño admirador de Jesse Owens y un refugiado judío con quienes descubrirá la amistad más profunda, y el desconcierto que en una mente infantil supone vivir en pleno ascenso al poder del régimen nacional-socialista de Hitler y el estallido de la Segunda Guerra Mundial con la muerte siempre acechando como una sombra.

Sin resultar una película aburrida ni contar con actuaciones a objetar, pues sin duda el tener nombres como los de Geoffrey Rush y Emily Watson en el reparto son sinónimo de calidad interpretativa, La ladrona de libros resulta desde el principio demasiado ornamentada y más teniendo en cuenta el periodo en el que está ambientada. Tiene una fotografía preciosa, sí, pero se hace demasiado evidente que estamos ante unos decorados artificiales que nos sacan de cualquier atisbo de realismo a la hora de mostrar horrores cometidos por los nazis (la noche de los cristales rotos, la quema de libros…), y que nos hacen llegar a la conclusión de que el guión de Petroni y la dirección de Brian Percival se han ajustado para llegar a un público quizá demasiado infantil o acostumbrado a las historias contadas bajo un prisma, diríamos “Disneyniano”. Y he ahí el mayor error de la película, el nacer con la pretensión de acercarse a un público infantil y/o eminentemente tendente a la sensiblería por el simple hecho de tratarse de la historia de una niña.

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El combinado que resulta de mezclar sentimentalismo “barato” con situaciones pueriles en ocasiones vergonzosas en los momentos más trágicos, y el mostrar casi de pasada lo terrible de los tiempos en los que se ambienta la película, pasando por la siempre ridícula decisión de contratar actores angloparlantes para actuar en inglés con un acento que no es el suyo, convierten a La ladrona de libros en una película demasiado hueca tanto si no se ha leído el libro como, muchísimo más, si se ha leído anteriormente. No busca la emoción sino que la suelta de manera insolente para buscar la lágrima fácil en casi cualquiera de las escenas de la película, llegando un punto en el que se considera lógico soltar incluso una risa nerviosa, no pretendida, al escuchar ciertos diálogos o al ver un product placement tan descarado como el que se muestra en la escena final. Es sin duda una película fallida desde su propia concepción como cine familiar con un toque melodramático, en lugar de concebirlo como una tragedia poética como la que es.

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