Críticas: El lobo de Wall Street

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«El dinero no sólo te compra una vida mejor (mejor comida, coches, vaginas…) sino que también te hace una mejor persona».

Podríamos afrontar la última cinta de Martin Scorsese desde la incuestionable claridad de su título, partiendo del recuerdo dentro de esa ya enésima fructífera colaboración del actor californiano y el director neoyorquino, sumergiéndonos en la lluvia de citas, recital y discurso aleccionador de ese gurú de Wall Street que interpreta Matthew McConaughey, limitarnos al juego de cifras rindiendo cuentas a su metraje que supera incluso a Casino o al fanatismo al emerger entre tanto desnudo frontal de cachorras lobunas (pero sin vello de cejas para abajo) ‘nuestra’ provecta Patsy (Joanna Lumley) de Absolutamente fabulosas. Lo suyo sería, como bien indicó Tina Fey en la ceremonia de los Globos de Oro donde se reconoció la interpretación de Leonardo DiCaprio, darle una calurosa bienvenida… como la vagina de una supermodelo. Poco importa la excusa para hablar de dinero cuando la pantalla se hace transparente y la obscenidad toma el control desde su propia perspectiva. A partir de ese punto de arranque sin retorno somos el trabajador del McDonalds como reverso carnal de los ‘curris’ dentro del cosmos de Fraggle Rock, parte del (d)olor del sufrido agente federal que tendrá que volver con sus bolsas escrotales sudadas en un deprimente metro dentro de un traje re(-re-y-re-)utilizado días atrás o de aquel espectador que se ha unido a la causa (y marketing) a cambio del precio de una entrada en ese mundo en el que todo está en venta y del que formamos parte. Quieras o no, eres parte del público. Únete a la manada o espera ser devorado por los lobos, parecen decirnos… y, entre la oscuridad, aguardamos a que desde ese púlpito donde surgen imágenes proyectadas el narrador tome el control y se revele y revuelva sobre su propia obscenidad para que comience el recital de frases prodigiosas del tipo «A diario consumo suficiente droga como para sedar a Manhattan, Long Island y Queens… por un mes». Ha llegado el lobo y tiene hambre.

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Tenemos delante a un personaje real que nos vende su propia versión de los hechos, una intersección más socarrona de Eric Packer y Patrick Bateman bajo el prisma de un libreto en el que Terence Winter se encarga de evidenciar la articulación que habita en toda recreación de una historia. Seguiremos a ese lobo llamado Jordan Belfort, como a Francis Underwood en House of Cards, convirtiéndonos en cómplices de insaciable apetito de cocaína, sexo y dinero, la santísima trinidad y carne de Wall Street. El personaje de Matthew McConaughey será la glorificada inspiración en la vida de Belfort, que sobrevivió a la crisis bursátil del 87 para reinventarse y reclutar a vendedores de marihuana e ir construyendo su propio imperio entre pensamientos, voces en off y siendo el dinero tratado como la fe de una nueva religión. Desde su púlpito Belfort es el Mesías y sus vicepresidentes aquellos apóstoles que llevarán su palabra a todo aquel que quiera unirse a su manantial de inagotable riqueza. Scorsese se empapa de la banalidad que rodea la obra y milagros de su antihéroe, se contamina con la misma droga y alcohol que consume, se sumerge en la lascivia de la avaricia y se impregna del olor a sexo. El exceso se convierte en película y la película en exceso, nos secuestran en largas secuencias que se alejan y se aproximan a la comedia de situación y la screwball y nos atan a ese carrusel de hedonismo en la comedia más políticamente incorrecta, por coherencia y honestidad, que se ha engendrado en el Siglo XXI.

No todo es un caudal y recital de impudicia porque, al igual que sucedía en la ficción (Glengarry Glen Ross, Wall Street) o la realidad (Enron, los tipos que estafaron a América, Inside Job), habita un discurso crítico sobre esos tiburones sin escrúpulos que marcaron y gangrenaron el sistema. El lobo de Wall Street arranca precisamente con la mayor caída de la bolsa desde el 29 en el ‘Lunes Negro’, marcando la transformación y nacimiento de ese lobo que va completando su peculiar manada con los animales más simples que encuentra en su camino demostrando que el sueño americano está al alcance de cualquiera (que no tenga moral). Podríamos enlazar y repasar el diálogo que establecen los mecanismos de la codicia (y estupidez) del éxito con la reciente Dolor y Dinero de Michael Bay, donde la ausencia de grises entre el éxito o el fracaso marcaba la razón y la idiotez, donde el fitness era religión. El contexto aquí es más evidente: Scorsese delimita el dinero y el compulsivo e inabarcable apetito de riqueza como una adicción mayor que la droga (y el exceso) que lo rodea. Si la estupidez dinamitaba las ambiciones de Daniel Lugo, en El lobo de Wall Street le sirve a Belfort para formar una iglesia y legión de sectarios en ese universo de mentiras donde las acciones son polvo de hadas, un útil ‘fugazi’ con el que seducir a cualquier ser humano que desea hacerse rico. No hay moralidad en un mundo de tiburones, simplemente presas y supervivientes. Y como en todo culto, habita el pecado. El de Belfort fue su coherencia sobre esa religión (fugazi y fraude) que él mismo predicaba y no inclinarse y redimirse a ese sistema permisivo con el engaño al precio de una millonaria comisión.

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La agudeza del guión se sirve de la falta de escrúpulos de ese depravado Robin Hood capitalista, rebelde y tremendista, pero Scorsese entabla un diálogo con Uno de los nuestros como si la propia cinta fuera una revisión estructural ambientada en Wall Street con otro tipo de tiburones que no necesitan una pistola sino cocaína para marcar más rápido los números de teléfono como afiladas balas. Llegamos a la domesticación del lobo por el sistema, al criminal que trata de redimirse y dejar de ejercer de ese rol de villano de una de James Bond que se ha labrado. La comedia se torna en drama (que no tragedia) y el humor y la mueca se deforman lentamente. El sexo (y su carnalidad) ya no es erótico ni divertido, es incómodo y doloroso. Sabemos que el chiste no tendrá gracia, que el director de Toro salvaje soltará una terrible bofetada en su arrogante protagonista y sobre la propia audiencia, dando fin a una farsa que, en realidad, fue tan real como excesiva y espeluznante. Al final la transparencia se impone en el discurso, como si el propio protagonista nos hubiera vendido su historia engendrada desde la codicia, una brutal y amoral simetría y una tal vez invisible redención. Una historia y cuento reproducido desde ese bolígrafo que ahora mismo nos cede para que se lo tratemos de vender como una parte de ese insignificante mundo en el que todo está en venta y en el que nuestra mundanal vida es una simple y anodina cerveza sin alcohol.

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