Especial Críticas: La gran belleza

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Nos rendimos a la opus magna de Paolo Sorrentino.

Introducción por Martín Cuesta

Cierto es que ya os hablamos del film de Sorrentino cuando tuvimos ocasión de deleitarnos con él en la inolvidable cita del Festival de Cannes. Desde entonces, pese a irse de la Costa Azul sin premio, La gran belleza no sólo ha seguido creciendo en nuestro recuerdo, como la eterna lozanía de los amores fallidos, sino que ha conquistado nuevos espacios y originado sorprendentes lecturas en aquéllos que se han asomado a su festivo balcón sobre el Coliseo, símbolo de esa Roma cadutta y, sin embargo, eterna, auténtica protagonista que no mero decorado de esa crónica social, de ese retrato desvaído por la cercanía de la muerte que es La gran belleza. Es por esta razón que queremos compartir con vosotros dos nuevos textos sobre la película, aprovechando la cercanía de su estreno, sin duda una cita ineludible para todos los cinéfilos inquietos. Esperamos que los disfrutéis.

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La distracción de Jep Gambardella por Snuff

Generalmente no encuentro ninguna dificultad a la hora de sentarme a escribir críticas. No me acompaña la misma seguridad en esta crítica a La gran belleza, de Paolo Sorrentino. Nombre que a partir de ahora nos acompañará, aunque ya sonaba por aquello de Un lugar donde quedarse o Il Divo. Con esta película ha quedado sistemáticamente en el saco de “directores a tener en cuenta”. Aunque no haga nada más en la vida podremos seguir hablando de él sin sonrojarnos: nos encontramos ante una obra para el recuerdo.

Tenía ciertos nervios antes de ver la película: temía la decepción. Decepción por una de esas películas multipremiadas que acaban dejándote frío, de las que eres capaz de disfrutar, pero como a través de un cristal, donde nada puede tocarte de verdad.

Es más difícil escribir una crítica cuando la película te ha parecido buena. Por ejemplo, ahora voy a hablar de la dirección de Sorrentino, al que detecté rápidamente como director “joven” (43 años). Y me de la impresión de que mis palabras no pueden ser vicarias de lo que yo he visto. Entendedme, tampoco creo haberme enfrentado a una gran belleza inefable, tampoco creo que el stendhalazo haya sido tan fuerte como para dejarme mudo; no soy amigo de ponerse cursi hablando de cine. Pero hablo de sus inteligentes cambios de plano, de sus travelling encadenados como quien pasea la mirada distraídamente y siento que no le hago justicia.

Hablaré un poco de la sinopsis, donde hay menos lugar para el error. Jep Gambardella (Toni Servillo) es un encantador decadente cada vez más viejo que está atrapado en una ciudad encantadora y decadente cada vez más vieja: Roma. Vive de la estela de éxito que deja una novela escrita en su juventud. Su existencia, en estos momentos, es completamente inútil; día tras día se arrastra de fiesta en fiesta donde es recibido con amor por sus semejantes, fascinados por su facilidad de palabra y actitud de feliz desencanto. Jep ambiciona volver a escribir, comienza a darse cuenta de que lleva más de 40 años distrayéndose. Sorrentino logra que su dirección sea la mirada de su protagonista: una distraída y sencilla en apariencia observación en busca de la belleza. Y en Roma, Jep la encuentra por todas partes y a la vez en ningún sitio porque ya la encontró una vez, en su juventud, junto a un faro.

Jep no acaba de encontrar su lugar a pesar de estar completamente acomodado: se deja distraer pero no se distrae… o, al menos, no tanto como el resto. Pasea incansable por Roma, la Roma de piedras viejas y del omnipresente neón de Martini. Al igual que él, nosotros observamos atentos y vamos de un lugar a otro, sin demasiadas esperanzas de llegar a ninguna parte. ¿Se distrae lo mismo la monja que duerme en el suelo y sólo come raíces que la mujer que vive de inexistentes glorias pasadas y presentes? ¿Nos estamos distrayendo todos con nuestros personajes? ¿Qué tienes que decir tú, Jep, viviendo a tus 65 años de la obra de un joven que vio la belleza cuando ya anochecía?.

Interpretaciones, dirección y un guión que describe una situación vital (algo sumamente complejo de mantener en una película de casi dos horas y media) más que una historia. Esos son los principales elementos a destacar de la obra, pero lo mismo podríamos ponernos a ensalzar la música o la fotografía, lo mismo que el vestuario…

Esta crítica también es distracción. Id a ver la película, ved la vida que hay bajo todo el bla bla bla.

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Roma: Pasado, presente… por Álex Pérez Lascort

Cuando la ironía se vuelve insoportable deviene sarcasmo. Cuando el sarcasmo no da para más de dos fiestas se convierte en desesperación. Cuando desesperados miramos atrás buscando consuelo, un recuerdo de una vida mejor, reflexionamos, pensamos y vemos que todo es un truco, un simple truco.

La historia de Italia es una sinfonía en re. De REsurgimiento ante la decadencia, de REsignación ante un presente que se parece demasiado al pasado, de REbeldía ante esta situación, de REcaida ante la imposibilidad de cambiar nada, De REincidencia en un bucle que no acaba.

Y resuena la música sacra, la espiritualidad de una columna clásica, la tranquilidad de una fuente vaticana, de una noche sin el bullicio de los miles de turistas que se mezcla, se funde sin solución de continuidad con el ruido insoportable de la gente guapa bailando la música más banal y superficial posible. Rafaella nos alecciona sobre el sexo en el sur mientras ritmos latinos reducen a la sensualidad mediterránea de la mujer al nivel de jarrón sexual. El enjambre no presta atención, solo se mueve en coreografías cocainómanas. Y ríen, ríen.

¿Dónde está Dios, si es que existe? ¿Y el otro lado de la revolución, si es que existe? Los artistas se convierten en religión, la religión en espectáculo y todos juntos en una pose, en un simulacro de lo que debieran ser. Roma ya no es Roma, es solo un decorado, más o menos conseguido, donde desfilan por este orden ínfulas, decepciones y máscaras. Todos conscientes y al mismo tiempo ignorantes de su condición. Doblepensadores orwellianos demasiado ocupados en aburrirse ante la nada.

De los polvos neronianos a los lodos made in Berlusconi. Todo es un giro lampedusiano: todo cambia para que no cambie nada. Y Jep sigue mirando atrás, a la luna, al mar, a ese aire de verano nocturno. Una promesa donde el sexo era ideal, de postal y el amor sería eterno, para siempre. La búsqueda de La grande bellezza que acaba prostituida en su versión más esperpéntica. Como si todo el amor, la esperanza, el idealismo, el pensamiento profundo pudiera reducirse a una balada de Eros Ramazzotti.

Es la cháchara del pasado y del presente que juntan para silenciar la certeza dolorosa que no hay más futuro que el que tu tratamiento de bótox te pueda dar. Y Jep sonríe por primera vez realmente porque al final todo, absolutamente todo, no es más que un truco, un simple truco para desaparecer.

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