Críticas: En la flor de la vida

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En la flor de la vida

Nick Quinn dirige a Pierre Arditi.

Si algo ha aterrado al ser humano desde el inicio de los tiempos es la muerte. Pero incluso el miedo evoluciona con los años, y hoy, más que perecer, lo que nos preocupa es despegarnos siquiera un ápice de la juventud. En una sociedad que ensalza la belleza y condena la decrepitud, la frescura es el estado idílico del aspirante a triunfador. Un paraíso que, tras la gloria, solo concede despedidas indolentes.

A sus 63 años, Gaspar Dassonville (Pierre Arditi) es uno de esos gladiadores de la belleza eterna que lucha cada día contra el paso del tiempo. Su aspecto y sus amantes lo mantienen atado a una edad que ya no le pertenece, pero sus canas y el precipicio de sus datos de audiencia le delantan. Su programa de televisión cae en picado mientras la cadena le busca sustituto joven.

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A diferencia de su hijo, Hubert Dassonville (Jean-Pierre Marielle) se ha rendido. Ni siquiera cree que merezca la pena adaptar el piso de Gaspar a su silla de ruedas. Para qué, ¿para morirse antes de que terminen las obras? A nadie le gustan los viejos, dice, y por eso se niega a que su hijo presencie su final.

Con lo que no cuentan ninguno de los dos es con que no todo el mundo desprecia a los viejos como la fruta podrida en un supermercado. A Zana Kotnic no sólo le gustan, sino que sus cuidados del anciano rejuvenecen las sonrisas de padre e hijo. La joven eslovena masajea el pelo de Hubert para darle energía y enseña a Gaspar que el melón más maduro es el que resuena contra el pecho.

La sensibilidad de Zana no sólo le vale un trabajo -tras la ristra de candidatas rechazadas por Hubert- sino el equilibrio emocional entre un padre y un hijo distanciados por el tiempo. Un equilibrio posible gracias a que ambos asumen sus edades y su papel el mundo. Sólo así pueden, podemos, disfrutar el aroma de la flor de la vida.

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A pesar, del tono dramático que conlleva una historia sobre el ocaso existencial, el francés Nick Quinn imprime un sarcasmo delicioso a su primer largometraje. Un humor muy presente en los diálogos de Jean-Pierre Marielle, todo un gentleman galo que con 81 años ha grabado su voz cavernosa en más de cien películas como Todas las mañanas del mundo. Su ironía hace que se presente como Elvis Presley ante la nueva cuidadora, que tampoco se queda corta cuando le hidrata la cara con el vapor de la plancha.

Viendo la relación entrañable entre los dos, no podemos evitar acordarnos de Intocable, la fantástica comedia dramática protagonizada por otro caballero del cine francés, François Cluzet, junto a Omar Sy. En la flor de la vida comparte el humor afilado y la ternura del film de Olivier Nakache y Eric Toledano. También la invalidez de un protagonista y la procedencia humilde de su cuidadora, interpretada por Julie Ferrier. La única diferencia es que aquí los rescatados del abismo son dos en vez de uno.

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