FICX 2013: Día 3

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La distancia más larga

Bizcocho venezolano, magdalenas indonesias.

Siempre tenemos por costumbre comentar otras cosas, no necesariamente cinéfilas, que complementan a lo de las películas en cada certamen al que acudimos y Gijón no podía ser una excepción, siendo como es además nuestra casa. Desde las pintas de trigo en el Lucus o en el Dam, con sus proyecciones de La noche del cazador y sus conciertos en el sótano de los que nos llegan los bajos atronadores, hasta la simpatía con que te reciben las azafatas en las salas de proyección. Cosas que nunca cambian, que forman parte de la misma idiosincrasia del festival en épocas pasadas, presentes y probablemente futuras. Demos gracias al señor.

Y ya metidos en harina cinéfila y de Sección Oficial debemos hablar de la película venezolana La distancia más larga, un drama familiar de los gordos con los espectaculares paisajes del Parque Nacional de Canaima como telón de fondo, por si el nombre no les dice demasiado recuerden Up y aquella meseta prodigiosa, objeto de deseo de sus aventureros protagonistas. Seamos claros, la geografía venezolana es maravillosa pero esta película es como caerse en un bizcocho esponjoso y merengado a un tiempo, todo es blandura y dulzor: los gestos afectados, las miradas de “queredme”, la propia tonalidad de la imagen es como de pastel y cuando el film pretende adquirir cierto vuelo trágico nos seguía rezumando glucosa por las pupilas. Nos dio la impresión, por cierto, de que su formato era extraño, algo así como una miniserie recortada, con los bocetos de personajes apenas definidos por cuatro trazos, como si estuvieran esperando a que una mano creadora, dotada de más tiempo y espacio, terminara de definirlos. En definitiva, dejando a un lado el espectacular paisaje de La gran sabana y el Roraima, muy poco que salvar, realmente esta cinta es al drama familiar solvente lo que el disfraz de Panama Jack que viste el infantil protagonista a la aventura, pura pose.

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Más interesante nos parece el film de Singapur Ilo, ilo, un compendio de recuerdos del director de la cinta que rememora su infancia, marcada por una familia un tanto disfuncional y una asistenta filipina que otorga su pizca de humanidad al asunto. Se agradece sobre todo el conocimiento de otras corrientes migratorias distintas a las habituales y el que se nos muestre que el choque cultural puede ser tan intenso en Asia como en Europa, tampoco podemos desdeñar la mirada irónica, casi sarcástica, que Anthony Chen aplica sobre su propio grupo familiar y sobre sí mismo hasta el punto de despistarnos si meramente pretendía ejercer la función de troll o si resultaban en realidad así de lamentables. Tampoco es que la cosa vaya mucho más allá de estos hallazgos: algún chiste afortunado, algún momento donde la nostalgia proustiana se transforma en imágenes bien conseguidas, una agradable oportunidad, en definitiva, de probar una de las cinematografías asiáticas más desconocidas por estos lares, seguiremos insistiendo con Singapur y su cine.

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