FICX 2013: Día 1

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A promise portada

El mismo festival, la misma lluvia.

Este año no hablaremos de casilleros.

Y es que nos agrada y nos sorprende volver a ver las salas llenas en un FICX que empezó su edición 2012 con las dudas y las reticencias por el dramático giro de guión que todos conocemos. Recordamos la sala prácticamente vacía mientras en pantalla transcurrían las perturbadoras imágenes de Más allá de las colinas, nada menos, y nos preguntábamos qué futuro le esperaba a un festival que consideramos parte integrante y necesaria de la vida cultural de nuestra ciudad, hoy esas dudas parecen afortunadamente resueltas y creemos que es hora de hablar de lo que nos une, el cine, sin modificar, eso sí, una coma de lo que pudimos decir anteriormente… en fin, eso, hablemos de cine.

A promise

Y para empezar a hacerlo nada mejor que la película inaugural del certamen, A promise del veterano director galo y a la sazón Presidente del Jurado de este Festival, Patrice Leconte. Su película es la adaptación del relato corto del novelista austriaco Stefan Zweig, Viaje hacia el pasado, algo que nos sentimos tentados de hacer para recordar El marido de la peluquera o Ridicule y es que pareciera que Leconte hubiera agotado hace tiempo los recursos de su caudal cinéfilo. El film narra desde una perspectiva social, con el transfondo del revolucionario inicio del S. XX como telón de fondo, el ascenso económico-afectivo de un joven del lumpen germano. Un eco, por lo tanto, con traslación temporal y geográfica pero bastante cercano a la voz primaria de Stendhal y su Rojo y negro, dónde como decimos, los deseos de pertenecer a la sociedad burguesa se aglutinan con los que atañen a los más puramente sexuales. Es en esta conjunción donde Leconte acierta de pleno, mediante el uso del piano (instrumento por antonomasia del enriquecimiento burgués) como reclamo amatorio de nuestro joven protagonista, dos muestras: la escena en la que se trata de la compra de unos terrenos en México y cuyo diálogo es cortado por las notas musicales que vienen del salón, el éxito social es así fundido con la música y, por lo tanto, piano, dinero y amor se conforman como un único elemento, en la otra escena el enamorado Richard Madden se embriaga al aspirar la esencia que su amada ha dejado sobre las teclas, de nuevo el instrumento es usado como polinizador que atrae no sólo por su sonido sino por su aroma, la posibilidad de dejar atrás un pasado proletario. Lamentablemente la ejecución general de la cinta no mantiene el tono adecuado a estos principios y Leconte se empeña, una y otra vez, en realizar correcciones de plano mediante pequeños zooms o leves paneos que no aportan nada salvo molestar al soñoliento espectador, o dejar un sello autoral sin una justificación narrativa para ello, es realmente incoherente esta disfunción entre fondo y forma. Por otra parte tampoco acierta Leconte en los saltos temporales presentes en el relato o en otorgar fisicidad a su crónica historia, todo resulta acartonado y no hay inmersión narrativa, nunca formamos parte de su mundo. Un resbalón, por resumir, de un autor que parece lejos de sus cimas artísticas de primeros de los noventa.

House with a turret

Todo lo contrario pasa con la segunda película del día, la ucraniana House with a Turret, que ya desde su plano inicial, en un tren que recorre la estepa rusa en el invierno de 1944, nos embebe con su sucio blanco y negro, transportándonos a una época donde aparece lo mejor y lo peor de la naturaleza humana y nos hace recordar esa obra maestra llamada Quieto, muere, resucita (Vitali Kanevsky, 1989) donde también un protagonista infantil era testigo y sufridor de los envites de la guerra y de las miserias anexas al estalinismo. La cinta de la directora Eva Neymann construye pequeños refugios para la esperanza en determinadas secuencias sólo para demolerlos en el plano siguiente, un vaivén emocional que hace mella y conmueve y, al mismo tiempo, un relato político en el que la difusa autoridad se muestra a través de un altavoz roto, de las fábricas arrasadas, de los funcionarios indolentes y del egoísmo insolidario, toda una declaración de intenciones, cine del bueno y es que, cómo les decíamos al inicio de esta crónica, hoy íbamos a hablar de cine. Seguiremos haciéndolo.

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