Fancine 2013: Día 4

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Crave

Las temperaturas van en descenso cada día salvo en el Cine Albéniz, donde continúa el Fancine y el ambiente se caldea con cada cinta, ya en el cuarto día de de la presente edición.

Se nota que no es fin de semana y el descenso en la afluencia de público es bastante sustancial. Aun así, buena parte de los malagueños que pueden acuden a su cita con el cine fantástico. Los que vinieron a primera hora de la tarde se encontraron con Crave, cinta del norteamericano Charles de Lauzirika que nos sitúa dentro de la cabeza de un inadaptado. Aiden es fotógrafo de sucesos, una profesión que le lleva a explorar lo peor de la condición humana. Como casi todos, tiene pensamientos violentos para los maleducados, lo zafio o los asesinos en sociedad y le gustaría enfundarse el traje de superhéroe. Cuando su cobardía comienza a derrumbarse, también lo hace la barrera que separa sueño o pensamiento de realidad, viéndose empujado a convertirse en una visión más grotesca de Travis Bickle (Taxi Driver). Con estos elementos podría salir algo interesante pero Crave no encuentra su tono en todo el metraje. Cuando se pone el traje de comedia excesiva arranca alguna que otra carcajada, pero la mezcla con el tema romántico o con el thriller no queda nada bien. Es una pena que no haya encontrado la forma con la que modelar su contenido durante las casi dos horas de duración, puesto que es fácil asomarse a esta película de forma curiosa. ¿Qué ocurriría si decidiéramos pensar en voz alta, poder intervenir en todos las situaciones que nos asquean o actuar de forma impulsiva? Tendremos que quedarnos con la duda, pues esto no va a más de un simulacro de.

A werewolf boy

El cine asiático ya ocupa una gran fracción de pastel cinematográfico, especialmente Corea del Sur, que ha pasado en unos 20 años de la nada a convertirse en una de las potencias mundiales. Su presencia en este festival no ha sido de gran cantidad pero al menos ha merecido la pena, pues A Werewolf Boy combina el cine fantástico con el melodrama para ofrecer una película con el sello inconfundible de aquel país: de la risa a la emoción y al llanto. Si se decide a leer la sinopsis puede salir espantado, pues se habla de una quinceañera que se enamora de un niño-lobo de su misma edad, pero lo cierto es que, salvando las distancias, la película está más cerca de Eduardo manostijeras que de Crepúsculo. El debutante Sung-Hee Jo convirtió su primer largo en todo un taquillazo cuando se estrenó en su país, hace ya casi un año, y construye una fábula en la que cohesiona los valores de la lealtad y el de aceptar al diferente con un reparto que, a pesar de caer en los arquetipos de personajes típicos, ofrece un punto diferenciador, especial, y un gran trabajo con el que superar el reto, personificado en Joong-ki Song, el chico que da vida al hombre lobo sólo a base de gruñidos. Cabe destacar los efectos visuales que, como ya es tendencia en Corea del Sur, presenta una factura excelente, casi que la mejor de todas las vistas en el certamen. El cuento navega por aguas conocidas pero agradables y desde un punto de vista que siempre tendrá algo nuevo que aportar, aunque esto tenga sus puntos débiles, como es el gusto por el melodrama que aparece como una fuente a chorros durante su tramo final.

La pasión de Michelangelo

Mi falta de fe en la última película del día quedó retratada al contrario que los protagonistas de ella. La pasión de Michelangelo está basada en una historia popular ocurrida en Chile a mediados de los años 80. Miguel Ángel es un chico de 14 años que asegura ver a la Virgen María y hablar con ella en el cerro de un pequeño pueblo. La palabra del joven se propaga en una época convulsa para el país sudamericano y los necesitados de creer acuden a él en masa, lo que se traduce en un espectáculo teatral que contemplamos desde los ojos de un sacerdote, enviado por la Iglesia para esclarecer si se trata de una estafa o de un milagro. Esteban Larraín cuenta con buen material pero no lo desaprovecha y trata la gran amplitud de temas que se le abrían en esta propuesta, siendo el principal la manipulación de la fe con diferentes motivos: para dar esperanza, para robar carteras, para fines políticos o para suplir el cariño de una madre ausente. El circo de freaks en que se convierte las comparecencias llega a un tramo final grotesco, retrato de una extravagancia que movió masas y que fue el eje de toda una comunidad necesitada de creer. Igual que la audiencia, pudiendo elegir creer o no creer si lo que ha visto es una fantasía o realidad.

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