Críticas: El consejero

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El consejero

Ridley Scott y Cormac McCarthy se unen para dar forma a un relato fronterizo en el que seguir profundizando sobre la desertificación del alma humana bajo la sombra del mal.

En una brillante secuencia de No es País para Viejos (No Country For Old Men, Joel & Ethan Coen, 2007) descubríamos, a través del punto de vista del personaje que interpretaba Josh Brolin, un paisaje sembrado de cadáveres, automáticas y camionetas agujereadas por las balas. Eran las consecuencias visibles de un negocio de drogas que se había ido al traste, mucho antes de que ese golem descontrolado bajo las facciones de Javier Bardem, alimentado por la corrupción y la maldad del hombre, se cobrara las primeras víctimas del reguero que tendrían que venir.

En cierta medida y a pesar de unos planteamientos formales en las antípodas el uno del otro, El Consejero, la nueva película de Ridley Scott, podría tener su correspondencia con aquella secuencia en tanto que si los Coen parecían centrar su mirada en una generación incapaz de comprender la violencia de unos tiempos marcados por la omnipresente presencia del mal, el tándem Scott/McCarthy decide en cambio focalizar gran parte de su interés en todo ese círculo instalado en la cúspide de la pirámide de aquellos que, en la obra de los Coen, apenas se intuían. O dicho de otro modo, no resultaría extraño que aquel trato fallido en el desierto hubiera podido estar auspiciado por los peces gordos retratados en la película que ahora nos ocupa. Así, en el diálogo que parecen mantener una y otra, sería demasiada casualidad considerar fruto del azar el curioso intercambio de roles que en ambos trabajos interpreta Bardem. En el film de los Coen, un asesino a sueldo de los cárteles de la droga. En El Consejero, un poderoso narcotraficante que bien podría acabar siendo víctima de ese impasible ejecutor de la primera.

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Aunque disfrazado bajo atractivas y sensuales formas, el mal es también el gran protagonista de la nueva propuesta orquestada por Scott/McCarthy. La referencia a un film como No es País para Viejos cobra aquí especial relevancia por la unificación discursiva de ambas películas en torno a unas líneas temáticas y espaciales similares que van a tener en Cormac McCarthy el origen de su plasmación fílmica. Sea como presencia espiritual, con la adaptación de una de sus novelas en el caso de la película de los Coen, o como presencia física en la escritura de un guión propio puesto en imágenes por Ridley Scott. A diferencia del primer caso, sin embargo, la implicación directa del novelista en la génesis del proyecto fílmico parece hacer tambalear la cuestión de la autoría de un film bicéfalo. Tan sustentado en la palabra y escrupuloso con el texto de su guionista estrella, como recurrente al exceso bizarro, la sordidez, la brusquedad tonal o la sal gorda de su propuesta formal. Que el contraplano a la interconectada historia de todos esos personajes sea el viaje de un camión en cuyo tanque, bajo litros de mierda, se halla oculta la droga que será comercializada en los EEUU, no deja de poner en relieve no solo la visibilización de aquello que éstos ocultan tras sus falsas apariencias sino, además, la idea de despojar ese lugar de una sutileza donde no tiene cabida. Tan cómplice con el espectador, como enemigo del mismo. Pero también por contener momentos de desconcertante concisión narrativa.

Sirvan de ejemplo los primeros minutos que abren la película. En ellos una moto cruza un desértico paisaje a toda velocidad mientras una pareja retoza entre sábanas, revelando apenas la presencia de cuerpos fragmentados. Dentro de ellas, la cámara descubre los rostros de dos amantes en los que el diálogo y el juego sexual auspiciado por la parte masculina de la ecuación, parece querer sacar a la superficie la verdadera naturaleza de un deseo contenido tras las inocentes palabras de la mujer con la que yace en la cama. Él, un ambicioso abogado sin nombre (Michael Fassbender) directamente relacionado con algunos narcotraficantes a los que tiene como clientes. Ella, Laura (Penélope Cruz), alguien que (des)conoce el verdadero alcance de lo que en realidad se dedica su apuesto amante y futuro marido. El joven motorista, un correo exprés que sirve de enlace para los mismos cárteles de la droga a los que el abogado se encarga de defender. En el desierto, dos guepardos son observados por sus propietarios, Reiner (Javier Bardem), un poderoso narcotraficante, y su esposa, Malkina (Cameron Díaz), animalización metafórica de ambos roles. Cazadores y presas. Víctimas y verdugos.

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La concreción de este trazo de personajes (la disposición en el plano del personaje de Malkina y el rol secundario que parece jugar Reiner en el mismo, mientras observan a sus dos guepardos cazar, definen una jerarquía), la fisicidad de un tiroteo en el desierto, el perfeccionismo silencioso y metódico de un asesino tomando las medidas de una moto para posteriormente colocar un cable de acero en la carretera, la desmitificación de cierto star system que parece desprenderse del destino final de algún personaje… En realidad, los mejores momentos de El Consejero ocurren en los escasos instantes de pausa entre la gravedad y lo punzante de unos diálogos que, recitados en boca de sus personajes, aparecen como forzosas frases lapidarias. Como si fueran un lastre que impidieran el libre fluir de la película y que Scott materializa en pantalla, por desconocimiento o por desgana, bajo la apatía del recurrente plano medio y el primer plano.

Las fuerzas de tensión existentes bajo las imágenes de El Consejero revelan así dos películas que parecen luchar por sobreponerse, mostrando y ocultando porciones de su verdadero rostro. Revelando algo que atraviesa de punta a punta el ADN del film, como es el juego con la idea de la máscara y el disfraz bajo la que se ocultan unos personajes corrompidos. Ya se pretenda mantener al margen de la vida privada la violencia y la implacabilidad de ese mundo, darle esquinazo o esconder el miedo ante el mismo, el mal, oculto tras la banalidad efímera y los excesos del capitalismo en forma de mujeres guepardo que se follan los parabrisas de deportivos de lujo, siempre termina por triunfar.

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