Sitges 2013: Día 7

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Big Bad Wolves

Qué bonito es (el cine de) Israel y qué chics los vampiros de Jarmusch.

Mientras nos acercamos al final de esta controvertida edición del Festival de Sitges, nos encontramos con sorpresas agradables, de ésas que hacen que merezca la pena el viaje a la villa catalana. También hubo amago de repetición de cortes en la proyección pero afortunadamente se quedó en eso, en un amago, en un susto y, en este terreno, preferimos los que nos da el bueno de James Wan. Los vampiros de Jarmusch por otra parte, no son de los que asustan pero sí de los que enamoran, no es por tanto una sorpresa que su película sea de lo mejor visto este año por aquí. Ahora mismo os lo contamos todo en detalle.

En 1987 en Israel se aprobó el uso de la “presión física moderada” como soporte a los interrogatorios del Shin Bet (Servicio de seguridad general) contra los palestinos sospechosos de actividades terroristas. La película de los directores Aharon Keshales y Navot Papushado no recoge directamente estos hechos, sino que muestra indirectamente la repercusión de la asunción de la tortura (discúlpenme que mande a la mierda los eufemismos) como un hecho normalizado en la sociedad hebrea. Al contrario que en la reciente Prisoners, a la que las exigencias del mainstream le restaban algo de riesgo en su denuncia, Big bad wolves es descarnada en lo cercano de sus planos, de ésos cuyo ángulo no nos permite mirar hacia otro lado y perturbadora por su dosis adyacente de humor negro. El film además obliga al espectador a prestar atención a los detalles, véase el apunte de perpetuación del sistema en la escena de la comisaría con el jefe de policía y su hijo, los comentarios sobre los pueblos árabes que rodean la casa donde se desarrolla la acción principal de la cinta, o las reacciones de los protagonistas cuando se produce la confrontación con los habitantes de dichos pueblos. La israelí es, en resumen, un thriller que oculta bajo su aparentemente convencional superficie un discurso subversivo y aleccionador. Notable.

Only lovers left alive

Ante el tedio de la vida eterna refugiarse en la belleza de la música, en los colores y en la gloria pasada de las ciudades en decadencia. No parece casual que Detroit y Tánger, la primera cuna y lápida de la industrialización norteamericana y la segunda lugar de refugio para literatos malditos (Paul Bowles, Tennessee Williams,…) sean el hogar de Adam y Eva, dos vampiros que intentan sobrellevar la carga de su destino, los estilosos protagonistas de la magnífica Only lovers left alive. Como si se trataran de criaturas de Schopenhauer, ellos buscan en la belleza de las artes el bálsamo de su angustia existencialista y les funciona, o al menos lo hace hasta el momento de la aparición de Ava (estupenda como siempre Mia Wasikowska), que contrapondrá al pesimismo vital de los primeros su juvenil (?) joie de vivre. La película de Jarmusch es de ésas en las que se produce una admirable conjunción entre fondo y forma al son de las rítmicas cadencias de su magnífica banda sonora y la sobresaliente fotografía de Yorick Le Saux. En resumen, una encantadora reflexión sobre la vida y la muerte, el arte y la belleza que recuerda a la mejor Ann Rice y que afronta desde una perspectiva moderna la revisitación del mito vampírico. Ya están tardando en verla.

La danza de la realidad

Hay personalidades que forman por sí mismas el entramado vital de una película y una de esas personalidades sobresalientes, más allá del rechazo o la atracción que puedan generar, es la de Alejandro Jodorowsky que en este 2013 ha sido protagonista por el documental Jodorowsky’s Dune del que ya os hablamos en nuestra cobertura del Festival de Cannes y con La danza de la realidad, película en la que recoge los recuerdos de su infancia en el sur de Chile y los exhibe tras tamizarlos por el filtro de la psicomagia, el tarot y el onirismo. Todo es exceso, sentimentalismo, cabriola y esas cosas que podrían producir pasmo si el autor no fuera precisamente Jodorowsky, si no fuéramos conscientes de que su cine es la proyección exacta, en forma de fotogramas, de su mastodóntico ego. Lo que en otro sería pose aquí es una manera concreta de entender la misma existencia. A nivel cinematográfico Jodo no es Fellini, eso es evidente, pero si comparten personalidad, referencias y situaciones… y egolatría.

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