En otro país: El futuro

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“La vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia delante” Søren Kierkegaard

Estábamos de fiesta en 1982 y al despertarnos, con una resaca terrible, estamos en el 2013.  ¿Qué hemos hecho en estos 30 años? O más bien la pregunta sería: ¿Qué ha pasado? Porque nosotros no nos hemos enterado de nada. La pantalla en negro, escuchamos que es la noche electoral de 1982. Felipe González comienza a dar el discurso: habla de progreso y modernización, habla de superar la crisis económica, de la construcción del Estado de las autonomías… ¿Se estaba dirigiendo a los españoles de aquella noche o a nosotros, ahora, en este momento? La terrible actualidad de las palabras de González con las que se inicia El Futuro, abren esta interrogación en el espectador y ponen el antecedente perfecto a la fiesta más triste de todos los tiempos. Una fiesta que dura 30 años, plagada de risas y música, de alcohol, drogas, bailes, besos… Y sí, al mismo tiempo, absolutamente trágica.

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¿Es El Futuro una película de ficción del año 2013? ¿Es un documental de 1982? ¿Es el montaje de un material de archivo rodado en los 80? ¿Cuál es el porcentaje de realidad y ficción que hay en la película? Luis López Carrasco recrea de manera magistral el ambiente y la atmósfera ochentera, el clima festivo en el que se encuentran los personajes (¿o las personas?) a través de una forma muy experimental: diálogos prácticamente inaudibles durante todo el metraje y disociación de lo que vemos con lo que escuchamos, un 16 mm forzado para resaltar las texturas y los defectos visuales, un relato observacional dando manga ancha a los actores… El director huye por completo de la descripción psicológica de los personajes y de la reflexión explícita en palabras, de un argumento per se con una estructura clásica de relato. Busca el concepto y las sensaciones, deja que su idea tenga vida y se dedica a ir tras ella. Y de ahí extrae una mirada crítica a nuestra realidad, una opinión que está grabada en cada uno de los fotogramas, en cómo poco a poco el fotoquímico va destruyéndose y quemándose, y al mismo tiempo va devorando a los personajes que retrata. Referenciándose claramente en este sentido al espíritu de Arrebato, tal vez la obra de Zulueta sea la influencia más determinante y clara de la película.

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La feroz crítica a la sociedad española no está solo impregnada en cada plano que conforma el metraje, sino que está también en todo lo que le rodea. Es casi imposible que esta película llegue a estrenarse algún día en las salas comerciales de nuestro país, lo cual la vuelve más incómoda y acorde con los tiempos que vive el cine español actualmente. Tanto por su carácter experimental como por lo crítico, El Futuro quedará en los márgenes del acceso de un público más amplio. A pesar de su selección en festivales de la talla de Locarno, Valdivia, Sevilla y todos los que están por venir, se antoja muy complicado que tenga la transcendencia que merece a nivel nacional. Y posiblemente no hay unos culpables directos de ello, posiblemente llevamos 30 años de fiesta y ahora estamos viviendo la resaca de ése tiempo perdido y sus consecuencias.

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