Críticas: Una familia de Tokio

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Una familia de Tokio

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El prolífico director japonés Yoji Yamada, autor de la aclamada The Yellow Handkerchief (1977), entre otras, nos presenta un homenaje a la obra maestra del cineasta japonés Yasujiro Ozu, Cuentos de Tokio (Tokio Monogatari). Una propuesta fílmica impecable, de gran factura y cuidadosa puesta en escena. A pesar de todo, no está a la altura del maestro porque eso es, sencillamente, imposible. El atrevimiento de Yamada a la hora de rescatar Cuentos de Tokio del olvido es de valorar y, a mi entender, sale airoso y con buena nota. Acercar a Ozu al gran público era y es necesario para todas las generaciones no cinéfilas que posiblemente hayan oído hablar o hayan visto alguna película de Kurosawa, pero que a la hora de oír el nombre de Ozu podrían confundirlo perfectamente con alguna marca nipona de electrodoméstico.

El argumento es exactamente el mismo que el de Cuentos de Tokio. Un anciano matrimonio, formado por Shukichi Hirayama (Isao Hashizume) y Tomiko (Kazuko Yoshiyuki), viaja a Tokio desde su hogar en una pequeña isla en Hiroshima para visitar a sus tres hijos. El primogénito, Koichi (Masahiko Nishimura), dirige un hospital. La hija mediana, Shigeko (Tomoko Nakajima) lleva un salón de belleza. El hijo menor, Shuji (Satoshi Tsumabuki), es escenógrafo. Aunque los tres quieren que sus padres tengan una estancia agradable en Tokio, todos ellos están ocupados con sus trabajos, y los ancianos no se sienten a gusto en la capital. Un día, Tomiko visita el piso de Shuji, donde se lleva la agradable sorpresa de conocer a Noriko, la novia de su hijo. Pero, poco después, Tomiko se desploma en casa de Koichi, lo que causa una conmoción en la familia.

Una familia de Tokio 2

Las variaciones son pequeñas entre una película y otra. Si en la original los hijos envían a los ancianos a un balneario para que no “molesten”, en la cinta de Yamada los envían a un hotel de lujo en medio de la capital. La película nos sumerge en dos mundos divergentes. Uno es el de la modernidad, encarnada por los hijos de la pareja de ancianos. Y otro es el de la tradición, la visión del mundo pausada y observacional de los abuelos. Yamada cinematografía ambos mundos de manera diferenciada. Si bien usa encuadres a la altura de la vista y fragmentados para retratar el día a día de las familias de Koichi y Shigeko, siempre que la situación lo requiere y los abuelos están en su espacio, en soledad, recurre al encuadre desde el tatami, a ras de suelo, recurso empleado con maestría por Ozu en todas sus películas. Shuji, el hijo menor, es precisamente el único que no sigue el camino de sus hermanos (materialistas y encerrados en sus pequeños mundos) y, durante la visita Tomiko a su casa, recurre de nuevo a ese encuadre desde el tatami, esa manera de mirar tan especial, el encuadre tradicional japonés.

Merece una mención especial el planteamiento de Yamada para con la frontalidad. Existe una tendencia, en el cine occidental, a huir de la frontalidad, a angular todos los planos por defecto. Se entiende (y ha quedado como en el subconsciente colectivo de muchos directores) que la frontalidad nos aleja del cine y nos acerca a aquello que es mentira, a lo falso, a lo teatral. ¿Acaso el cine no es mentira? La película está llena de planos frontales que magnifican pequeños momentos y los congelan en nuestras retinas. Ese detalle la hace diferente. Sólo grandes directores han usado la frontalidad con cierta maestría, Kurosawa, Mizoguchi, Buñuel o el contemporáneo Takeshi Kitano, sin ir más lejos.

TOKYO FAMILY

Otra cosa que extrañará a muchos espectadores es el ritmo pausado de la película y es que, acostumbrados como estamos desde occidente a la estructura aristotélica clásica, en seguida tenemos la costumbre de decir que la película es lenta y no avanza cuando pasan más de treinta minutos y no ocurre nada relevante. Y es así. De hecho, Una familia de Tokio es una historia que sugiere y no cuenta. Estructurada en bloques circulares que no terminan de romper el modelo clásico en tres actos, basa su dramaturgia en el momento del desfallecimiento de la abuela. Ese es el hecho verdaderamente relevante del film y lo muestra fuera de campo, es decir, no lo muestra, te lo imaginas a través del asombro y el miedo del nieto que avisa a su abuelo. Tomiko se desmaya en la escalera de la casa del hijo mayor y tampoco es casual la elección de un espacio de transición para tal acontecimiento. Es más, el modo de cinematografiar esas escaleras difiere desde las primeras escenas, donde las presenta filmadas por un lado, y las últimas, donde las filma por el lado contrario, estableciendo una vez más esa dualidad permanente en toda la película. Puede parecer larga en primera instancia, de hecho lo es en algunos momentos ya que carece de la precisión estilística de Cuentos de Tokio. No obstante, vale la pena pasar las dos horas de metraje sentado en la butaca. El trabajo actoral y la puesta en escena es impecable. La fotografía no destaca sobremanera. De cariz naturalista, busca un realismo que en mi opinión no demanda la película. Si el homenaje lo hubiera filmado el mismo Ozu sospecho que hubiera jugado con un bicromatismo en función a la dualidad modernidad/tradición de la película. Destaca, a nivel fotográfico, el uso de la luz dramática, cuando parpadean los neones de Tokio sobre los cuerpos de los ancianos en la habitación de hotel, sugiriendo, una vez más, que la modernidad avecina la desgracia.

En conclusión, Una familia de Tokio es una muy buena película. Imprescindible.

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