Críticas: Sólo Dios perdona

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Sólo dios perdona

Wanna fight?

Vamos por partes. Hasta hace un par de años poca gente conocía el nombre de Nicolas Winding Refn, un director, guionista y productor danés con un estilo de hacer cine muy alejado del circuito comercial y una forma de narrar fuera de lo habitual, teniendo como principal influencia a su amigo el artista polifacético Alejandro Jodorowsky, personaje poco convencional donde los haya. Winding Refn ha desarrollado su filmografía desde 1996 básicamente en su país de origen, con tramas extremadamente violentas y rompiendo con el lenguaje cinematográfico más conservador, colocándose en una posición de director de culto prácticamente desconocido para el gran público. Sin embargo, su salto en 2011 a la producción norteamericana supuso su reconocimiento mundial al dirigir un guión ajeno en Drive. Con ella, Winding Refn pule su estilo al servicio de una historia con un ritmo distinto al de sus propios guiones, continúa representando la ultraviolencia con un estilo visual que dota de elegancia lo kitsch y con un antihéroe lacónico y frío, sí, pero con un halo romántico e íntegro que realzó aún más si cabe su condición de actor versátil y de galán reconvertido para el cine independiente.

Ahora Winding Refn vuelve después del gran éxito de Drive, bajo las grandes expectativas de los fans de aquella, con una nueva película a la que desde ciertos medios se la ha intentado lanzar como una especie de “Drive 2”, simplemente por la coincidencia de una nueva colaboración entre el director y Ryan Gosling. La cuestión es que Sólo Dios perdona, el título que nos ocupa, no es “Drive 2”, no es una secuela, precuela, revisión, etc… de Drive ni se le parece al margen de tener como protagonista al mismo actor, lo que ha provocado en muchos espectadores que esperaban volver a ver una historia similar, una gran decepción.

Sólo Dios perdona 2

Dicho esto, y metidos ya en Sólo Dios perdona, es cierto que no es una película fácil de ver, no tiene como decía una narración convencional y su eje argumental se ve eclipsado en su mayor parte por la estética y el aspecto visual de la misma. Pero esto no implica de ninguna manera una vacuidad en lo que cuenta, es más, prácticamente sin diálogos asistimos a una historia que mezcla mafias, corrupción policial y prostitución infantil en una Tailandia enviciada y claustrofóbica, con una moderna variedad de tragedia griega en la que cabe desde el incesto a la venganza más brutal y descarnada, todo ello bajo el prisma de la dicotomía Dios-Diablo, en la que la justicia “divina” está más allá de cualquier dilema moral y convierte a los personajes en jueces y ejecutores de dicha justicia.

Pero más allá de la profundidad de estos temas, la fuerza de Sólo Dios perdona reside en esconder la misma bajo una estética hipnótica que juega a tratar las imágenes de manera onírica saturándolas de color, sugiriendo la violencia en la práctica totalidad de la cinta, salvo en una escena de tortura explícita, y dejándonos encuadres y planos casi fotográficos, como esos policías estáticos en la sala de karaoke que recuerdan a Lynch en todo su esplendor. Una estética que se subraya con la también sugestiva banda sonora compuesta por Cliff Martínez, que no hace más que potenciar la sensación de irrealidad que las imágenes nos ofrece.

Sólo Dios perdona 3

Quizá quienes esperen esa segunda versión de Drive, se encontrarán a un Ryan Gosling aún más sobrio que en aquella con una capacidad de revelar sus emociones muy por debajo de lo que lo hacía allí. La actuación de Gosling pasa por momentos demasiado sutiles que hacen que su personaje se vea superado por los demás. Pero quien se come la pantalla desde el mismísimo momento de su aparición es una grandísima Kristin Scott Thomas que, cual Hécuba vengando la muerte de sus hijos, sorprende en un papel muy alejado de lo que nos tiene acostumbrados.

No, Sólo Dios perdona no es una película para cualquier espectador, es excesiva y radical como radical es la posición que hacia ella se espera, es una película que provocará amores y odios a partes iguales, es más una obra abstracta en la que se deja entrever la rabia del autor bajo capas y capas de color, y sobre la que uno puede dejarse llevar por sus formas sin necesidad de exigir explicaciones concretas y específicas para disfrutar de ella.

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