San Sebastián 2013: Día 5

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The Railway Man

Día flojito en Donostia, la Sección Oficial no levanta pasiones.

Superada la primera mitad de este Zinemaldia toca hacer algo de balance que, como siempre, arroja cosas buenas y menos buenas, éxitos confirmados y desengaños inesperados, secciones prometedoras y otras decepcionantes. Una Sección Oficial en la que aún esperamos la aparición de una película que rompa con ese look pobretón a base de restos de saldo, provocador de indiferencias que es casi lo peor que se puede provocar en esto del cine, aún nos quedan pelis de las más esperadas por ver, ojalá que con ellas suba el nivel, nosotros tenemos confianza en ello.

Quai d'Orsay

El veterano director galo Bertrand Tavernier era el encargado de abrir la calurosa jornada en el venerable Teatro Victoria Eugenia. Uno de los más destacados autores de los años 90, vean La carnaza o Capitán Conan para comprobarlo, presentaba Quai d’Orsay, acerada sátira sobre la alta política francesa con Thierry Lermitte interpretando a una especie de alter ego del gaullista Dominique de Villepin, defensor ultramontano de la grandeur gabachona. El principal problema del film es el habitual con este tipo de obras, la sátira convierte por definición a los personajes en esclavos de su trazo, les transforma en autómatas del gag, en cierto sentido les deshumaniza, también es cierto que podría ser un problema que los chistes giren sobre sí mismos una y otra vez pero entendemos que todo forma parte de la estructura de la cinta: un juego de imitación con la atorrante burocracia ministerial, un espejo deformante que devuelve una imagen chanante pero no demasiado ácida, un Tavernier, en definitiva, aceptable pero muy alejado de sus mejores momentos.

About Time

Ay, las películas bonitas, ésas llenas de buenos sentimientos, de música empalagosa cual dulce de merengue y con las que las señoras bienpensantes se enjugan una furtiva lágrima. El amigo Richard Curtis lleva cultivando dicho género desde que en 2003 Love actually sirviera como resumen y summa cinéfila de la comedia romántica británica de los noventa. Así en Una cuestión de tiempo repite con su actor fetiche Bill Nighy para darnos otra lección de la necesidad de ser feliz cada día de nuestra vida (supongo que debe pensar que es algo que desconocemos) con un argumento que, si nos permiten la boutade, tiene algo de nietzschiano, una especie de puesta al día cinéfila de la teoría del eterno retorno pero bañada en mucho almíbar. No todo es tan horrible como tal vez se estén imaginando, sobre todo si recordamos los encantadores mohines de Rachel McAdams de la que nos declaramos muy fans pero, bromas filosóficas aparte, no hay mucho más de donde sacar tajada.

The Railway Man

Puede que lo de ir con ciertos prejuicios a ver cine sea un defecto generalizado en el que todos a veces caemos y la verdad que la cosa no pintaba muy bien con Un largo viaje, la peli que cerraba la jornada en el Teatro Principal y debo decirles que, por desgracia, no íbamos muy desencaminados. Ya desde los títulos de crédito, con esa siempre estomagante aclaración de que lo que vamos a ver está basado en hechos reales, a las primeras escenas pintando carreras preñadas de amor otoñal por las nubladas playas británicas todo hiede a telefilm (tómese esta acepción en el peor de sus significados posibles) en sus imágenes y en el tratamiento de la historia, un kit de superación de traumas bélicos al uso con un Colin Firth que pasaba por allí y con nada que nos parezca un poco atractivo o novedoso, al final la cosa parece que implora el beneplácito del espectador y, oigan, seguro que en sus televisiones todo queda estupendamente pero en la Sección Oficial de un Festival de cine va a ser que no.

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