Críticas: Las brujas de Zugarramurdi

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Las brujas de Álex de la Iglesia llegan a los cines.

Llega uno de los títulos de la temporada de la cinematografía patria. Presentada en el Festival de Cine de Toronto y en el Festival de Cine de San Sebastián con la flamante Carmen Maura, quien recibió el Premio Donosti como cabeza de cartel en un reparto a la que siguen Hugo Silva, Mario Casas, Carolina Bang, Terele Pávez, María Barranco, Santiago Segura, Carlos Areces, Secun de la Rosa, Pepón Nieto… Por poner algunos de los nombres porque son bastantes los actores que aparecen en Las Brujas de Zugarramurdi, la nueva película de Álex de la Iglesia: gamberra, histérica, bizarra, divertida, irreverente e irregular (póngase esto último como constante en la filmografía del director). ¿He dicho que es excesiva? Pues también lo es, todo a lo grande, para lo bueno y para lo malo, y gracias a Dios que existe este tipo que hace cine, según reza en su cuenta de Twitter, cuando la sequía de este país en lo que a voces propias, carácter y universo se refiere es de lo más soso en este cine nuestro que a veces tanto me duele.

El concepto mogollón es lo que define a esta película: mogollón de actores, mogollón de comedia, mogollón de acción, mogollón de ritmo… O sea, un festival, un no parar durante tres cuartas partes del metraje, de todo a tope. Del último cuarto ya hablaré más adelante. En definitiva, Álex de la Iglesia vuelve a lo suyo, a retratar el lado aciago de los ciudadanos de este país mediante la vampirización de tradiciones, modos y costumbres.

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Dicen que por allá en la edad media un grupo de vecinas del pueblo navarro de Zugarramurdi fueron condenadas a la hoguera por la inquisición acusadas de practicar la brujería. Este es el dato del que parte el guión para que tanto su director como Jorge Guerricaechevarría se lo pasen por el arco del triunfo y se lo lleven a lo suyo: la comedia salvaje, el desmadre, el fantaterror, la acción, la serie B, al fanzine, el punk, el costumbrismo y las tradiciones, al rito y la mitología porque, Alex de la Iglesia, hace lo que le da la gana y cada vez que hace eso, gana. Y de ahí al bendito caos de este señor que casi nunca logra que sus películas sean tanto técnica como narrativamente redondas, a excepción posiblemente de El Día de la Bestia (1995) y La Comunidad (2000), pero cuyo atractivo e hipnótico universo, su frenético ritmo y sus personajes grotescos cautivan, enamoran y terminan por que el público se rinda frente a tanto carisma y personalidad en la pantalla. Y lo dice una servidora adicta a Balada Triste de Trompeta (2010) que, a pesar y reconociendo sus contras, es hasta la fecha la película más oscura y más siniestra del cine de este país en lo que llevamos de Siglo.

Las Brujas de Zugarramurdi relata la historia de un parado divorciado, José (Hugo Silva), que decide atracar un establecimiento de Compro Oro ya que su mujer (Macarena Gómez) no deja de agobiarlo para que le pase la pensión de su hijo Sergio. En la aventura, lo acompaña Toni (Mario Casas), un relaciones públicas de la discoteca Sperma cuya novia (Alexandra Jiménez) es una inteligentísima abogada con la que siente un gran complejo de inferioridad. Bajo el lema sobre el que parece haberse escrito el guión, Todas Brujas, director y guionista, desarrollan el eje sobre el que gira la historia: la guerra de sexos.

El arranque no puede ser más espectacular: tiros, persecuciones, mogollón de ritmo y mogollón de cachondeo, y todo sin dar tregua, a todo gas. Admirable su retrato de la Puerta del Sol que parece el mismísimo infierno, casi bíblico; ciudadanos, estatuas humanas, predicadores de segunda, todo un carnaval y un festín de pura acción para el espectador. Mención especial para Bob Esponja y su sobrecogedora muerte.

Y a partir del segundo acto es cuando empieza la cosa a desmadrarse a todos los niveles. Terele Pávez y Carmen Maura son las anfitrionas del festín que organizan en Zugarramurdi. De vuelta con las drogas y el rito, niño engullido por la mismísima Diosa de la Fertilidad como re-born/lavado a ordena y mando de la hechicera-mamma, un poquito de gore, un poquito de slasher, un poquito de brujas pseudos-infectadas y vámonos que se acerca el aquelarre final con el Baga Biga Higa sonando. ¿Pero qué ocurre? Dos cosas. UNO: para empezar, el elevado número de actores provoca que estén todos y ninguno, todos los personajes perfilados pero ninguno suficientemente dibujado. Una lástima porque a cada cuál más original; si bien hay protagonista lo que le hace falta es un buen antagonista y por mucho que la Maura sea mucha Maura el papel se le queda pequeñito para lo que podría dar de sí. DOS: Pues que al parecer los finales se le resisten al director. Lo más esperado es lo más aburrido, tiene los ingredientes pero no los cocina en su punto y de repente todo se ancla, todo es más de lo mismo y uno salta de la butaca para ponerse de rodillas y exclamar en la sala al Dios del Cine (quien quieran ustedes que sea) WHY GOD WHY?!

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Aun así compensa: divertida, desmadrada, trepidante y, aunque no es redonda, se le perdona porque Mario Casas es nuestro Channing Tatum, o sea, un buen actor cuando un director se remanga en el set y lo dirige. Porque a Hugo Silva se le quiere achuchar de tan sufrido que va, porque aunque a Terele Pávez no hace falta disfrazarla de bruja, (siempre lo ha sido en todas las películas de Álex de la Iglesia), llena el plano, porque Carmen Maura es un valor seguro, porque Carolina Bang confunde el subir a una escoba con montárselo con una escoba y porque Santiago Segura y Carlos Areces se meriendan a todos los tontos y a todas las brujas en las secuencias que aparecen como ese dúo de señoras-que-son-brujas.

Y para acabar una última reflexión. Su título en Estados Unidos es Witching and Bitching. Ay… lo que hubiera dado por escuchar de un americano decir Zugarramurdi… Para quedarse loco.

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