Especial Bruce Lee: El último dragón

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Bruce Lee

Celebramos el cuarenta aniversario del fallecimiento del mítico Bruce Lee.

Podría ser divertido especular sobre cuál es el grito más famoso de la historia del cine, podría ser el de Johnny Weissmuller en Tarzán, o el de Janet Leigh al descorrerse la cortina de la ducha del Hotel Bates, o quizá el de Sheb Wooley, desconocido actor secundario que ha trascendido hasta nuestros días gracias al “Grito Wilhelm”, grito sampleado y reciclado en decenas de films y emitido por primera vez cuando Wooley fue mordido y capturado por las fauces de un caimán en una secuencia de la mítica Tambores Lejanos. Pero esta vez nos vamos a quedar con el grito de guerra del protagonista de este texto. Cada vez que ese grito invade nuestros pabellones auditivos sabemos que la acción está a punto de empezar, el arte de la lucha en su máxima expresión. Es absurdo que siga demorando la presentación, hace cuarenta años, el 20 de julio de 1973, nos dijo adiós Lee Jun-fan, el Dios de las artes marciales e icono absoluto del siglo XX, el extraterrestre que todos conocemos por el nombre terrícola de Bruce Lee.

Lee no sólo fue un luchador, sino también un pensador y un iconoclasta revolucionario que elevó el arte de la lucha al Olimpo de los Dioses. Contribuyó a derrumbar la gran muralla que separaba Oriente de Occidente y lo logró, a pesar de los problemas y amenazas venidas de ambos continentes. Por un lado, los viejos maestros chinos no aceptaban de ninguna manera que Bruce desvelase los secretos del Kung-fu a los enemigos occidentales, y por el otro, el establishment hollywoodiense desechaba la idea de que un actor chino formase parte de su exclusiva élite. Pero el Dragón nunca se rindió y continuó fiel a sus ideas y creencias hasta su último segundo de vida. Prueba de ello fue el ultimátum que los viejos maestros chinos le impusieron en 1962, organizándole un combate contra uno de sus mejores alumnos, Wong Jack Man, bajo la promesa de que si perdía, Bruce Lee se vería obligado a cerrar todas sus escuelas. Pero eso nunca sucedió ya que Lee tumbó a su adversario en tan sólo tres minutos, hecho que lo decepcionó profundamente ya que él pensaba que podría haberlo derrotado en apenas unos segundos. Esta idea le persiguió hasta la obsesión, fruto de este esfuerzo fue la creación de un nuevo arte marcial, el Jeet Kune Do (el camino del puño interceptor), en donde el arte de la lucha se presentaba desde un punto de vista multidimensional y no unidimensional, algo que sintetiza todo esto fue su archifamosa frase: “Be water my friend”.

Bruce Lee 2

Gracias a BMW esta frase se ha convertido en todo un icono de la publicidad, pero detrás de estas cuatro palabras hay todo un legado, todo un tratado filosófico. Cuando en 1970 se lesionó un nervio de la espalda mientras entrenaba, el dictamen médico no pudo se más tajante y fatídico, no volvería a pelear nunca más. Pero Bruce, desoyendo lo que los médicos le habían vaticinado, en lugar de tirar la toalla, expuso su cuerpo a condiciones sobrehumanas y volvió a entrenar, más que nunca, y no sólo eso, sino que aprovechó para escribir el libro en el que terminaría plasmando todas sus teorías acerca del Jeet Kune Do, titulado Chinese Gung Fu: The Philosophical Art of Self Defense. Buda, Allan Watts, Carl Rogers, Lao-Tsé, Frederick Perls, Daisetz Suzuki, Hegel, Spinoza y Jiddu Kishnamurti le acompañaron durante esos meses de lectura y reflexión. Precisamente este último, el escritor y orador espiritual Kishnamurti, terminó convirtiéndose en una de las grandes influencias del maestro Lee, que supo transmitir las ideas del hindú y adaptarlas a las enseñanzas del Jeet Kune Doo.

Cuando se trasladó de Seattle a San Francisco para cursar sus estudios superiores de filosofía vio claro que el camino a seguir era la enseñanza. En sus clases solía citar a Confucio y a Lao Tsé: “pero muy pronto hizo esa transición él mismo y se convirtió en el filósofo”, según decía uno de sus mejores alumnos, Taky Kimura, quien fue el primero en sugerirle que abriera su primera escuela, el Jun Fan Gung Fu Institute. Nunca dejó de enseñar, sin importarle raza, religión o estatus. Nunca dejó de tener alumnos y alumnas, una de ellas, la más importante, Linda Lee Cadwell, esposa y madre de sus dos hijos: Shannon y Brandon Lee, continuista de la leyenda negra o tradición macabra que acabó con la vida de su padre. Tanto en Juego con la muerte como en El cuervo, directores, operadores de cámara y montadores se las tuvieron que ingeniar para resucitar cinematográficamente a padre e hijo, probablemente en el segundo caso el resultado fue mucho más satisfactorio, también es cierto que, aparte de que Brandon pudo rodar más material, los supervisores de efectos especiales echaron mano de una más que avanzada tecnología CGI. No ocurrió lo mismo con la peli de Robert Clouse, en la que tuvieron que emplearse a fondo con auténticos trucos de ilusionismo, la carencia de planos de Lee fue resuelta de una manera tan chapucera que, la que a día de hoy, el que se ha convertido en su legado post mórtem, es visto como una enorme broma grotesca. Precisamente en Juego con la muerte luciría el famoso conjunto amarillo unipieza rescatado por Tarantino para su Black Mamba de Kill Bil.

Game of death

Todo maestro tiene un maestro, Yip Man fue quien enseñó a Bruce los secretos del Wing Chun, una disciplina minoritaria dentro del Kung-fu chino. El Wing Chun se mezcló con el boxeo, ya que a Bruce le fascinaban los juegos de pies de los boxeadores porque los percibía como algo en constante cambio, en constante evolución. Jack Johnson, Gene Tunney o Jack Dempsey fueron algunos de los púgiles que más admiró. Poseía una gran colección de películas de boxeo que veía una y otra vez, pero sobre todo estudió la manera de pelear de uno de sus ídolos, Muhammad Ali, al que observaba y estudiaba meticulosamente a través de sus combates filmados, combates que visionaba al revés, es decir, los proyectaba hacia atrás, así podía percatarse de cada uno de los detalles y matices de sus movimientos, no sólo para aplicarlos al Jeet Kune Doo, sino porque además tuvo la intención de batirse en duelo con el propio Cassius Clay, hecho que no se consumó finalmente.

Bruce Lee consiguió algo utópico para la época, no sólo impulsó un nuevo nivel de respeto hacia la cultura china en los Estados Unidos, sino que además fue el primer asiático en protagonizar un blockbuster de acción en dichas frontera, Enter the Dragon, una de las obras maestras del género, potenciada por una de las bandas sonoras más sublimes y reconocibles de la historia del cine, ideada y compuesta por el argentino Lalo Schiffrin. Así es como finalmente Lee Revolucionó el establishment hollywoodiense al que me refería al principio. Steve McQueen, James Coburn, Kareem Abdul Jabbar, Roman Polanski, todos querían estar cerca de él, aprender de él. Fue a partir de entonces cuando ir al cine y toparse con un film protagonizado por una estrella de las artes marciales se convirtió en algo normal. Jackie Chan, Jet Li, Chuck Norris, Steven Seagal o Jean Claude Van Damme se lo deben todo. Al igual que los innumerables imitadores surgidos de la nada y que consiguieron ganar algo de dinero a su costa: Bruce Li, Bruce Le, Bruce Liang, Bruce Lei, Dragon Lee, Bronson Lee… Bruce Lee es inmortal, las producciones hongkonesas de Raymond Chow, la edición y re-edición de biografías y estudios, cómics, documentales, videojuegos, cuántas veces no habré elegido a Fei Long en Street Fighter o a Liu Kang en Mortal Kombat. Es absolutamente imposible borrar de nuestra mente a uno de los grandes superhéroes de nuestro tiempo, un tipo miope de sesenta y tantos kilos que nació, caprichos del destino, el día y mes del Dragón. Alguien que portó consigo un medallón en el que podía leerse: “No tener ningún camino como camino, no tener ninguna limitación como limitación”.

Enter the dragon

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