Críticas: Paraíso. Amor

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Paraíso amor portada

A la gente no le gusta que la confronten con la realidad. Le gusta ser confrontada con una realidad consumible. Incluso la violencia más brutal nos es mostrada de manera que pueda ser consumida con la intención de fascinarnos, pero no de conmovernos. Yo siempre busco la forma para tratar de conmover a la gente.

Michael Haneke.

¿Es casual que dos de los cineastas que más inciden en sus películas sobre las causas que las fracturas sociales europeas provocan en sus ciudadanos compartan similitudes en sus voces cinematográficas? Aunque solo sea por el tratamiento de los temas, del director Ulrich Seidl no se puede decir que no vaya a la zaga de Michael Haneke. Decir esto ya es decir mucho sobre la trilogía que se estrenará a lo largo de este mes y que ha sido presentada en las secciones oficiales de tres de los festivales más importantes: Berlín, Cannes y Venecia. Paraiso: Amor, es la primera entrega de la serie que retrata a tres mujeres de una misma familia en la que se desarrolla en cada una de ellas cómo pasan sus vacaciones.

En esta primera parte, Teresa, decide viajar a África buscando el amor después de sufrir consecutivas decepciones amorosas. En la segunda (Paraiso: Fe), su hermana Anna Maria optará por intentar convertir a otros a la fe católica y, en la tercera (Paraiso: Esperanza), la hija de Teresa, Melanie, se apuntará a un campamento para adolescentes con sobrepeso. La búsqueda de la felicidad es el eje de la propuesta rodada con la idea de ser una única película pero que, la autonomía que poseía cada historia, terminó por definir los tres relatos de tres mujeres con tres formas (el término forma posiblemente sea un eufemismo de necesidad) de pasar las vacaciones.

Paraíso amor 2

La filmografía del director austriaco Ulrich Seidl es tan controvertida e indigesta como la del director Michael Haneke. Su método abierto constituye una manera de entender el cine: rodar la ficción como si de un documental se tratara, acercarse a los cuerpos, mezclar actores profesionales y no profesionales para aproximarse a la realidad, los guiones no suelen estar cerrados, las escenas se describen con detalle y sin diálogos, trabajándose éstos en el set con los actores, ya que “realizar una película es un proceso que tiene en cuenta los resultados de cada día de rodaje”, de este modo, el desarrollo de la acción permite mantener las opciones abiertas para la construir la narración durante el montaje. Podría parecer un decálogo dogma, pero no.

Paraiso: Amor desarrollaba una historia larga y más detallada sobre guión, sin embargo, el proceso de casting y el hallazgo de la actriz Margarethe Tiesel como protagonista, modificaron sustancialmente la historia dejándola en una premisa mucho más simple: el de una mujer blanca que viaja a Kenia por primera vez buscando el amor. Focalizar la búsqueda del amor en una cultura opuesta ayuda a explorar los límites del personaje, sus contradicciones y del término turismo sexual. Ese paraíso acaba por asociarse a un ideal mucho más contemporáneo y capitalizado: sol, mar, libertad, amor y sexo antes que la idea primigenia del paraíso como estado de felicidad permanente. En esta primera parte, Seidl muestra como la consecución del sueño se persigue por medio del otro más que por la lucha de uno mismo y cómo, sobre esa estrategia, sólo puede sobrevenir el fracaso.

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La película aborda abiertamente y con total claridad el tema del turismo sexual femenino, el de las mujeres inseguras por los cánones de belleza dictados en occidente que se sienten rechazadas en su entorno pero que, en otras culturas, suponen todo lo contrario para el hombre o bien resultan una fuente de ingresos con la que sostener a sus familias. En mi opinión, esta idea dista mucho de las voces ensalzadas por algunos tildando la propuesta de provocadora por la aparente simplicidad de la premisa, por la fisicidad de los cuerpos y las escenas mostradas. La provocación que da pie al debate debe ser bien recibida. Es una pregunta directa que debe ser confrontada y que, si no es para obtener una respuesta clara de la índole que sea, al menos que sirva para admitir que no se está preparado (o interesado) en afrontarla.

Seidl es incómodo y áspero en el retrato de sus personajes. En este caso, en Paraiso: Amor explotador/explotado intercambian los roles constantemente y cuando parece que uno de los dos personajes ha dado en la diana, Seidl dilata el momento, le da la vuelta y el explotador se convierte en el explotado y luego otra vez al revés y, de ese juego, cava y extrae el subtexto: al final ya da igual quién consigue su objetivo en la secuencia, lo importante es que se terminan por desnudar las necesidades del alma y, cuando éstas saltan a la vista, hieren. Y en ese punto, se encuentra la cita con la que se inicia la reseña: se prefiere una realidad consumible a confrontar una realidad mundana porque su cercanía produce rechazo. Esa es la provocación de Seidl, esa es la propuesta de Seidl y esa es la reflexión pesimista de Seidl sobre el amor.

Paraíso amor

Este juego es muy similar al de su paisano Haneke. Sin embargo, mientras que éste prefiere intelectualizar y abofetear con su discurso frontalmente, Seidl utiliza un fino y negrísimo sentido del humor disfrazando el choque directo. Es curioso como dos miradas que comparten similitudes en la disección del comportamiento humano y que formalmente trabajan básicamente a plano fijo, corte en montaje y sonido diegético puedan sacarle tanto partido: el primero a través de la forma y el segundo a través del fondo. El sentido documental que Seidl le da a sus películas recae en el uso de la cámara-testigo, no incidente, nada autónoma y sí retratista de los personajes, de sus cuerpos, de la técnica de la  improvisación para dirigir a los actores que les conduce a la verdad. No por ello, deja de trabajar la estética de sus encuadres (la imagen de Teresa dormida sobre la cama de Munga les llevará directamente a Lucien Freud), la frontalidad se convierte en un pie forzado siempre a favor de la historia, de lo que sucede dentro del encuadre haciendo uso de ese humor silente que se resuelve en la composición (Haneke es más complejo articulando sus encuadres, el fuera de campo con el sonido o su capacidad por extraer más información de los personajes mediante el montaje, por poner algunos ejemplos), con una excelente fotografía elaborada de manera naturalista y con gusto por paletas de tonos suaves.

Paraiso: Amor es la promesa de una trilogía, cuanto menos, intensa, apta para apasionados debates, de lo contrario, prueben al salir de la sala visionar en sus mentes el plano que da inicio a la película: lo comprobarán.

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