Cara o cruz: Mud

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La nueva película de Jeff Nichols enfrenta a nuestros redactores.

Cara por Snuff

Todos esperábamos la última de Jeff Nichols. Con muchos pretextos, uno de ellos habernos dado una de las mejores o como poco más interesantes propuestas de 2011: Take Shelter. Otro de estos pretextos podría ser el querer ver a Michael Shannon (actor fetiche de Nichols desde su debut con  Shotgun Stories) poniendo ojos de Michael Shannon con desmedida intensidad. Los de este segundo pretexto quedaréis defraudados: Shannon tiene un rol mínimo en la película y además completamente fuera de sus habituales papeles de hombre de mirada turbadora que encierra un infierno en su cabeza.

Salvado este imaginario bache, la historia se desarrolla alrededor del Mississippi, a donde unos llegan para trabajar y otros para estar tranquilos. Si os gustan las películas que se desarrollan al sur de Estados Unidos, donde hombres no particularmente cultos huyen y comparten su particular código de honor, donde los cowboys modernos han ido a parar, estáis de enhorabuena. Bueno, el sur de EEUU o sus zonas rurales: recordé mucho Winter’s Bone, que se desarrollaba en Missouri.

Mud podría ser una versión muy libre de Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain. Flota sobre la película cierto aire a adaptación cinematográfica de una novela… pero no, estamos ante cine de autor y el guión es del propio Nichols.

El protagonista es un chaval de 14 años, Ellis (Tye Sheridan) que con su compañero de aventuras Neckbone (Jacob Lofland) encuentran en una isla una embarcación atrapada en un árbol debido a las inundaciones. Pronto descubrirán que Mud (Matthew McConaughey), un misterioso hombre con aspecto de vagabundo, se declara propietario de la barca, aunque está dispuesta a cederla por algo de comida. Así se establecen las bases para lo que acaba siendo una película “de iniciación”, del paso de la niñez a la vida más o menos adulta, que se observa con disgusto y desencanto.

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Ya desde su introducción (¡Botas con una cruz en el tacón!) el personaje de Mud resulta de un demencial magnetismo. El retorno de McConaughey está siendo algo que seguir con interés (increíble en Killer Joe, más que correcto en The Paper Boy) y en esta ocasión sabe estar  a la altura de su personaje, un tipo que parece una leyenda viviente. Su caracterización, su moreno sucio, su tatuaje, su camisa, su pelo creciendo descuidadamente hacia atrás… son elementos que contribuyen bastante a ello.

Una historia sobre hombres de honor, sobre no decir nunca nada, sobre tomarse la justicia por tu mano, sobre hablar de “el gobierno” con cara de pocos amigos y, sobre todo, en tercera persona… es un buen drama sureño. Nichols dirige de manera intrépida, se embelesa en sus propios planos medios y nadie puede culparle por ello. Tiene un par de secuencias de acción memorables (cierto viaje al hospital aún retumba en mi memoria) y dirigidas con acierto, donde la adrenalina vuela.

La música vuelve a estar a cargo de Dave Wingo, que si bien no tiene tanta presencia como en Take Shelter, sabe darle empaque a algunas de las secuencias.

Detalle de reparto: aparece Paul Sparks, (Mickey Doyle en Boardwalk Empire, el de la siniestra risa nerviosa).

Lo genial de la historia es que sea a la vez drama sureño, película de iniciación… y que acabe hablando de hombres rotos por amor. Prácticamente todo personaje masculino que aparece en la película está lidiando con una mujer o su recuerdo. Es increíble que pueda ser estas tres cosas con acierto. Y que como buen drama sureño, acabe hablando de la libertad (entendida a la americana) y de su incansable búsqueda. Todo en dos horas y algo, que en realidad vuelan, a pesar de que a Nichols le gusta tomarse las cosas con calma.

Totalmente recomendable. Jeff Nichols es uno de los directores estadounidenses a seguir con atención.

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Cruz por Daniel Jiménez Pulido

En Take Shelter (2011), la anterior película de Jeff Nichols, Curtis (Michael Shannon), un obrero de clase media de la América profunda, empezaba a experimentar una serie de sueños presuntamente premonitorios sobre el fin del mundo. Incapaz de distinguir la línea que separa lo real de lo imaginario, la máxima vital de Curtis pasaba por construir un refugio bajo tierra en el que salvaguardar su existencia y la de su familia. El falso clímax final, sin embargo, parecía responder a las previsibles expectativas de un espectador que, pese al fuerte carácter psicológico de la película, anclado a la realidad que le rodea y más cercano al conjunto de esa sociedad dibujada en la película (la familia, los vecinos, los compañeros de trabajo de Curtis…), lo ve todo desde la distancia promovida por el director, mientras Nichols, en una pirueta de guión, lo desarmaba de nuevo en el (ambiguo) epílogo de aquella notable propuesta.

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En Mud, su último trabajo, el despertar de un joven a mitad de camino entre la infancia y el mundo adulto, tan distinta en tono a su anterior propuesta, parece marcar cierta similitud en algunos de sus planteamientos narrativos. El trabajo con el punto de vista vuelve a marcar la percepción del relato del mismo modo que en Take Shelter. Aunque si bien aquélla jugaba, en cierta medida, a situarse en un punto intermedio, es decir, en la equidistancia del mundo exterior de la familia (y el conjunto de una temerosa sociedad que cuestiona al individuo) y la psique de Curtis (lo interior) hasta su controvertido epílogo, en Mud esa visión de la vida a través de los ojos de Ellis (Tye Sheridan), un niño que, junto a su inseparable amigo Neckbone (Jacob Lofland),  materializa sus fantasías en una pequeña lancha recorriendo las pantanosas aguas del Mississippi a su paso por Arkansas (válvula de escape ante un mundo adulto duro y hostil), parece llevarse hacia mayores extremos. La vida como inabarcable escenario de juegos, la noche abrigando las furtivas correrías de dos niños por los pantanos de la Norteamérica sureña bajo riesgo de bronca paterna, familias desestructuradas y el descubrimiento de una lancha encima de un enorme árbol. Una exploración a los rincones de la niñez dentro de un contexto espacial salido, prácticamente, de los relatos de Mark Twain en el mismo corazón de la Norteamérica Profunda. Un marco geográfico diferente al de Take Shelter, cierto, pero de reconocible espíritu. Allí, en su lugar secreto, como dos exploradores en una isla y el bote como caprichosa casa del árbol, descubren que no están solos. Bajo las facciones de un cada vez más interesante (interpretativamente hablando) Matthew McConaughey, un misterioso personaje se esconde de alguien. Es en esos terrenos, en la relación de Ellis y Neckbone (especialmente el primero) con Mud, donde se concentra el músculo narrativo del film. Por el espejo que representa ese personaje para dos niños a las puertas de un nuevo mundo, pero también por erigirse en la personificación de una figura paterna fruto de la inestabilidad familiar y una excesiva idealización del personaje que, en última instancia, también desemboca hacia el desencanto con la realidad. Como la vida de Ellis y sus padres en una casa flotante que la presión burocrática amenaza con hacer desaparecer.

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Ante el caótico y complejo mundo adulto a ojos de Ellis, distorsionado y viciado bajo los efluvios de aquellos pocos a los que ha conocido: su padre (Ray McKinnon), Galen (Michael Shannon), el tío de Neckbone al cuidado de este por la muerte de sus progenitores o el viejo Tom Blankenship (Sam Shepard), su poco amigable vecino de oscuro pasado que vive a la otra orilla del rio; se erige una visión reduccionista y algo misógina de la mujer en un mundo masculino de perdedores (la madre vista como responsable de la inestabilidad familiar tal y como le recalca su padre, el desencanto del primer amor o el carácter impredecible de Juniper, el eterno amor de juventud de Mud, interpretada por Reese Whiterspoon) que estalla hecha pedazos, para suerte del aprendizaje vital de Ellis, al golpe sobre la mesa dado precisamente por su madre durante una discusión climática entre progenitores.

Al final todo es una cuestión de punto de vista. Porque mientras los subrayados, la pérdida de la sugerencia de su anterior propuesta o los abruptos desvaríos y excesos de sus minutos finales podrían perfectamente llenarnos de bilis, podríamos considerar que, quizás, el mundo interior idealizado de Ellis acaba contagiando al relato e imponiendo sus reglas. Es lo que sucedía (con mucha mejor fortuna) en Take Shelter y es, probablemente, lo único que podría salvar los (absolutamente fuera de tono) minutos finales de una película, aceptadas o no estas (sobre)interpretaciones, tan interesante como descompensada…

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