Festival Rizoma: Día 3

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Paradiso

El tercer día en el festival madrileño estuvo dedicado casi íntegramente a la proyección de las películas candidatas al Premio Rizoma de esta edición. La distinción está pensada para ofrecer a cineastas emergentes españoles, habitualmente con propuestas arriesgadas cuya visibilidad se supone muy reducida, la posibilidad de optar a un contrato de distribución multiplataforma patrocinado por Cameo, Cines Golem, Filmin y la neoyorquina Zeitgeist Films.

Tras el eco obtenido por la ganadora de 2012 –Diamond Flash de Carlos Vermut–, este año el galardón ha recaído en Paradiso, del también debutante en el largometraje Omar A. Razzak. Se trata de un documental que nos sitúa en el microcosmos del Cine Duque de Alba, la última sala X de Madrid. Desde que se puede acceder a las películas pornográficas haciendo dos clicks, el cine pervive gracias a las historias humanas que comparten una serie de pintorescos clientes fijos, que han dejado las proyecciones en un plano absolutamente secundario. Resulta muy significativo que, en casi hora y media en el interior de un cine X, en ningún momento se hable de sexo: se explora la vida que resiste en un lugar que se agota, se escucha a personas atrapadas en una isla más propia de otro tiempo en pleno centro de la capital, pero da la sensación de que podíamos estar dentro de un cine convencional o incluso de cualquier otro establecimiento. Los entrañables personajes principales, taquillera y proyeccionista, se esfuerzan por tratar bien al cliente y mantener cuidado un espacio desolador en contra de la realidad que les acecha, alma de un curioso trabajo que pronto será expuesto al público.

Cabás

Cabás, de Pablo Hernando –antiguo colaborador de Vermut, no en vano Diamond Flash aparece aquí casi publicitada–, presenta una propuesta también arriesgada, aunque radicalmente distinta a la de Razzak. Cuenta la historia de Xabi, un joven que tras ser abandonado por su novia se encuentra de repente solo entre las paredes de un piso amplio y prácticamente nuevo. Tras intentar reponerse a base de libros y cine de autor, pronto se da cuenta de que sin ella nada tiene sentido, lo que le hará perder la cabeza y llevar la película a un terreno totalmente distinto, en el que prima lo onírico. El protagonismo de los sueños de Xabi, durante muchos minutos único personaje de la película en los grandes espacios que habita, desinfla por completo lo que había comenzado con tino al mostrar el vacío cotidiano que se afronta al terminar una relación.

Enxaneta

Una chica. Un chico. Una playa. No hace falta nada más para hacer una película según el director de Enxaneta, Alfonso Amador. La ganadora del segundo premio Rizoma de distribución de este año, no es una historia de amor al uso, no es “chico encuentra chica y son felices”. El esquema narrativo del film imita a los niños castellers de los que toma el nombre la película, subiendo la pendiente de la historia de amor a través de Blanca hacia el punto álgido de la película, y descendiendo de ella por el lado contrario, es decir, a través de Alberto. Sin embargo, el castell que representa la historia, no cae con el descenso, se mantiene subiendo y bajando en un círculo vicioso en el que se mueven los protagonistas. Enxaneta bebe directamente del cine de Eric Rohmer en cuanto a la sencillez de la propuesta pero al mismo tiempo de lo enrevesado de las circunstancias que obligan a las parejas a no estar en el mismo punto a la vez, pero sobre todo Amador sintoniza los paisajes de la costa mediterránea con los sentimientos y los gestos de los personajes, con un guión parco en diálogos, que solamente utiliza para charlas o discusiones cotidianas, como suele ser habitual en muchas de las películas de Rohmer. Pero quizá sea la poca profundidad de esos mismos diálogos el punto más débil de la cinta, que dice más con el simbolismo de la superposición de los montes Uluru y Montgò sobre la separación emocional de la pareja que lo que los propios actores demuestran con sus peleas vacías de contenido. A pesar de ello, Alfonso Amador demuestra que el cine español está lleno de ideas muy prometedoras, a las que hay que seguir apoyando con iniciativas como las de los premios Rizoma.

Ilusión

Y hablando de apoyos al nuevo cine español, la cuarta finalista al premio de distribución Rizoma, la delirante Ilusión, es todo un ejemplo de lo que tienen que sufrir los aspirantes a profesionales del sector para sacar adelante sus proyectos. El director, guionista, músico, próximo encargado de vestuario y protagonista, Daniel Castro, intenta por todos los medios que algún productor le financie su guión sobre los pactos de La Moncloa, tema apasionante donde los haya, en forma de musical con canciones por supuesto escritas e interpretadas por él. En su afán de vivir de su sueño de ser director de cine y poder llegar a ganar un Oscar, Daniel rechaza todo atisbo de vida “normal”, con un trabajo remunerado y estable, lo que provoca que su novia le eche de su casa. Desesperado, y sin nadie que le ayude, incluyendo a sus propios padres, Daniel vaga por Madrid de un lado a otro para poder dormir, sin separarse nunca de su póster de Annie Hall. Hasta que recibe una llamada que lo cambia todo…

En la línea del documental del que hablamos hace unos meses, Buscarse la vida en el cine, Castro retrata con humor y con una estructura entre lo documental y la ficción, las vicisitudes en las que se encuentran hoy en día tantos directores noveles, a los que les es imposible acceder a los cauces establecidos para la producción y distribución de sus películas. Es por esto mismo que ésta es una película autofinanciada como tantas otras que se hacen en estos tiempos. Rodada con dos cámaras de fotos, lo que importa en películas como ésta es más la historia que cuenta y cómo se cuenta que las virguerías técnicas de las que carecen por no disponer de medios para ello, e Ilusión transmite precisamente esa misma ilusión por hacer cine, de una manera sencilla pero directa e increíblemente divertida. Las referencias y guiños cinéfilos, así como la ciudad de Madrid, son dos personajes más en esta ocurrente comedia, que incluye además en varias escenas uno de los puntos de encuentro de este festival Rizoma que está llegando a su fin, la legendaria Librería Ocho y medio, propiedad del tristemente desaparecido Jesús Robles.

Texto por Sergio de Benito y Mari Carmen Fúnez

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