Especial El espíritu de la colmena

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El espíritu de la colmena

Recordamos la obra maestra de Víctor Erice.

Hemos querido recordar este clásico del cine español, sin duda una de sus obras fundamentales, por un doble motivo, despedir a esa figura clave para entender nuestra cinematografía llamada Elías Querejeta y animar a aquéllos que aún no la han visto a que se acerque a los Cines Renoir, que han tenido la valentía de programar cuatro pases (dos en Madrid y dos en Barcelona) los próximos 12 y 13 de julio. Una cita imperdible, creemos nosotros, para reencontrarnos de nuevo con el cine en mayúsculas.

Al margen de la colmena por Diego Bejarano

Película isla en la historia del cine español, obra poética de creciente envergadura que ha adquirido con los años la categoría de lo mítico, El espíritu de la colmena se sitúa, desde la propia raíz del relato, en esa fina línea que separa lo real de lo imaginado, el mundo tangible del onírico. Nos movemos en terreno inseguro, pues es esta una aventura de iniciación personal filtrada por la mirada inquieta de una niña que, impulsada por el miedo y el deseo, explora a marchas forzadas los horrores de la posguerra; la película extrae honda reflexión de ese monstruo fantasmático, símbolo archipresente de, entre otros, la opresión franquista reflejada en el maquis de la casa abandonada, la incomunicación familiar que se vislumbra entre los padres y el misterio de la vida y la muerte que perturba a las niñas tras la proyección del clásico filme de James Whale. El espíritu de la colmena es una obra que posee, por tanto, una dimensión social, humana, espiritual y hasta metacinematográfica –capaz de rastrear en sus fotogramas, incluso, la huella de los Lumière–, de incontables lecturas, herencia universal de lo acontecido en un contexto particular, que proyecta nuestra historia, sí, pero también la de tantos seres humanos que se sienten, como Ana, al margen de la colmena.

El espíritu de la colmena 2

Érase una vez… por Sofia Perez Delgado

No en vano El espíritu de la colmena, primer largometraje de Víctor Erice, empieza con un “Érase una vez…”. La película es un perturbador cuento hecho de recuerdos  que capta, precisamente, el “espíritu” de una época adormecida, que gracias a Erice permanece congelada en nuestras retinas, quizás sólo enturbiada por esa pátina de polvo que siempre envuelve a la nostalgia. Todo es mentira en el cine, como bien afirma la hermana mayor de Ana, la protagonista. Pero dentro de esa mentira, se pueden alcanzar grandes cotas de verdad. Erice le descubre a la pequeña Ana la magia del cine, y a los espectadores una nueva forma de verlo, a través de la inocencia de la niñez, que queda corrompida una vez que se traspasa la barrera de la ficción y la imaginación, cuando aquello que sólo estaba proyectado sobre una pantalla se convierte en realidad. Una revelación que nos deja maravillados y a la vez traumatizados, obligados a madurar intelectualmente de golpe. En el caso de Ana, el shock es tan violento que le hace despertar, ser capaz de salirse de ese engranaje mecánico pero sin vida que es la sociedad rodeada de fantasmas del pasado en la que está creciendo, y ver más allá de la materialidad. Difícilmente clasificable y abierta a innumerables interpretaciones, El espíritu de la colmena es un proyecto artístico puro, que deja que la belleza y elocuencia de las imágenes sean las que configuren la críptica historia, convirtiendo su visionado en una experiencia estética irrepetible. Un clásico por méritos propios que debería, al igual que hace con Ana, abrir los ojos y las mentes de aquellos que se encierran en su infundada idea de que nada valioso ni original se ha hecho nunca dentro de nuestro cine.

El espíritu de la colmena 3

Porque sueño no lo estoy por Martín Cuesta

Ser persona o no serlo, tener la capacidad de transformar la fantasía en realidad, atreverse a encarnar los sueños o elegir perderse en la rutina de los movimientos mecanizados y predecibles de la colmena, Erice no está interesado en explicitar las causas primeras que condenan al estatismo a sus criaturas, causas que uno sólo alcanza a columbrar entre cartas a medio redactar, viejas fotografías y trenes con destino a ninguna parte: la pérdida de la guerra, de la familia, de las ganas, de todo aquello en lo que uno alguna vez creyó. Sólo Ana y su mirada fascinada, sólo ella entre todos los habitantes de ese pueblo de la meseta castellana donde se percibe como un objeto físico lo opresivo de su atmósfera, parece tener la capacidad no sólo de transformar el cine en vida, sino de reclamar una identidad propia entre las abejas que pululan a su alrededor: “Soy Ana” dice y entonces descubrimos que lo que nos hace seres individuales, que el verdadero motor de lo humano en nuestro interior es el sueño, “porque sueño no lo estoy” podría decir Ana y nosotros cuestionarnos hasta qué punto la metáfora de Erice sigue formando parte de nuestra realidad, si no seguimos siendo miembros de esa colmena, preguntarnos en definitiva dónde quedó nuestra capacidad para fascinarnos, dónde nuestra inocencia.

El espíritu de la colmena 4

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