Críticas: Star Trek. En la oscuridad

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STAR TREK INTO DARKNESS

Superando a su primera entrega, J.J. Abrams vuelve al universo Star Trek con una trama mucho más oscura y madura que su predecesora. Un inteligente blockbuster que se configura como indiscutible rey del verano.

Un plano cenital, un rápido zoom y dos personajes corriendo a través de una selva de raquíticos árboles rojos mientras son perseguidos por los indígenas de un planeta remoto. Una especie de pergamino sagrado parece ser el responsable de la persecución que amenaza la vida de unos misteriosos intrusos cuyas (familiares) identidades pronto nos son reveladas, mientras el resto de la tripulación del Enterprise deberá apaciguar la furia de un volcán que amenaza la propia integridad del planeta a la vez que permanece oculta a ojos de una civilización ajena a los poderíos tecnológicos de los humanos del futuro lejano. Rojo y amarillo (el de la vestimenta de los autóctonos), movimiento y desenfreno en la declaración de intenciones que J.J. Abrams pone sobre la mesa en la primera secuencia de la secuela de una saga que él mismo se encargó, muy notablemente, de revitalizar.

Una trepidante carta de presentación que, de entrada, sirve para dejar claras algunas cuestiones. La primera de ellas es el amor incondicional de Abrams al cine de Spielberg que se desprende no solo por su poco velado homenaje al prólogo de En Busca del Arca Perdida (Raiders of the Lost Ark, Steven Spielberg, 1981), sino también por el espíritu lúdico presente en el cine más identificable del veterano director estadounidense. Esto no es nada nuevo, sobre todo después de aquel agradable pastiche nostálgico (quizás demasiado) que fue Super 8 (2011), pero parece apuntillar más si cabe la (mutua) relación de profundo respeto que el creador de Perdidos mantiene con el director de Tiburón (Jaws, 1975), absoluta referencia directa. La segunda, aunque irremediablemente emparentada con la primera, es que Star Trek: En la Oscuridad apuntala la huida del inmovilismo y la celebración de la aventura y el movimiento perpetuo que supuso el reinicio orquestado por el propio Abrams en una trama que funciona a golpe de cliffhanger. Y la tercera confirma que, a pesar de un torbellino CGI tan ruidoso como fascinantemente orquestado, hay algo más allá de esa idea del “más grande todavía” (que también) impresa de serie en todo blockbuster actual, más si cabe tratándose de una secuela. Polémicas con semidesnudos gratuitos aparte, resulta patente el esfuerzo por que todo lo expuesto en pantalla funcione en el contexto de su esqueleto narrativo. Su mismo prólogo funciona como piedra angular del arco dramático del film: los dilemas entre el cumplimiento del deber por encima de las emociones y los sentimientos, en situaciones límite, dibujadas en la relación entre Kirk y Spock o los altos valores morales de las misiones del Enterprise contra la corrupción del sistema y el desprecio hacia el intelecto inferior (el cual hay que exterminar, en contraposición a lo que veíamos en estos primeros minutos de la película) pregonada por el villano del film son temas de fondo que emergen durante unos primeros compases que nada tienen de gratuitos.

HH

Star Trek: En la Oscuridad, libre de las obligadas ataduras de su primera entrega y obviando las presentaciones de su reboot, deja paso a una exploración en mayor profundidad de sus personajes y la relación de los mismos dentro de un relato que hunde sus inquietudes en un contexto sociopolítico fácilmente identificable: el de la paranoia y el terrorismo, la corrupción y las conspiraciones de una trama argumental inundada por la oscuridad. El de las nuevas cotas y terrenos por el que transitan el impulsivo Kirk y el gélido Spock, enfrentados a un villano de envergadura, invisible, poderoso y ambiguo, siempre un paso por delante, que traslada la destrucción y la confusión a esa misma Londres futurista. La revelación de la identidad de un fantástico villano bajo las inquietantes facciones (y autoritaria voz) de Benedict Cumberbatch, destapa el guiño a aquella Star Trek II: La Ira de Khan (Star Trek II: The Wrath of Khan, Nicholas Meyer, 1982) a la vez que la conversación entre el joven Spock (Zachary Quinto) y su versión futura, bajo el cameo de Leonard Nimoy, respecto a la identidad y posible amenaza de ese misterioso personaje parece responder a un diálogo intergeneracional y metacinematográfico de carácter casi posmodernista. Porque más allá de una preocupación por plasmar en pantalla un espectáculo pirotécnico de primer orden, está la necesidad no solo de hilvanar una historia que importe al espectador, sino también la de construir unos personajes con los que resulte fácil empatizar. Star Trek: En la Oscuridad consigue ese magnífico equilibrio en base a un guión bien hilvanado en el cual los efectos especiales sirven como una herramienta fundamental (y no al revés) en el armazón narrativo de un conjunto sólido, siempre interesante y superior al de su primera entrega. Porque si hay algo valioso en la secuela facturada por Abrams es el respeto de su responsable, no solo con el material que tiene entre manos sino también, y esto es lo más importante, con el propio espectador. Algo loable en tiempos donde una mayoría de blockbusters son engullidos por el ruido, la mediocridad y la falta de personalidad.

HH

El sello de J.J. Abrams, obsesión por el uso de flares aparte, es apreciable en cada fotograma del film. Y aquí cabría destacar dos aspectos fundamentales. El primero es el honesto reconocimiento, por parte del propio Abrams, sobre el hecho de que nunca ha sido seguidor de la fructífera saga. Y la segunda es otra de las referencias directas, y tan en boca de todos gracias a recientes e inesperados anuncios, que se establece con el universo Star Wars de George Lucas. Batallas estelares, mundos fantásticos y un diseño de sonido a cargo del propio Ben Burtt. Para alegría o desgracia del trekkie, la nueva entrega de esta Star Trek hipervitaminada, parece ser el campo de pruebas perfecto para preparar el terreno de lo que será el futuro Episodio VII de una franquicia de la que Disney quiere seguir exprimiendo y que, visto el resultado, no ha podido caer en mejores manos. Sin embargo esta sensación, que resultaba tan evidente en su primera entrega, parece atenuarse en una secuela menos desatada que la anterior, en la que Abrams ha intentado encontrar un mayor equilibrio. Star Wars, sigue emergiendo en la superficie de la nueva Star Trek, cierto, pero el loable intento de su máximo responsable por equilibrar el ADN de una y otra parece denotar madurez en un director a cuya corta filmografía aún le queda un gran camino que recorrer.

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