Críticas: Llévame a la luna

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CAH Llévame a la luna

Diane Kruger siempre es una opción.

Vendida como la nueva comedia de los creadores de Los seductores (una de las películas de su género más deliciosas de los últimos años), y de los productores de Intocable, llega a los cines de España Llévame a la luna, dispuesta a convertirse en el fenómeno francés de la temporada. La película parte de una premisa ya de primeras absurda: durante muchas generaciones, los primeros matrimonios de todas las mujeres en la familia de Isabelle han acabado en divorcio. Es como una especie de maldición. Nos encontramos entonces con la típica historia de manual en la que Isabelle, que ha encontrado al hombre de su vida, decide evitar esa maldición buscando a un perdedor cualquiera al que engañar para casarse y luego divorciarse rápidamente. Pero su plan perfecto (como dice el título original de la película) se complicará con la aparición de Jean-Yves, un bonachón y enamoradizo guía turístico… Y ya nos imaginamos cómo seguirá, lo que pasará, y cómo terminará, y probablemente no nos equivoquemos en nada.

Dirigida por Pascal Chaumeil, artífice de la anteriormente mencionada Los seductores,  Llévame a la luna comparte con su predecesora gran parte del equipo técnico, y estructura en cuanto al tema de trucos y engaños, así como el desarrollo de personajes elegantes en un ambiente cosmopolita. Pero por lo demás, no tienen nada que ver. Porque si Los seductores tomaba todos los tópicos del género, y sin saltárselos, sabía jugar con ellos, Llévame a la luna es más de lo mismo de siempre, pero peor, más exagerado y más trillado. Un proyecto ambicioso rodado en localizaciones de distintas partes del mundo, pero que se desborda en sus pretensiones, como se ve por ejemplo en los efectos visuales, que dejan bastante que desear (ese león, que se nota muy introducido con ordenador, o el avión en el que pierden la gravedad).

Llévame a la luna 2

La película se desarrolla en dos partes, la primera en Kenia, donde Isabelle tiene que enamorar a Jean-Yves para casarse con él, y la segunda en Moscú, donde tendrá que hacerse la odiosa para conseguir que quiera divorciarse. La primera es un cúmulo de tonterías sin sentido con algún momento lúcido aislado, pero que pierde todo el interés en cuanto empieza a introducir todos los estereotipos africanos imaginables de una manera europeamente ignorante. La segunda es más divertida y tiene más malicia, recuerda incluso un poco a los momentos menos inspirados de películas del estilo de Cómo perder a un chico en 10 días, incluyendo la consabida escenita de baile que tendría gracia si no fuera ya casi una obligación en todas las películas del género. Hablando del tema musical, no podemos dejar de hacer referencia a la banda sonora original del gran compositor Klaus Badelt, que lo mismo podría ser suya que de cualquier otro, ya que queda oculta tras un montón de canciones a cada cual más manida y reutilizada en cientos de películas, que van desde el Tu vuò fa l’americano versión Yolanda Be Cool a Highway to hell  o el final con Love is in the air, el colmo del empalagamiento.

La realidad es que, por mucho carisma que tengan por separado (que lo tienen de sobra), es absolutamente increíble que la sofisticada Isabelle, interpretada por una espléndida Diane Kruger en un registro muy diferente a lo que nos tiene acostumbrados, pueda acabar con el sumiso Jean-Yves, a quien da vida el divertido Dany Boon, director, guionista y protagonista de, entre otras, la estupenda Bienvenidos al Norte. Y no se debe sólo a lo diferente de sus personajes, si no porque no tienen química en absoluto, te los puedes creer como falsa pareja, pero nunca como pareja de verdad. Las escenas románticas entre ellos (que son bien escasas, no sé si porque el propio director es consciente de lo poco que funcionan), son bastante patéticas. Mientras, alrededor de ellos el elenco de secundarios, entre los que están Alice Pol, Robert Plagnol o Jonathan Cohen, se pelea por ver quién es el más anodino y quién el más esperpéntico, sin término medio.

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Aunque en Llévame a la luna es la mujer la que lleva las riendas de la situación todo el tiempo, y maneja al resignado protagonista a su antojo (algo que ya de primeras no deja en muy buen lugar a nuestro género), al final la película se resuelve en esa idea tan conservadora como arbitraria de que una mujer necesita una pareja a su lado para ser feliz, ya que si no, acabará siendo una amargada deprimida incapaz de rehacer su vida (no hay más que ver al personaje de la invitada a la cena familiar y cómo acaba su historia).  En fin, que si es muy habitual leer que el cine de terror necesita empezar a reinventarse, tres cuartos de lo mismo se puede decir de la comedia romántica, que con trabajos como Llévame a la luna da síntomas de su notable estancamiento. Está claro que una película en la que los mejores y más divertidos momentos son los de las tomas falsas de los créditos del final, tiene un grave problema.

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