Críticas: Hijos de la medianoche

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Hijos de la medianoche

Salman Rushdie llevado al cine por Deepa Mehta.

Ocho años antes de que convulsionara al mundo musulmán con su novela Los versos satánicos y fuera condenado a muerte acusado de apóstata por los líderes religiosos de Irán en su momento, el escritor hindú Salman Rushdie publicó otro de sus grandes títulos: Hijos de la medianoche. Ganadora del premio Best of the Bookers que se otorga a la mejor novela elegida por el público entre las ganadoras del premio Booker anual, es una epopeya sobre tres generaciones de una misma familia, que tiene como telón de fondo la historia de la independencia de India y sus confrontamientos posteriores con Pakistán, y que ahora se lleva al cine a cargo de la oscarizada directora hindú Deepa Mehta.

Hijos de la medianoche se narra en primera persona por Saleem, hijo ilegítimo de una bailarina ambulante nacido en la medianoche del 15 de agosto de 1947, justo en el momento en el que India se independiza de Inglaterra. A la misma hora y en el mismo lugar, nace el hijo de un matrimonio de clase alta, Shiva, y por causas ideológicas son intercambiados en el hospital, forjando así una vida completamente distinta a la que el destino le tenía reservada. Comenzando por la historia de amor de sus abuelos, un doctor inglés y la hija de un noble hindú, Saleem va relatando cómo su abuelo fue partícipe de los movimientos independentistas y cómo, después de nacer él, tuvo que trasladarse a Pakistán, refugio de la clase alta en su afán de independizarse a sí mismo de India. Paralelamente a la historia familiar vinculada a la de su país, Saleem posee un don especial que comparte con Shiva y con los demás niños que nacieron minutos después de aquella medianoche. Cada uno de ellos tiene un poder mágico que les ayudará a estar en contacto unos con otros y a sobrevivir a la convulsa crónica de las guerras entre Pakistán e India.

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La historia de una familia que tiene lugar durante más de 60 años, es como mínimo difícil de adaptar fielmente en una película aunque esta tenga un metraje de 148 minutos y, por desgracia, la transformación que Rushdie ha hecho de su propia novela para llevarla a la pantalla carece de un ritmo estable durante toda la cinta. Hay momentos de gran belleza y muy bien narrados como toda la parte inicial con el romance entre los abuelos de Saleem, y los años previos a la independencia, pero el guión está plagado de altibajos y secuencias precipitadas durante toda la infancia y adolescencia de Saleem, llegando incluso a hacernos perder todo el interés por lo que les pueda pasar a los protagonistas.

Éste es el principal defecto del film, el querer abarcar una historia demasiado amplia en poco más de dos horas y además hacerlo mezclando tal cantidad de géneros que no nos queda claro si estamos ante una comedia, un drama místico, una película histórica o una cinta típicamente “bollywoodiana”. Con un comienzo más que prometedor, Deepa Mehta desarrolla el dramatismo del guión de Rushdie haciendo hincapié en la frivolidad colorista de la visión amable que se tiene de India actual a través de Bollywood, y lo que por momentos parece una combinación dramática entre Cien años de soledad y la versión cinematográfica de La casa de los espíritus, de repente se torna en una vistosa exaltación esperanzadora a lo Slumdog Millionaire sin desarrollar en profundidad los sentimientos o las motivaciones personales de los personajes principales, a excepción de Saleem, ni la realidad política a fondo siendo esta el escenario principal de las visicitudes de su familia.

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Ese mismo caos argumental impide que la película nos deje apreciar grandes actuaciones ya que, a excepción de Satya Bhabba (Scott Pilgrim contra el mundo) que realiza una interpretación de Saleem bastante mediocre, el resto de personajes no tienen la suficiente fuerza como para crear como digo interpretaciones memorables.

Hijos de la medianoche es por tanto un intento fallido de mostrar un retrato histórico del siglo XX en La India, pocas veces reflejado en el cine, ofreciendo en su lugar un irregular revoltijo fantástico y sentimental que entretiene sólo en momentos puntuales, y que gustará a los amantes poco exigentes de la vistosidad exótica de la cara más amable del país.

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