Críticas: El vendedor

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La ópera prima de Sebastien Pilote llega a CAH.

Un coche accidentado. Sangre que tiñe de rojo el manto blanco que cubre el paisaje que nos lleva hasta un concesionario donde los operarios limpian la nieve de los coches expuestos para vender. No, no estamos en Fargo aunque el ambiente, las imágenes y la coincidencia en la profesión de los protagonistas nos retrotraigan por un momento a la película de los hermanos Coen. El vendedor comparte con aquélla todos los aspectos estéticos mencionados y la cotidianeidad de un pueblo que se ve alterada en esta ocasión por un suceso, no por anunciado, menos traumático para la población.

La historia de El vendedor tiene lugar durante un crudo invierno en una ciudad industrial próxima a Québec, que sufre las consecuencias de la crisis económica mundial cuando la fábrica de papel que da trabajo a la mayor parte de la población se ve obligada a cerrar. Marcel Lévesque, un exitoso vendedor de coches al borde de la jubilación, vive consciente de esa crisis pero al margen de ella en su pequeño mundo que se basa en su trabajo en el concesionario situado enfrente de su propia casa, y los ratos que pasa con su hija y con su nieto. Lévesque no es un comercial agresivo, no es un “tiburón”, sabe cómo tocar los resortes de los clientes en el punto exacto para conseguir que éstos le consideren un amigo y le compren un coche, pero esa burbuja en la que vive le hace ignorar la ruina que se cierne sobre los habitantes de la pequeña ciudad donde vive y tratar a toda costa de “colocar” el excedente de coches a cualquiera aunque no lo necesite.

CAH El vendedor

La ópera prima de Sébastien Pilote, quien presentó su segundo largometraje en el pasado Festival de Cannes, es una película sobre la realidad que vivimos a nivel mundial y que no sólo afecta a quienes la sufren de primera mano, sino que las consecuencias colaterales de la crisis arramblan con todo lo que se les pone por delante. Pilote sitúa al personaje de Marcel Lévesque siempre mirando a través de la cristalera del concesionario, actuando como testigo mudo de todo lo que ocurre a su alrededor desde su posición privilegiada de profesional de éxito, sin ser consciente realmente de que la situación dramática en la que están inmersos sus vecinos, indirectamente están ejerciendo sobre él efectos devastadores.

El peso entero de la película indudablemente lo lleva su protagonista, un inmenso Gilbert Sicotte mimetizado en Lévesque con una interpretación contenida y fría como corresponde a su personaje, sin caer en ningún tipo de sentimentalismo o demanda de compasión ni siquiera en las circunstancias más trágicas de su vida, lo que puede provocar en el espectador una falta de empatía hacia él en algunos momentos.

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El ritmo extremadamente pausado, acompañado por una espléndida banda sonora que no hace más que enfatizar los bellísimos paisajes nevados hace de El vendedor una de esas películas en las que en la superficie puede parecer que no pasa nada, que no avanza, e incluso para espectadores poco habituados a este ritmo narrativo, resulte lenta o aburrida, pero lejos de eso, el guión de Pilote encierra cuestiones tan profundas como el drama de la crisis económica a nivel colectivo e individual, la deshumanización y falta de solidaridad, la adicción al trabajo y a la rutina por encima de los sentimientos, la culpa o la religión, que dejan un poso perdurable bastante tiempo después de salir de la sala de cine.

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