Críticas: El hombre de acero

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MAN OF STEEL

El trío Snyder / Nolan / Goyer hace volar a Superman de nuevo. Un atronador reinicio que mira indisimuladamente a la fórmula que hizo del Batman de Christopher Nolan un éxito crítico y comercial.

La aproximación que de Superman, uno de los buques insignia de la DC Comics,  realizó en 2006 Bryan Singer, nacía de la ausencia. Las dudas sobre el yo, la búsqueda de sus orígenes y el peso de la gran responsabilidad sobre los hombros del superhéroe condenaban a la humanidad a quedarse a solas ante su propia naturaleza destructiva mientras su salvador recorría el universo en busca de respuestas que arrojaran luz sobre su existencia. Descreída y desesperanzada ante el abandono, la reaparición de Superman remarcaba la idea de una sociedad que ve en el superhéroe el bálsamo y el desahogo ante una realidad hostil. Mucho más cercana a la primera película orquestada por Richard Donner (Superman: La Película, 1978), la obra de Singer, sin embargo, se revelaba como una obra falta de alma y personalidad de la cual, el profundo respeto ante los orígenes cinematográficos del superhéroe la condenaban a un limbo a la que la entidad del proyecto, ciertamente, le venía grande. Nada que justificase, por otro lado, la hostilidad crítica con la vino acompañada el día de su estreno.

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La renuncia de entrada al clasicismo estético de sus anteriores interacciones en la gran pantalla, incluyendo con ello la omisión a la utilización de su nombre popular (algo que no se va a escuchar hasta casi finalizado el metraje) en el propio título de la cinta, marcan la intencionalidad última del esperadísimo reboot facturado por el trio Snyder / Nolan / Goyer por abrir nuevos caminos en una franquicia que parecía agotada. Las primeras imágenes que abren la película son una clara muestra de ello. Como en la primera película de Donner, El Hombre de Acero comienza en Krypton, el planeta natal de Kal-El. Al minimalismo y la austeridad de los espacios de la cinta original, el (larguísimo) prólogo que abre la película de Zack Snyder pone en imágenes un mundo recargado y profundamente tecnológico al borde del colapso. No sólo por la catástrofe natural que amenaza con destruir el planeta, sino también por el estallido de una guerra civil auspiciada por el General Zod (Michael Shannon), responsable de poner fin a la existencia de Jor-El (Russell Crowe) justo antes de lanzar a su hijo hacia la Tierra. La serenidad transmitida en el prólogo de aquella cinta original contrasta profundamente con el nerviosismo, la complejidad y la aparatosidad visual del Krypton del nuevo reboot. El desenfreno de los primeros pasos en esta resurrección del personaje traza aquí la idea de una civilización convertida en parasitaria (las colonizaciones de distintos planetas, su terraformación, la explotación sin freno de los recursos naturales…), parábola poco velada de lo que podría llegar a convertirse una humanidad que ha empezado a cargarse el planeta antes siquiera de tener una alternativa viable que garantice su supervivencia. Una elipsis a la niñez del personaje devuelve el personaje al espectador en su versión adulta, atormentada y a la deriva. Fragmentado, el pasado del personaje, el camino que lo ha llevado a ser quien es en el presente y su relación con sus padres adoptivos interpretados por Kevin Costner y Diane Lane, es narrado mediante flashbacks. Es allí, bajo una espesísima superficie, donde El Hombre de Acero focaliza su inquietud sobre la identidad del personaje por lo que no resulta extraño que Kal-El prevalezca sobre su identidad humana como Clark Kent, algo remarcado por la obsesión acerca de sus orígenes o un pasado que continuamente lo reclama. Como tampoco se mantiene en secreto la identidad del personaje a ojos de Lois Lane (Amy Adams), en una relación en la que se prescinde de máscara alguna ya desde sus primeros momentos. Poco a poco las convenciones sobre un superhéroe que ha dejado de llevar los calzoncillos por fuera del traje van cayendo en una actualización que lleva a alterar incluso la tradicional aversión del personaje a la kryptonita. O al menos en la manera que siempre hemos conocido.

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Una misma cuestión identitaria mucho más problemática, sin embargo, parece emerger sobre las propias imágenes de un film bicéfalo y de difusa autoría. Porque si visualmente la película es claramente hija de Zack Snyder, el texto y el espíritu que subyace de fondo, el trascendentalismo, la solemnidad y la excesiva seriedad de la propuesta la emparentan irremediablemente con las últimas entregas de Batman dirigidas por Christopher Nolan (productor) y escritas por David S. Goyer (guionista), construyendo un Superman tan atormentado como lo podría ser el Bruce Wayne de Batman Begins (Cristopher Nolan, 2005). Pero lejos de la armonía, las partes de una y otra, es decir, el barroquismo visual del director y las intenciones transcendentalistas de productor y guionista, parecen luchar por imponerse sobre un conjunto descompensado de tal manera que la victoria de las ansias de Snyder por llenar cada fotograma de atronador ruido hacen que los pocos momentos íntimos del film acaben por perderse entre un caos visual que acercan su propuesta a los terrenos de la abstracción. Tal es así que los momentos íntimos del film, aquellos claves para asegurar la conexión emocional con el espectador, son concebidos por Snyder como momentos de pura transición, apresurados y mal integrados en una trama que hace de lo aparatoso y la cinética desatada su cuestión de fe. Snyder tiene prisa por la acción y termina descuidando momentos tan importantes como el dramático suceso que lleva a Kal-El / Clark Kent a la separación de sus padres adoptivos. Una secuencia de gran carga dramática que en su construcción, forzando escandalosamente lo artificioso, tantea los límites donde lo solemne se saluda con lo ridículo. Incluso la siempre tan importante relación entre Lois Lane y el superhéroe, no pasa aquí de esquemática.

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El Hombre de Acero ha malogrado su esencia romántica y aunque tenga en su haber secuencias visualmente poderosas (la pesadillesca visión de Superman siendo tragado por miles de calaveras humanas, los estímulos y la incapacidad de control que atormentan la existencia de Kal-El / Clark Kent niño…) se han perdido maravillosas secuencias, como aquélla en la que el superhéroe usaba visión de rayos X para ver como su amada subía por el ascensor del Daily Planet en el acercamiento que del personaje hizo Bryan Singer. El hecho de que Henry Cavill sorprenda gratamente enfundado en el traje de Superman o que Michael Shannon despunte como digno villano, solo ensombrecido por Faora (Antje Traue), su lugarteniente, no deja de resultar algo meritorio en una película cuya mayor inquietud, muy por encima de la preocupación por armar un núcleo dramático sólido, es la de encadenar set-pieces de acción que acaben desembocando en un clímax final estirado hasta el paroxismo. Una traca final a la que el espectador ha llegado exhausto y sin oxígeno de tal manera que una maliciosa referencia a la paranoia de una sociedad norteamericana que se pregunta qué representa para sus intereses ese hombre de azul con capa roja, acaba por convertirse en uno de los pocos clavos a los que agarrarse en una película engullida por la ambición y el artificio. Nada hay más americano que un superhéroe criado en la Norteamérica profunda. Y quién sabe si quizás también nada más peligroso…

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