Críticas: Stoker

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A orillas del río, el escorpión se dirigió a la rana:

–          Amiga rana, ¿podrías cruzarme a la otra orilla?

–          De ningún modo. Si te llevara, tu aguijón me mataría.

–          ¡Eso es absurdo! Si te picara, moriría ahogado.

Ante tal argumento, la rana cedió. Pero en mitad de la travesía, el escorpión picó a la rana, que, al sentirse morir, le dijo a su asesino:

–          ¿Por qué lo has hecho? ¿No te das cuenta de que ahora te ahogarás?

–          Lo siento, rana, no he podido evitarlo. Es mi naturaleza.

Esta es la célebre fábula del escorpión y la rana. Una pequeña historia que nos dice que cada uno está condenado a ser aquello que dicta su naturaleza. No podemos, por tanto, huir de lo que somos. La fábula ha sido utilizada innumerables veces (en cine y en televisión), desde Mr. Arkadin (1955, Orson Welles) hasta la reciente Drive (2011, Nicolas Winding Refn). Stoker es, en el fondo, su enésimo avatar. Y es que Park Chan-wook nos habla en esta cinta de la naturaleza irremediable de los Stoker.

El apellido –Stoker– apunta a una familia de vampiros (cómo no pensar en Bram Stoker, el padre literario del ilustre conde Drácula). Y, en efecto, no tardamos en intuir en India, la niña de la casa, cierta querencia por la sangre. Su apariencia, hosca y fría, inquieta ya desde el inicio. Tiene, además, un oído portentoso, que le permite escuchar conversaciones y ruidos alejados con una claridad paranormal. Ese don, junto a una araña que le ronda (y llega incluso a introducirse entre sus muslos), completan el retrato de la adolescente (una Spiderwoman adusta y misteriosa…).

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Tras un prólogo lírico y evocador, que finalmente sabremos que es epílogo (y podrá tomarse como moraleja de la fábula), asistimos al entierro de Richard Stoker, el padre de la chica. Un personaje-enigma seductor se presenta en esa ceremonia. Se trata de Charles, hermano del difunto. Charles recuerda en su composición a Harry Powell, el reverendo interpretado por Robert Mitchum en La noche del cazador. Como él, se erige en aparente salvador y está lleno de encanto, pero hay algo que perturba en su atractivo. Tiene un leitmotiv: Stride la vampa! (crepita la llama), la famosa aria de Il trovatore, de Giuseppe Verdi. Este recurso musical emparenta a Charles Stoker con Hans Beckert (Peter Lorre), protagonista de M, el vampiro de Düsseldorf, quien a menudo silba En la gruta del rey de la montaña, de Edvard Grieg. La pulcritud esteticista de la imagen y el sonido, la ambigüedad en la relación que se establece entre los personajes principales, la sensación de incertidumbre y de violencia a punto de estallar…, todo ello confiere al primer tramo de la cinta una atmósfera cargada y densa en clave de buen thriller psicológico.

Pero, cuando la realidad de Charles Stoker queda al descubierto, la atmósfera se viene abajo. Como ya sucediera en Drive, el punto de inflexión en que se pasa de lo latente a la violencia desencadenada, convierte a Stoker en cine de Blockbuster.

El trabajo actoral es francamente heterogéneo. Mia Wasikowska (India) borda su papel. Matthew Goode (Richard Stoker) roza la parodia y abusa de las posturitas. A Nicole Kidman (Evelyn Stoker), el exceso de bótox le ha robado la expresividad (qué lástima de actriz, qué lejos su preciosa cara encantadora).

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Stoker es el trabajo de un esteta. Ofrece morbo sexual y violencia gratuita. Es fácil suponer que gustará a los seguidores de Chan-wook. Pero, en mi opinión, la voluntad de paroxismo y goce estético en las escenas de violencia es excesiva. En Kim Ki-duk, la violencia punza y hace daño. Aquí, en cambio, la violencia sólo invita a masturbarse. Y eso, en arte, a mí no me convence.

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