Críticas: Objetivo. La Casa Blanca

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…that our flag was still there.

Primero fueron los japoneses, luego los árabes, y ahora los americanos tienen un nuevo filón para producir cientos de películas cortadas por el mismo patrón en las que la nación deberá enfrentarse a su más reciente malvado enemigo: Corea del Norte. No hay más que echarle un ojo al remake que se hizo el año pasado de Amanecer rojo de John Milius, en la que se sustituye al enemigo ruso de la película original por un grupo del país asiático. Parece que el cine estadounidense echa de menos las películas de acción ochenteras, a las que últimamente no dejan de dedicar su particular homenaje a base de nuevas versiones o, directamente, imitaciones de lo que se hacía en aquella década. A esta última categoría pertenece Objetivo: La Casa Blanca, película patriotera hasta límites extremos (ahí tenemos la bandera, desde los créditos iniciales, ondeando al viento continuamente), y de una simpleza argumental extrema, con una historia que no sirve más que de excusa para desencadenar una innumerable colección de tiroteos, explosiones y todas las bestialidades posibles que culminan en eso que les gusta tanto hacer a los americanos en sus películas: destrozar la residencia oficial del presidente, y de paso, todo lo que pillen alrededor.

Mike Banning trabaja como jefe de seguridad del presidente Benjamin Asher, a quien le une una relación de amistad, con él y con toda su familia. Cuando una noche, en una tormenta de nieve, el coche del presidente sufre un terrible accidente, Banning le salvará la vida, dejando morir en su lugar a su esposa. Meses después, Banning, que ahora realiza un trabajo de despacho, sigue atormentado por la culpa. Pero cuando un grupo de insurgentes coreanos lleve a cabo un brutal ataque contra la Casa Blanca, tendrá la oportunidad de redimirse salvando la vida del presidente y  garantizando la seguridad de todo el país. Sí, él solo. Ahí es nada. El director Antoine Fuqua, que cuenta en su carrera con títulos interesantes como Training Day o El rey Arturo, nos presenta aquí una película absolutamente vacía, en la que, aparte de alguna virguería técnica aislada, no sabe imprimir nada de personalidad, más bien parece un simple discípulo de segunda de Roland Emmerich (que, curiosamente, estrena en Junio una película prácticamente igual a ésta, Asalto al poder).

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Es indudable que Fuqua realiza una enérgica película de acción desmedida, con la omnipresente banda sonora de Trevor Morris dándole a todo un aire innecesariamente trascendental, pero que en la parte técnica sólo está lograda a medias (mientras que los efectos de sonido son brutales, los efectos visuales, como casi todos los de los aviones, son muy falsos), y el guión es una absurdez absolutamente autoconsciente de que, en el fondo, a nadie le importa lo que estén diciendo los personajes. Cargada de diálogos sin sentido y de frases lapidarias, irónicas y supuestamente cómicas, quizás en boca de Clint Eastwood, Arnold Schwarzenegger o Bruce Willis harían las delicias del público y despertarían incluso aplausos. Pero a Gerard Butler, por muy cuadrado que esté y por muy bien que se le de ir pegando tiros y guantazos a cualquiera que se le ponga por delante, aún le falta carisma para estar a la altura de los tipos más duros del cine, aunque no dudamos que si sigue por esta línea, que parece que es en la que se ha especializado, lo logrará.

Fuqua, habitualmente buen director de actores, desaprovecha además las ventajas que le podría aportar el solvente reparto con el que cuenta. Ahí está Butler como nuevo prototipo del héroe sólo contra el mundo (los coreanos estarían muy preparados, sí, pero no contaban con él, que se los carga uno a uno sin mayor problema) haciendo de sí mismo, Morgan Freeman haciendo de Morgan Freeman (y a ratos, cómo no, de presidente en funciones), Melissa Leo haciendo de Melissa Leo, y Aaron Eckhart haciendo… nada. Los secundarios no salen mucho mejor parados: tenemos a Rick Yune como el malvadísimo Kang (un malo de tebeo), a un impostado hasta el ridículo Dylan McDermott, o las apariciones puramente anecdóticas de Radha Mitchell y Ashley Judd.

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Me resulta difícil que a cualquiera, hasta al más patriótico o al mayor aficionado a este género, Objetivo: La Casa Blanca le resulte algo más que insufrible. Quizás alguien que quiera ir al cine sin muchas (o ningunas) ganas de pensar quede satisfecho, pero para mí, la película no cumple ni con su función meramente palomitera, porque es larguísima y no tiene ningún tipo de interés. Esta copia sin gracia sólo nos confirma, una vez más, que nada como un producto original, y para ver esto, mejor revisionar un clásico de los 80. Pero bueno, eso es, como siempre, elección vuestra. Y que Dios bendiga América.

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